“Si conociéramos el verdadero fondo de todo sentiríamos compasión hasta de las estrellas”
Un amigo me manda por wasap esta conmovedora frase del escritor Graham Greene, profundo conocedor del alma humana.
Y me la manda hoy, precisamente hoy, que tengo una reunión con asociaciones de vecinos para tratar temas de Sevilla. Allí se encuentra Antonia, una chica de veintipocos años, que se enorgullece de ser transexual y que nos exige que la llamemos “Antonio”.
Un servidor siempre termina a la gresca con esta muchacha. Y todo pinta a que hoy nos vamos a enzarzar de nuevo.
No la soporto. Habla una vecina de que no va bien el semáforo de la Calle Méndez Núñez y Antonia dice que en sus señales luminosas debería figurar la silueta de una persona trans, para favorecer la inclusión y tal.
O habla alguien de la necesidad de pintar el paso de cebra de la Calle Laraña y Antonia pide que en el acta conste la expresión “paso de cebrE”. CebrE, terminada en e, para denotar así buen rollito tolerante con otras opciones sexuales.
Todo es así en esta chica. Monotema. Agotadora. Jartible.
Ella trata de sacarme de mis casillas. Juega al enfrentamiento para que yo salte…
– “Pepe, me gusta tu nombre porque termina en la letra e. Como buen transexual que eres, ¿no?”
(Sin comentario)
– “Pepe, tu lenguaje es muy sexista” (¡Por Dios! ¿qué lenguaje se supone que debo utilizar para hablar del carril bici de la Avenida de la Constitución?)
Pero hoy, tras haber leído la frase del gran Graham Greene, estoy allí con otro registro. No pienso entrar al trapo.
Ahora llega el punto del orden del día que ha traído Antonia: “La marginación del colectivo transexual en nuestros barriEs”.
Mientras ella asegura que la práctica totalidad de vecinos, vecinas y vecines se sienten de un género distinto al que la sociedad les asigna, se me viene a la mente aquello de que “Si conociéramos el verdadero fondo de todo…”.
Y quizás me sucede entonces. Observo el marcado rostro de la mujer, tallado por la dureza de su vida, igual que la erosión del viento esculpe nuestra Giralda.
Y me parece ver detrás de sus pupilas, en el hondón de sus ojos y como queriendo disimularla con su barba incipiente generada por bestiales inyecciones de hormonas, a una bellísima persona esclavizada por una tristeza insondable y veraz. La tristeza de Antonia. La tristeza de quien durante toda su vida ha ido mendigando amistad y afecto.
Me toca el turno de hablar. Recojo el guante de ella instándonos a hablar claro. Apenas conozco cuatro detalles de su biografía pero los engarzo y me aventuro a hablar clarito, como ella quiere. Hablo con profundo respeto y mirando a los ojos de la muchacha.
Hablo de que la estoy viendo cuando era niña. Sus padres eran toxicómanos y quedó huérfana con apenas cuatro añitos, acogida por su abuela.
La niña es sensible y creativa, con un enorme gusto artístico. Juega al fútbol buscando con ilusión el compañerismo. Pero las líderes del colegio ya han dictado su cruel sentencia, tachándola de friki y marimacho. Una apestada a la que no conviene acercarse.
A Antonia le vence su timidez y se adentra en sí misma, aislándose en los recreos.
En la etapa incierta de la adolescencia, en la que uno no sabe quién es ni qué quiere, atravesando un árido desierto plagado de horas de soledad, con las hormonas revolucionadas y preguntándose por su misión en este vastísimo mundo, conoce de pronto a ciertos universitarios de no sé qué colectivo talibán, a cuyo discurso se aferra como el náufrago a su tabla en la inmensidad oceánica.
Son radicales e inmisericordes, pero ve en ellos el cielo abierto. Acepta sin rechistar que desde ahora su vocación va a ser la transgresión. Ya no tiene que decidir. Ya no cabe preocuparse de su destino. Ya sabe quién es. Es trans.
Lo único que importa, lo único que existe es demostrarse a ella misma y a los demás que juega al fútbol porque es un hombre encorsetado en un cuerpo de mujer.
Se lo jura a ella misma. Ahora la malvada sociedad se va a enterar. Él es Antonio. Y viste de hombre. Y frunce el ceño como lo fruncen los hombres. Y lleva peinado de hombre. Y entra en el aseo de caballeros para mear como mean los hombres.
Sigo hablándole así. Así de claro.
Me asombra que ella sostenga mi mirada y que no me interrumpa. Me asombra el interés con que me escucha. Me conmueve que sus ojos vayan llenándose de estrellas, como si las palabras de un servidor hubieran tocado íntimos resortes de su historia, de su drama … y también de su esperanza, para vislumbrar que está llamada a salir de su tristeza sanando sus heridas, hondas como el socavón de la Calle Cuna.
Y me quedo descolocado, aturdido, fuera de juego, cuando, al terminar la reunión, la chica se me acerca y con descarada franqueza me dispara a quemarropa:
– Me encantaría tomar un café contigo ¿Podríamos quedar algún día?
Es posible que este artículo lo lea algún miembro de una asociación sin alma, de las que no llegan al fondo del corazón humano.
Una de esas entidades a las que ciertos lobbies del capitalismo más salvaje inyectan una pasta gansa, para que sigan utilizando a jóvenes perdidos y sin sonrisa, ingenuos e inocentes, convirtiéndolos en seres aislados y sin raíces, fáciles presas de un consumo compulsivo buscando un espejismo de felicidad, con enormes ganancias de quienes los esclavizan.
Es posible que me tachen de ultracatólico o de reaccionario. Pero de veras que sus críticas me traen al pairo.
Porque me alegro de tener una nueva amiga que me ha invitado a un café. Que me ha enseñado que, buscando la verdad, podemos sentir compasión hasta de las estrellas.
Mi amiga Antonia. Una bellísima persona. A la que le respondo:
– Sí. Claro qué sí. Encantado. Cuando quieras.






1 Comment
En nuestra fe tenemos la respuesta más humana a toda situación y a cada persona.
Mirada a la persona, sinceridad y verdad con amor.
Me da esperanza y agradezco que hayas compartido este momento.