Curioso escribir sobre esto, sin haber sentido nunca la emoción de la lotería.
A los no interesados en la lotería siempre nos extrañaba el sello sagrado que parecía dársele a algo tan frívolo; y conforme pasaba el tiempo aumentaba el asombro al ver la enorme fe en la lotería de millones de personas, el genuino desencanto que se veía en las caras, año tras año, en época de Gordo de Navidad al conocer que “no había tocado nada”… A veces, esas caras mostraban incredulidad, e insistían, “¿Pero nada, nada?”, como si lo normal fuera el recibir premios…
Cuando hace unos años se anunció que “a los premios importantes de lotería se les descontaría el 20% de impuestos”, nos volvió a sorprender la enorme indignación de miles de honrados ciudadanos (no a los agraciados por premio alguno, sino así en la teoría), su desencanto verdadero. Para quien no se ilusiona con tales cosas, esa indignación parecía absurda: “Un dinero que cae como regalo del cielo, ¿qué más da? En vez de cien te regalan ochenta, ¡bien está, no hay que darle más vueltas!”.
Y esa indignación era cierta. Hablando de manera casual el mismo día “de la Lotería”, el pasado 22 de diciembre por la mañana temprano, un conductor mostraba un acento de verdadera amargura, al recordar que “el Estado te quita el veinte por ciento. Ya la lotería no es como antes, ya no es tanto. El Estado se lleva… el Estado te quita… en vez de cien son ochenta…”. Lo decía con más pesar que el que pudiera sentir al comentar mil otros desafueros mucho más graves racionalmente hablando (malas artes de su empresa, injusticias mil, padecimiento de denuncias infinitas y exageradas… todo lo que hacía más duro el ganarse la vida). ¡Es curioso!
La tentación del pseudo intelectual es la de despreciar al vulgo, admirarse de “cuán necia es la gente” y disertar sobre “cómo triunfa la estupidez, menos mal que yo estoy libre de ella”. Pero mucho más constructivo que regodearse en el desprecio es intentar realmente comprender…
¿Qué será eso de mágico, de tan potente e intenso que en España se manifiesta muy ostentosamente en “la lotería”, pero que tiene muchas otras manifestaciones…?
Los lectores empedernidos de novelas inglesas de los siglos XIX y XX advierten la costumbre generalizadísima, y aun más en entornos elegantes, de jugar a las cartas después de una cena, y jugar apostando dinero. Es decir: si nosotros asociamos el juego con dinero de por medio a los salones de idem, en otros entornos, este pasatiempo tenía lugar en cualquier reunión, en cualquier casa. Y lo más curioso es el altísimo rango moral que se le da a todo lo relativo al juego. Las deudas de juego eran una cuestión de honor. Tanto en la ficción como en la realidad histórica, la figura del personaje que hacía trampas en el juego se mostraba siempre como el colmo de la abyección, como el ser más despreciable de la tierra. Pero es más: grandes pensadores como Chesterton y C.S. Lewis dejaron escrito, cada uno independientemente del otro, algo así como: “Un hombre de otra religión, o de ideas políticas totalmente opuestas, pero que considere que hacer trampas en el juego es algo inconcebible… tiene ya una base sólida en común conmigo”.
A primera vista, para una mente inexperta, estos “principios” tan arraigados pueden extrañar un poco. Bien está el ser intachable y honradísimo en todo momento de la vida, ¡Dios nos diera el gozar de un entorno de intachable probidad! Pero, ¿por qué en el juego precisamente es más importante que en otro ámbito? Puestos a ser “razonables”, si se piensa en las mil ocasiones que tiene una persona de obrar bien o menos bien (ser un buen médico o uno negligente, un abogado honradísimo o menos, un conductor prudente o atrevido… tantas cosas), lo más leve, visto desde fuera, podía ser la pequeña travesura de hacer trampa jugando a las cartas. ¿Cómo es que se le da una carga moral tan enorme, tan seria?
La posible respuesta a este enigma ilumina también el otro misterio del carácter sacrosanto de la lotería de Navidad en España.
Esta vida es un valle de lágrimas, y de entuertos y de maldades; ya más o menos se acepta, se asumen tantas cosas, ya no esperamos honradez, no esperamos justicia, no pedimos coherencia. Pero resulta que hay ciertos elementos (¡el juego!) que precisamente por ser irracionales… pues conllevan una promesa de excepcionalidad. A un hombre normal difícilmente se pedirá el que venza todas las tentaciones, el que actúe bien en todas las esferas de la vida (además, ¿qué es actuar “bien”?, para unos será una cosa, para otros otra). Pero unas reglas concretas de juego de cartas sí se pueden respetar. Precisamente por ser intrascendentes, por ser frívolas, por estar separadas del complejo entramado del mundo lleno de dificultades y de opiniones y de intereses (no se juega a las cartas por “salvar el mundo ni por reformar a la sociedad”… es sólo un juego), ahí sí cabe el exigir cumplimiento absoluto, pundonor total. Así, el gran intelectual C.S. Lewis podía sentirse cómodo enfrente de un hombre que tuviera un pasado turbio, o que le fuera hostil y hasta enemigo en cuanto a ideas, o que le constara que le tenía envidia… todo se quedaba atrás si le constaba que ese hombre tenía arraigado en el corazón el mismo principio de jamás hacer trampas jugando a las cartas. Con esa base sólida podían entenderse.
Aplicando este razonamiento a la lotería, acaso ahora se comprenda mejor la indignación, el desencanto de millones de ciudadanos ante el hecho de que “el Estado se lleva un veinte por ciento” (desencanto que racionalmente nos parecía absurdo). Precisamente por ser algo aleatorio y de azar, se podía esperar que se mantuviera como cosa mágica e intocable.
En rigor, si nos ponemos a ser racionales, la lotería es algo que un gobierno socialista o semisocialista tendría simplemente que prohibir. ¿En qué cabeza cabe el quitarle a todos los ciudadanos un poco de dinero para arbitrariamente dárselo sólo a uno y convertirlo en millonario? Es la antítesis de toda idea de justicia social. La simple existencia de estos juegos de azar es la demostración viviente de que todo cuanto se dice en política es mentira, aunque no hubiera ningún otro dato.
Por eso resulta ridícula la cantinela de todos los años cuando comentan con ese tonillo paternal: “Este premio está muy repartido”, como si se hubiera dado un paso adelante en la justicia social. ¿Pero cómo “repartido”? Repartido estaba antes del sorteo, antes de comprarse décimos: entonces sí que estaba repartido, en el bolsillo de cada ciudadano. Y con el caso del premio gordo de este año, también se oyen en los medios mensajes parternalistas de igualdad y fraternidad.
Criticar la estupidez humana, repetir una y otra vez que “la gente es necia”, eso resulta tan fácil como estéril.
Más útil sería advertir las profundas enseñanzas que sobre la psique humana nos dan las cosas relacionadas con el juego. Por su carácter atávico tiene un componente como de sagrado dentro de su irracionalidad que hace que en toda persona o institución sensata, si se da el caso de elaborar participaciones de lotería (al fin y al cabo, tradición española con múltiples connotaciones amables), el encargado de organizarlas sepa que lo tiene que llevar a cabo con mayor rigor, exigencia y pulcritud que un médico que opere a corazón abierto o que un que un abogado que entable un pleito millonario.
No estamos afirmando que “Así debe ser” o “Me gusta que así sea”. No. Más bien suena muy perturbador. Sólo describimos un hecho. Fallecimientos y pleitos perdidos, incendios y accidentes los hay todos los días. Pero increíblemente una realidad atávica y difícil de explicar nos susurra su ley: Con el juego no se juega.





