…con menos vergüenza. Así me describió a Los Delinqüentes el gran Pive Amador allá por los finales de los años noventa del siglo pasado. “Como los Pata Negra pero con menos vergüenza”, que ya es decir… En aquellos años de libros y de juventudes ya perdidas nos arrebataron con su sonido canalla. Garrapatero, lo llaman ellos. Pues garrapatero, claro que sí. Y así hemos llegado con sus canciones a rozar los cincuenta. Vaya tela…
La noche arrancó con paso corto, como quien entra en una taberna sin saber todavía si habrá fiesta o recogimiento. Bajo la sombra monumental de la Plaza de España, aquella joya que soñó Aníbal González para la Sevilla del 29, fueron apareciendo los primeros acordes de Los Delinqüentes. El ambiente estaba templado, con el personal tanteando aún el terreno. Pero aquello era sólo el prólogo.
Poco a poco la cosa se fue viniendo arriba, como una marea canalla que conoce perfectamente el camino hacia la alegría. Bastaron unas cuantas banderillas musicales para que el público se entregara al soniquete garrapatero. La guitarra de palo mandaba en la plaza, protagonista absoluta de una noche donde los compases olían a barrio, a verano eterno y a esa libertad callejera que siempre distinguió a los jerezanos.
Mención aparte merece el acompañamiento del tocaor Paco Lara, último escudero del recordado Juan Moneo El Torta. Su guitarra sostuvo la noche con elegancia flamenca y verdad de las que no se aprenden en los conservatorios, sino en los patios y las madrugadas.
La emoción se hizo carne viva, herida abierta, cuando aparecieron sobre el escenario Pepe Begines y Kiko Veneno. Primero sonó el “Rock del Cayetano” con la voz rocanrolera y descarada de Begines, desatando una ovación que parecía viajar en el tiempo. Y allí estaba también, aunque ausente, la figura inmensa de Rafael Amador, flotando entre acordes y recuerdos, protagonista sin pisar las tablas ni un solo segundo. Por supuesto, emocionante fue escuchar la voz de El Migue acompañado de nuevo por sus amigos El Ratón y El Canijo. Qué cosas tan bellas tiene a veces esta vida canalla.
Después llegó Kiko, cantando “Los delincuentes” cerrando un círculo que remite al origen de tantas aventuras musicales. Fue una noche leñera, de compás, de duende y de cosas güenas. Una de esas veladas que Sevilla guardará para siempre en la memoria como quien esconde un tesoro en el fondo del alma.
Nosotros seguimos cumpliendo años, pero el sonido de Los Delinqüentes sigue intacto, flamante… Por ese ambiente y ese buen rollo no pasan los años. Ni las penas.
Pst: Cuando las luces del escenario se apagaron y salíamos del Parque de María Luisa las 17.000 almas emocionadas, encontré en uno de los estanques una botella de coñac. Llevaba un mensaje dentro: “Quillo… la próxima vez en Sevilla podríais tocar “La Ragazza”… La del elevatore”.





