En mi artículo de la semana pasada decía que el presidente de los Estados Unidos subvertía el orden jurídico internacional y me quedé corto. Con la ayuda de sus nuevos amigos, Vladimir Putin y Xi Yinping, Donald Trump pretende sustituir el sistema establecido en 1945 por Franklin Roosevelt y Winston Churchill en la Carta del Atlántico, que consagró en lo político la democracia y el Estado de Derecho, en lo económico la libertad de mercado y el libre comercio, en lo internacional el principio de libre determinación de los pueblos colonizados, y en lo militar el protagonismo de Estados Unidos como garante de un orden basado en reglas frente al expansionismo de la Unión Soviética. En paralelo, EEUU y la URSS establecieron en Yalta y en Postdam la geografía política de Europa, que sería confirmada en 1975 en el Acta de Helsinki, que estableció la inmutabilidad de las fronteras y la coexistencia pacífica entre los dos bloques ideológicos. Ahora -según Josep Borrell- los tres tenores se muestran dispuestos a imponer una nueva versión del mundo, un reparto del poder entre ellos, y un nuevo orden jurídico internacional, sentará las bases de un nuevo mundo multipolar en el que lo básico no serán ya las normas, sino el poder y la fuerza. Como ha señalado Ana Palacio, Trump ha roto amarras con el concepto mismo de Occidente como bloque geopolítico con una misión compartida. EEUU no quiere ya actuar como ancla natural del sistema que creó y para Europa el interrogante ya no es cómo encajar en la estrategia de Washington, sino cómo dar sentido a lo que queda de Occidente.
Cuestionamiento del orden jurídico internacional vigente
Trump cuestiona el orden jurídico internacional vigente y -como dispone de la fuerza- cree que puede hacer lo que quiera. Como ha afirmado su acólito Vance -el vicepresidente más joven en la Historia norteamericana y, como ha observado Raúl del Pozo, quizás el más necio-, Europa ha abandonado los principios y los valores que compartía con EEUU, pero ahora hay un nuevo sheriff que ha impuesto la ley del ”far west” con su gran garrote en forma de rotulador negro, y ha dejado a sus supuestos protegidos solos ante el peligro, en manos del forajido Putin -blanqueado y reconvertido en aliado- y a los pies de los caballos de la ultraderecha. Según Silvia Román, los autócratas de todo el mundo están aprovechando el caos de creado por Trump, y Putin se frota las manos al comprobar lo fácil que resulta manipular a un presidente de EEUU con un ego tan desmedido, que ha llegado a afirmar que, si no le hubieran robado las elecciones en 2021, no se habría producido la guerra de Ucrania, y que él pondría fin a la misma en 24 horas, porque resultaba inaceptable que hubieran muerto cientos de miles de rusos y de ucranianos.
A Trump, sin embargo, le importa bien poco la suerte de los afectados por la guerra. En opinión de Axel Kaiser -presidente de la Fundación para el Progreso-, ha sabido aprovechar con astucia la ola “anti-wokista” para recuperar el poder y su actitud es más una herramienta de presión que una postura dogmática. No es un ideólogo- dado que carece de principios y su única guía es el interés personal-, sino un pragmático negociador -más bien un negociante-, que cree que todo se puede conseguir con el poder y el dinero, y al que le conviene que acabe la guerra para tener mayores posibilidades de hacer negocios.
Dando prueba de que la filantropía no es su punto fuerte, Trump ha pasado a Volodimir Zelenski una factura de $500.000 millones para compensar la ayuda financiera prestada por el Gobierno de Joe Biden, cantidad que espera cobrar en especie mediante la entrega de grandes cantidades de litio y tierras raras que abundan en Ucrania. Ha hecho una propuesta para quedarse con el 50% de los ingresos que recibe Ucrania por la extracción de sus recursos minerales y el 50% del valor financiero de las licencias que conceda a terceros, así como para tener libre acceso a los puertos y a las infraestructuras ucranianas. Zelenski ha rechazado la propuesta por tratarse de un acuerdo neocolonial que estaba demasiado centrado en los intereses norteamericanos y no ofrecía garantías específicas de seguridad para Ucrania. El portavoz del Consejo de Seguridad Nacional Brian Hughes, ha criticado a Zelenski por rechazar la generosa propuesta de Trump, ya que establecer lazos económicos con EEUU era la mejor garantía frente a una futura agresión rusa, lo que formaba una parte integral de la paz duradera que él quiere instaurar. “Estados Unidos lo reconoce, Rusia lo reconoce y Ucrania lo debería reconocer”. “Nada hay nuevo bajo el sol”. Si en 1939 la URSS y la Alemania nazi se repartieron Polonia, en 2025 la Rusia putinista y los EEUU trumpistas se reparten Ucrania. Da la casualidad que la mayoría de estos yacimientos se encuentran en terrenos ocupados por los rusos o en las cercanías de la línea del frente, y ésta es una de las razones por las que Trump está tan interesado en que cese el conflicto cuanto antes, para iniciar el expolio.
Conversaciones ruso-estadounidenses para firmar un Acuerdo de paz y…
Trump, que es tan impaciente como expeditivo, tiene prisa para acabar con la guerra en Ucrania y, tras su llamada impromptu al marginado Putin, consiguió que el pasado día 18 se iniciaran en Riad una negociaciones de alto nivel entre EEUU y Rusia para negociar la firma de un acuerdo de paz en Ucrania y algo más. Trump es un déspota, no precisamente ilustrado, que ha recuperado el lema de “todo por el pueblo, pero sin el pueblo” actualizado en “todo por Ucrania, pero sin Ucrania”. Es inaudito que inicie las negociaciones de paz con el agresor y deje en la cuneta al agredido. Como ha advertido su acólito Vance, Trump es el nuevo sheriff que dispara órdenes ejecutivas con efectos devastadores. La reunión ha sido moderada por Arabía Saudita, un país modelo de democracia y de respeto de Derechos Humanos, en el que se ha levantado la veda para la caza de periodistas molestos, con derecho a desmembramiento diplomático.
Trump ha enviado a Riad al secretario de Estado, Marco Rubio, al asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz, y al enviado especial para Oriente Medio (¿?), Steve Witkoff, “a por atún y a ver al duque”. Aunque el pretexto formal de la reunión haya sido la negociación de la paz en Ucrania, el principal objetivo ha sido la normalización de las relaciones con Rusia. Según Waltz, Trump apuesta por un proceso rápido de negociación entre EEUU y Rusia “no solo para acabar la guerra, sino también para generar una relación estable y estabilizadora a largo plazo”. El siguiente paso será -en opinión de Rubio- ”pensar y examinar la cooperación geopolítica y económica que podría resultar de un final del conflicto en Ucrania”. Al otro lado de la barricada se encontraban dos viejos rockeros de la diplomacia rusa -el ministro Serguei Lavrov y el asesor áulico de Exteriores, Yuri Ushakov- y el director del Fondo de Inversiones Directas, Kirill Dimitriev -cerebro gris de la economía de guerra rusa-, quién ha afirmado que “la lógica que existía con Biden ha sido rechazada y hay una nueva lógica”, y que Rusia y EEUUE necesitan avanzar en proyectos conjuntos, “incluido el Ártico”. Uno de los objetivos rusos es que se levanten cuanto antes las sanciones impuestas por Occidente. Prueba de que la UE no está por la labor, es que la Comisión Europea ha impuesto nuevas sanciones a Rusia. La anterior Administración había apoyado militar y financieramente a Ucrania, impuesto sanciones a Rusia y aislado a Putin, y el principal objetivo de Trump es hacer todo lo contrario a lo que hizo Biden. Rubio y Lavrov han acordado “sentar las bases de una cooperación futura en asuntos de interés geopolítico mutuo”. Putin ha sido políticamente blanqueado y sacado de su aislamiento, y ha recuperado para EEUU su talla de político en el que se puede confiar y con el que se debe negociar, porque realmente quiere la paz en Ucrania (¿?).
En el caso concreto de la guerra de Ucrania, la actuación de Trump no puede ser más deplorable. Ya antes de empezar la negociación, ha aceptado las principales exigencias de Putin, que le llevaron a invadir por segunda vez Ucrania: Reconocimiento de la anexión de los territorios ocupados -que suponen un 20% de Ucrania-, y veto a la admisión de ésta en la OTAN. EEUU no mandará tropas para garantizar el cumplimiento del Acuerdo y ha adjudicado esta misión a los Estados miembros de la UE -sin siquiera consultarlos-, pero Labrov ya ha rechazado la presencia en la zona de soldados de países miembros de la Unión o de la OTAN.
No bastándole esta actitud sectaria, Trump ha exhibido su bajeza moral al culpar a Ucrania de haber empezado la guerra, convirtiendo al invadido en invasor. La Historia se repite. Cuando Hitler invadió a Polonia, los medios de comunicación alemanes difundieron la noticia de que Polonia había atacado a Alemania. También ha culpado a Zelenski de ser responsable de la muerte de muchos de sus conciudadanos y de la destrucción de sus ciudades, porque había tenido tres años para rendirse y concertar un alto el fuego y, si lo hubiera hecho, no habría perdido tanto territorio como va a perder. Para Oscar Wilde, la mejor forma de resistir a la tentación era ceder a ella. Trump parece compartir la cínica filosofía “wildiana”, al considerar que si Zelenski hubiera cedido ante la invasión rusa y capitulado sin condiciones, Ucrania habría salido mejor parada, pues no habría perdido tanto territorio y se habría librado de la destrucción de muchos de sus pueblos y de las infraestructuras de toda la nación. Por haber resistido con honor por la obstinación de su presidente, se ha visto tremendamente perjudicada.
Trump ha acusado a Zelenski de ser un dictador por no celebrar elecciones, cuando es obvio que no podían celebrarse en un país en guerra y parcialmente invadido, que además estaba prohibido por la Ley de excepción en vigor. Ha mentido al decir que solo le apoyaba el 5% el pueblo ucraniano, cuando -según el último sondeo- cuenta con el apoyo del 57% de la población, un porcentaje superior al que tiene el propio Trump. Un presidente que se negó a reconocer su derrota electoral y alentó a sus seguidores a asaltar el Capitolio insiste en que un país sumido en la guerra debería haber celebrado elecciones. Curiosamente coincide con la opinión del otro colega del tándem, que también insiste en la urgente necesidad de celebrar elecciones, con la esperanza -pues tiene medios más que sobrados para influir en sus resultados- de quitarse de encima a un presidente que es un símbolo de la heroica resistencia ucraniana a la agresión rusa, y sustituirlo por algún complaciente Yanukovich oh Lukachenko. Tiene la desfachatez de decir que Zelenski es un dictador nazi que carece de legitimidad.
Pero Trump ha llegado al colmo de la abyección cuando ha amenazado a Zelenski con que, si no acepta los términos de la paz que le impongan él y su compadre Putin, se quedará sin país. Creo que no hay suficientes calificativos para describir la perversión moral de un autócrata que no es digno de ser presidente de EEUU y, mucho menos, líder del mundo occidental. Trump ha asumido plenamente el falso relato de la “agitprop” rusa y -como ha dicho Zelenski, con una expresión más triste y dolorida que crítica- ha sido víctima de la desinformación difundida por el Kremlin. La situación de Ucrania es trágica pues, encima de la agresión que sigue sufriendo por parte del aún poderoso Ejército ruso y de sus adláteres norcoreanos, cuenta con la inquina y el odio del quien hasta hace bien poco fue su protector. Trump no solo ha traicionado a Ucrania, a la OTAN y a la UE, sino también a su propio país y a su historia democrática, desde Roosevelt y Eisenhower, a Reagan y los Bush ¿No hay en todos los EEUU personas o instituciones dignas que sean capaces de condenar la conducta infame de semejante personaje y ponerlo en evidencia?
Pensaba haber tratado en este artículo otros temas como la crisis que está sufriendo la OTAN a consecuencia de la penosa actitud del presidente de su principal miembro o la delicada situación que atraviesa la UE, pero se me han quitado las ganas, indignado como estoy por las penúltimas mentiras, mezquindades y exabruptos de Trump, que no solo es un pésimo político y un peligro para la paz y la seguridad internacionales, sino también -y sobre todo- una mala persona. La UE tendrá que hacer lo imposible para seguir apoyando a Ucrania e iniciar -sin demora y con la máxima urgencia- una política de defensa propia, que le permita defenderse frente a la eventual agresión de una Rusia envalentonada por la entrega incondicional de Trump al criminal de guerra Putin. Es sumamente difícil, pero no imposible, si hubiera voluntad política. La suma de los dispositivos de defensa de los países miembros de la UE y de la OTAN es superior a los dispositivos militares de Rusia, excepción hecha de la fuerza nuclear, si bien Francia y Gran Bretaña también disponen de elementos de disuasión nuclear. El problema es que cada país va a su aire y hay una tremenda duplicidad de esfuerzos en los distintos ámbitos de la defensa. Mientras no se consiga la formación de un Ejército europeo -si es que algún día se logra-, las fuerzas militares de los distintos países occidentales deberán ser interoperacionales y funcionar de forma coordinada.
Por primera vez, la Comisión Europea cuenta con un comisario de Defensa, Andrius Kubilius, antiguo primer ministro de Lituania. La presidenta Ursula von der Leyen -exministra de Defensa de Alemania- ha encomendado a Kubilius que estimule la inversión pública y privada en Defensa, diseñe un escudo europeo de defensa aérea, impulse la movilidad militar, y cree un mercado único para la industria de Defensa. A ello hay que sumar algo que me parece imprescindible, que es la coordinación entre los ejércitos de los distintos Estados miembros, de forma que se eviten duplicidades de servicios y despilfarro de medios, y se actúe de forma concertada para conseguir los servicios necesarios a un menor coste. Para ello, hay que procurar un reparto planificado de los suministros y una especialización de cada uno de los Estados en los distintos ámbitos de la Defensa. En vez de que haya 27 productores de vehículos militares, munición, intendencia o sanidad militar, convendría producirlos de forma conjunta o concertada, y distribuir la producción entre los distintos Estados. Algunos de ellos podrían especializarse en la construcción de embarcaciones, aeronaves o vehículos blindados, y hacer un “pool”, tanto tecnológico como financiero, para distribuir equitativamente los costes de producción. Es la única forma de consolidar la incipiente industria militar de la UE y mantener la seguridad del bloque europeo, a medida que Rusia se vuelve más beligerante y que EEUU ha dejado a Europa en la estacada.
Cómo declaró Kubilius tras su designación, los Estados miembros y la OTAN se ocupan de los planes de defensa militar y de disuasión, y la UE no debería meterse en ese terreno. Sin embargo, la decisión de Trump de dejar la defensa de Europa en manos de los Estados europeos y de negarse a ser el garante de su seguridad, hace que la UE tenga que involucrarse en el ámbito de la defensa. Ante la versatilidad y bruscos cambios de opinión de Trump, no se sabe aun con certeza si pretende acabar con la OTAN, tal como hasta ahora ha funcionado, o simplemente está haciendo presión para que los miembros europeos de la Alianza aumenten de forma considerable su financiación de la Defensa. Es obvio que el gasto mínimo de 2% del PIB ha quedado superado y resulta insuficiente. Trump ha pedido un incremento de hasta el 5%, mientras que su secretario de Defensa, Pete Hegseth, se ha mostrado menos exigente y ha instado a que se suba a entre un 3 y un 4%, petición que ha sido asumida por el nuevo secretario general, Mark Rutte. Habría que ver si, en el caso de que los miembros de la OTAN hicieran un notable esfuerzo para aumentar su contribución a la Defensa en los términos solicitados, EEUU estaría dispuesto a seguir respetando las disposiciones del Tratado de Washington y, especialmente, su artículo 5, que establece que los Estados miembros deberán ayudar militarmente a cualquier Estado miembro que sea atacado por un tercero. Ya en su primer mandato, Trump amenazó con que, en caso de un ataque de Rusia a un Estado miembro que no contribuyera suficientemente a los gastos de Defensa, EEUU no acudiría en su ayuda. Ahora ha sido aún más categórico y además está iniciando una luna de miel con el agresor y criminal de guerra Putin, por lo que cabe temer lo peor. Aunque conseguir un notable refuerzo militar de la OTAN y la eventual formación de un Ejército europeo requerirá bastante tiempo, no hay que seguir dando largas y empezar la tarea, como ha hecho Polonia -4.7%- y va a hacer Dinamarca.
Posición de España
España es la última en el pelotón de los torpes, pues es el miembro de la OTAN que menos contribuye a los gastos de Defensa, con solo 1.29% del PIB, muy lejos aún del 2% al que los Estados miembros se comprometieron a llegar en la reunión de Cardiff de 2014, y que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez ha asegurado que solo alcanzará en 2029. “Cuan largo me lo fiáis”. Sánchez es pura contradicción, como en toda su política: un día sale a la calle con unos tejanos raídos y una pancarta con el lema de “OTAN No, bases fuera” o“Americans go home”, y al día siguiente con el uniforme de las Milicias Universitarias y envuelto en la bandera tricolor. Un día dice que hay que suprimir el Ministerio de Defensa y otro que España es el miembro que más contribuye a las misiones internacionales de paz. Un día reafirma su oposición a “una deriva militarista que nos aboque a una nueva carrera armamentista” y que “en ningún manual está escrito que la paz y la seguridad se conquisten reforzando arsenales”, y otro acepta más fragatas estadounidenses en la base de Rota.
Según Rafael Martínez -autor de “Repensando el papel de las Fuerzas Armadas españolas ante los nuevos desafíos a la seguridad”- la presumibles cesión a las exigencias de Putin en Crimea y el Donbass, y el augurio de que EEUU abandone la OTAN o reduzca drásticamente su aportación, ponen la política de seguridad y defensa europea en el ojo del huracán, pero mientras buena parte de Europa está estratégicamente moviéndose hacia escenarios de defensa total, “España continúa con su política un tanto naif de reclamar una mayor responsabilidad a la UE en la asunción de su propia defensa, al tiempo que es renuente a incrementar el gasto, en la convicción de que la cooperación reducirá costes”.
Teniendo en cuenta que el socio del Gobierno, Sumar -el ministro Bustinduy mantiene que el gasto militar está disparado- , y sus aliados nacionalistas -Bildu, PNV, ERC, JxC y BNG- son contrarios a aumentar el gasto en Defensa y a reforzar el Ejército español, e incluso algunos de ellos son contrarios a la OTAN. Sánchez trata de cargar a la UE el mochuelo de financiar el incremento de dicho gasto y ha afirmado que, ”si Europa tiene que definir su seguridad y su defensa como un bien público, necesita articular mecanismos mancomunados para poder financiar nuestra capacidad de defensa”. Ha pedido asimismo a la Comisión Europea que flexibilice las normas sobre los límites al gasto público para poder financiar la capacidad de defensa. Lleva parte de razón y es lógico que la UE ayude a los Estados miembros a elevar su contribución a los gastos de defensa. La Unión heredó de la Comisión Económica Europea el déficit en materia de Defensa, tras el fracaso en 1956 de la Comisión Europea de Defensa por la oposición de Francia. Los temas de la seguridad y de la política exterior son muy sensibles por afectar directamente a la soberanía y de aquí que sea más que probable que no se incluya en el proceso de integración hasta una última fase. Ello no es óbice para que se trate de incorporar gradualmente, sobre todo tras la “espantá” de EEUU y el fortalecimiento de la Rusia de Putin por el cambio radical en la política exterior de Trump. La UE deberá colaborar de diversas maneras, tales como no tener en cuenta los gastos en Defensa en el control del déficit, financiar estos gastos mediante créditos blandos del Banco Europeo de Inversiones, crear Fondos mancomunados similares a los de nueva generación establecidos con motivo de la pandemia del COVID, o reactivar el Fondo Europeo de Rescate, que tiene una dotación de €400.000 millones.
Estas ayudas de la UE son un complemento a la acción de los Estados miembros para cubrir adecuadamente los gastos de Defensa, pues sería injusto que la Unión beneficiara a los Estados-cigarra en detrimento de los Estados-hormiga, que cumplen con sus compromisos. Tal no es el caso de España, que es un Estado-cigarra por excelencia. Pese a los continuados pronunciamientos de Sánchez de que cumplirá compromisos asumidos, será muy difícil que lo haga, porque sus socios y aliados no se lo permiten y ya que -por si fuera poco- carece de presupuestos generales desde hace dos años, por lo que, si verdaderamente quiere cumplirlos, tendrá que solicitar el apoyo del PP, que ha votado a favor de la resolución del PP Europeo de aumentar el gasto a más del 3% del PIB -decisión que probablemente se adoptará en la próxima Asamblea de la OTAN a celebrar en La Haya- y propuesto elevar a 140.000 los efectivos de las Fuerzas Armadas en dos legislaturas.
Como ha señalado “El Mundo” en un editorial, el indigno acuerdo que EEUU ha labrado con Rusia convertirá a la víctima en verdugo, al héroe en dictador y al dictador en un respetable demócrata. El plan de Trump pasa por rendir a Ucrania y para ello trata de deshacerse de Zelenski, símbolo de la heroica resistencia del país invadido frente al monstruo agresor. “La traición a Ucrania, a Europa y a la verdad es injusta y cruel. El orden moral que regía Occidente se ha revertido”. China también se relame con el contubernio ruso-americano, porque Trump ha ofrecido a Yinping la coartada perfecta para la invasión de Formosa. Con un amigo como Trump, no necesitamos enemigos como Putin.






1 Comment
Siempre vigente aquella imploración: «¡Señor cuídame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido yo!»