Las elecciones vascas arrojan un panorama desolador, con el Parlamento más separatista de la Historia, con PNV y Bildu empatados en escaños, lo que evidencia una preocupante normalización política del terrorismo en el seno de la sociedad vasca. En este sentido, hemos tenido ocasión de escuchar al candidato de Bildu afirmar que ETA no fue una organización terrorista.
Los jetzales logran salvar los muebles al poder reeditar el pacto con el PSOE que les permite conservar el gobierno, siendo el caso del PNV en España equiparable al del Partido Liberal Democrático (PLD) en Japón, que ha gobernado ininterrumpidamente el país desde 1955 con algún breve paréntesis, una situación similar a la de los nacionalistas vascos desde el principio de la autonomía, con la sola excepción del malogrado Ejecutivo de coalición PP-PSOE entre 2009-2012.
El PNV, pese a su pérdida de escaños, no ha bajado, sino que, por el contrario, ha subido en votos, que se han traducido en una menor representación por el aumento de la participación, ya que se han movilizado más aquellos que pretendían desalojarlos del gobierno, pudiendo apreciarse que PNV, Bildu, PSOE, PP y VOX han crecido a costa de la abstención.
Es evidente que hay un voto de castigo al PNV por su gestión de la Sanidad y la pandemia como por sus pactos con Sánchez, a lo que se suman protestas laborales como la de los funcionarios de Justicia y la Ertzaintza. Sólo en este contexto se explica el relevo de Urkullu por Pradales, aunque hay encubiertas razones de fondo mucho más poderosas, como son los enfrentamientos del saliente lehendakari con la cúpula del partido dirigida por Andoni Ortuzar y su brazo parlamentario Aitor Esteban.
Urkullu era un obstáculo para que Ortuzar diese rienda suelta a su hoja de ruta secesionista, entrando en juego una lucha soterrada entre el ala nacionalista y el ala moderada y tecnocrática del partido, imponiéndose la primera, pues Urkullu era partidario de abstenerse y dejar gobernar a Feijóo al conseguir que la suya fuese la lista más votada, algo que Ortuzar rechazaba de plano, uniendo su suerte a la de Sánchez, contexto dentro del cual se explica la alianza con JxCat, convirtiéndose el líder del PNV en el mediador entre Sánchez y el prófugo Puigdemont en un movimiento estratégico mutuamente beneficioso que tiene como objetivo reducir la influencia de ERC y Bildu en el Ejecutivo. No obstante, Urkullu se oponía a ese giro aún más nacionalista por su rechazo a Puigdemont, de hecho, en su día, intento ser mediador entre Rajoy y el presidente catalán para evitar la Declaración Unilateral de Independencia, pero el ahora prófugo lo incumplió.
Pradales ofrecía un tono moderado, así como un perfil gestor y tecnocrático continuista con la línea de Urkullu, aunque con una imagen más joven y renovada que trataba, por un lado, de recoger el voto joven que iba a ir a Bildu (pues no los veía con malos ojos al no haber vivido el terrorismo de ETA), y por otro, el voto útil de PP y PSOE para frenar a Bildu.
El PP ha dado un giro tecnocrático a su campaña, dejando de lado la cuestión del terrorismo al considerar que no le da rédito electoral, lo cual contribuye a blanquear a Bildu y legitimarlo como actor político, aunque, al menos, ha servido para desenmascarar el fraude político que representa el PNV, que, como ha dicho su candidato Javier de Andrés, ha apoyado el 85 % de las leyes de Sánchez en el Congreso, incluyendo el impuesto a la banca, la Ley Trans, la eutanasia y la “ley del sólo sí es sí”, siendo un partido que respalda las políticas económicas del PSOE y el modelo de sociedad de Podemos, algo que se explica en que los jetzales prefieren el PSOE al PP porque cede más en sus pretensiones. En este sentido, los votantes del PNV se sitúan en la escala política en el 4 (centro-izquierda), y el 65 % de ellos prefieren a Sánchez como presidente frente a los que apuestan por Feijoo, que no llegan al 10 %.
El PP ha fracasado en su objetivo de unificar en torno a sus siglas los votos del centro y la derecha, ya que, como han dicho abiertamente, pretendían dejar sin representación a VOX para luego poder extrapolar dicha situación a nivel nacional, pero, afortunadamente, les ha salido el tiro por la culata, ya que VOX no sólo ha revalidado el escaño de Amaia Martínez sino que ha conseguido más votos, lo cual es meritorio cuando VOX no tiene implantación en las Vascongadas.
El PP ha aumentado su representación, no sólo de seis a siete escaños, sino que, no debe olvidarse que en 2020 concurrió en coalición con Ciudadanos, y la mitad de esos seis escaños pertenecían a la formación naranja, ya que Casado decidió darle la segunda posición en las listas al partido que entonces dirigía Arrimadas, algo carente de sentido, ya que, ni siquiera en sus mejores tiempos Ciudadanos consiguió representación en la región vasca, lo cual suponía regalarles escaños para facilitar la fusión de ambos partidos a nivel nacional.
La coalición entre populares y naranjas les pasó factura, ya que suponía ir de la mano de un partido errante que apoyo todas las prórrogas del estado de alarma como los Presupuestos de Sánchez, y, además, a costa de relegar a no pocos militantes que se habían jugado la vida bajo las siglas del PP.
Los grandes partidos nacionales ya no aspiran a gobernar en las Vascongadas como sucedía en épocas de Mayor Oreja y Redondo Terreros, sino que, en el caso del PSOE ha quedado relegado a mera bisagra del PNV y en el del PP, a pesar de que su verdadera intención era condicionar al Ejecutivo de socialistas y nacionalistas para que dependiese de ellos, ya se contenta sólo con tener representación en un triunfalismo injustificado cuando en Álava, tradicional bastión del PP (que ha tenido tanto con Javier Maroto y Alfonso Alonso la alcaldía de Vitoria) hoy Bildu es la primera fuerza política.
La intención del PP de convertirse en la bisagra del PNV obedecía a esquemas nacionales, ya que, condicionando la gobernabilidad de los jetzales en Ajuria Enea, podrían exigirle el apoyo a una moción de censura contra Sánchez.
Si bien es cierto que los populares han subido ligeramente, revirtiendo la tendencia descendente que arrastraban desde 2005, es más que evidente que hoy son un partido irrelevante que dista mucho de los 19 escaños que consiguió Mayor Oreja en 2001, cuando se posicionaron como la segunda fuerza política de la región.
Otro elemento decisivo es la pugna entre Podemos y Sumar, que se salda con una nueva victoria de los de Yolanda Díaz, de manera análoga a lo que sucedió en Galicia, donde ambos se quedaron fuera del Parlamento, pero Sumar logró 22.000 votos frente a los 5.000 de Podemos, que quedó incluso por debajo del PACMA, que es la primera fuerza extraparlamentaria, es decir, los que más sacan de los que menos votos tienen, por lo que quedar por debajo del umbral de los animalistas es indicativo de la marginalidad política de una formación.
Si en su día Pablo Iglesias consiguió comerse al Partido Comunista, el proyecto de Sumar suponía una revancha para que IU recuperase la influencia perdida a costa de Podemos, y en los comicios vascos, se ha podido ver que Sumar ha conseguido un escaño frente a los 6 que lograron cuando todos estaban unidos en torno a Podemos, siendo capitalizados los votos perdidos por Bildu. No debe olvidarse que Podemos llegó a ser la fuerza más votada en las Vascongadas en las generales de 2015, pero ahora Sumar tiene la misma fuerza que antaño IU, a pesar de que Podemos tiene mucha más presencia en redes sociales, y, por tanto, más apoyo popular que Sumar, pero no votos.
Tal y como se pudo apreciar en las elecciones gallegas, Podemos decidió presentarse a pesar de ser consciente de que no tenía opciones de conseguir representación en un claro intento de restar votos a Sumar, cuando la estrategia de Pablo Iglesias (de seguir al frente de la formación) sería apoyar a los separatistas de izquierdas: al BNG en Galicia, a Bildu en las Vascongadas y a ERC en Cataluña, mientras que Sumar va de la mano de los comunes de Colau en estas últimas.
Cabe remitirse a aquella frase cargada de patriotismo de José Calvo Sotelo, que en cierta ocasión dijo: “España, antes roja que rota”, pues la primera era reversible y la segunda, no, pero el panorama que sale de las elecciones vascas no deja de ser desolador porque arroja a la vez una España más roja y más rota.





