El 6 de noviembre se cumplió el 50° aniversario de la invasión de la provincia española del Sáhara Occidental por 350.000 civiles que integraban la “Marcha Verde”, que servían de “escudos humanos” a las fuerzas armadas marroquíes, y que llevaría a los Acuerdos de Madrid y al abandono de España de esa provincia. El Gobierno de Pedro Sánchez ha conmemorado este lamentable evento con un ominoso silencio.
Las relaciones entre Estados vecinos suelen ser problemáticas, sobre todo si uno de ellos tiene reivindicaciones sobre partes del territorio del otro, cual es el caso del Marruecos. Para España resulta imprescindible que haya estabilidad en el Magreb, pues, de otro modo, las presiones migratorias, el crecimiento de las actividades terroristas, el narcotráfico y la delincuencia transnacional tendrían gravísimas consecuencias. Por ello, necesita que exista en Marruecos un Estado política y económicamente estable, que respete los derechos y libertades fundamentales y mantenga relaciones de buena vecindad. Las relaciones hispano-marroquíes, sin embargo, no han sido fáciles ni a lo largo de la Historia, ni en el momento presente, y han estado jalonadas de incidentes, especialmente con motivo de la descolonización de Marruecos, de Ifni y del Sáhara Occidental, así como por sus reivindicaciones sobre Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas y los Peñones. A ellos hay que sumar en el ámbito económico los problemas pesqueros y los causados por la exportación a la UE de productos agrícolas marroquíes.
Peligrosidad de Marruecos para España
Durante su creación como Estado, entre las dos potencias protectoras, España fue mucho más favorable que Francia a Marruecos. Se opuso al destronamiento de Mohamed V y se negó a reconocer a Ben Arafa, el sultán impuesto por el Gobierno francés. Dio toda a clase de facilidades para la independencia del Reino alauita, pese a que Francia la decidiera unilateralmente, sin siquiera consultarle, y dejándola en un segundo plano, ya que el Gobierno francés negoció con el Rey, mientras que el español tuvo que hacerlo con su representante, el Jalifa Muley Hassan. Pese a ello, Marruecos siempre ha hecho pasar a Francia por delante de España y mostrado una continuada animosidad hacia ella. Según Carlos Ruiz Miguel, Marruecos es el enemigo por antonomasia de España, lo que resulta muy peligroso.
A juicio de José María Álvarez de Sotomayor, debemos ser amigos de Marruecos, porque es el país que más daño nos puede hacer. España deberá ceder en los temas en que sus títulos sean menos defendibles y no admitir, en cambio, ninguna clase de diálogo en aquéllos como Ceuta, Melilla o Canarias, pero el Gobierno de Sánchez no está cumpliendo con este sabio consejo. Para Luis Sáez de Govantes, Marruecos está dentro del imperativo geográfico e histórico que le une inevitablemente a Españ, al tratarse de dos pueblos con suficientes razones para salvar obstáculos y llegar a entenderse, y todo dependerá de la buena intención del momento y de que la política chica no predomine sobre la grande. Más diplomático, Marcelino Oreja ha manifestado que España y Marruecos están llamados a entenderse en un contraste entre amistad y conflicto, en un constante esfuerzo para superar esa relación agridulce de amor y odio.
Mohamed V era consciente de que no se podía enfrentar a España de forma global y adoptó una política gradual de reivindicaciones, con el fin de conseguir el Gran Marruecos al que aspiraban los ideólogos del Partido Istiqlal. Por el Tratado de Sintra (1958), el Gobierno español le entregó la región de Tarfaya, que había incluido en el Protectorado, pese a que nunca había sido controlada por Marruecos. Mohamed V afirmó que había acudido al sur para “renovar la antigua tradición de los viajes de los sultanes al Sáhara para confirmar la unidad del país. Proclamamos solemnemente que continuamos nuestra acción para el retorno de nuestro Sáhara, dentro del marco de nuestros derechos históricos y de acuerdo con la voluntad de los habitantes”.
En 1961 le sucedió Hassan II, que siguió la línea marcada por su padre. En la Cumbre de Países no Alineados de Belgrado, afirmó que los colonialistas españoles continuaban ocupando regiones enteras de la parte sur del territorio de Marruecos y mantenían enclaves en el norte. “Nos comprometemos a liberar los territorios del norte -Ceuta, Melilla y los peñones- y del sur -Ifni, el Sáhara Occidental, la zona de Tinduf y Mauritania-“. Según Rachid Lazrak, Marruecos cambió, sin embargo, de actitud ante la imposibilidad de embarcarse en una prueba de fuerza con España, la nueva situación surgida en el Magreb tras las independencias de Mauritania y de Argelia, el conflicto de fronteras con ésta, y la conveniencia de separar los problemas de Ifni y del Sáhara Occidental, ya que sobre aquél había grandes posibilidades de llegar a una solución bilateral. Así fue, aunque la entrega se demoró por los ataques de elementos “incontrolados” respaldados por el Gobierno marroquí, incluido su entonces príncipe heredero. Por el Tratado de Fez (1969), España entregó Ifni a Marruecos.
La operación relativa al Sáhara Occidental era más compleja, porque el Gobierno español ya había iniciado el proceso para la celebración de un referéndum de autodeterminación y el Tribunal Internacional de Justicia estimó que, en el momento de la colonización española, si bien existían vínculos jurídicos de vasallaje entre el sultán y algunas tribus que vivían en el territorio, no existía “ningún vínculo de soberanía territorial entre el territorio del Sahara Occidental, de un lado, y el Reino de Marruecos o el complejo mauritano de otro”. El Tribunal no halló vínculos jurídicos que modificaran la aplicación al Sáhara de la resolución 1514(XV) y del principio de libre determinación de los pueblos del territorio. No obstante, Hassan II consideró, de modo descarado, que el derecho de Marruecos había prevalecido de forma resplandeciente y evidente, puesto que el TIJ había confirmado que existieron vínculos de vasallaje entre el Sáhara y el Reino de Marruecos equiparables a la soberanía en el Derecho musulmán. “No nos resta más que recuperar nuestro Sáhara, cuyas puertas se nos han abierto legalmente, mediante una marcha pacífica -de norte a sur y de este o este-, en la que participarán 350.000 marroquíes”. El momento no podía ser más propicio porque Franco estaba agonizando, el Gobierno de Arias era débil y dubitativo, y Marruecos contaba con el respaldo político, militar, económico y logístico de EEUU y de Francia. España no era a la sazón miembro de la OTAN, ni de la Comunidad Económica Europea, y sufrió las consecuencias de su aislamiento internacional.
En 1973 se creó el Frente Polisario, que inició una campaña integral contra España, pese a que su Gobierno ya había iniciad el proceso de descolonización requerido por la ONU e incluso fijado la fecha de celebración de un referéndum de libre determinación, lo que llevó a Marruecos a pedir al TIJ un dictamen con el fin de impedir que se celebrara dicho referéndum, ante la incompresible pasividad de Argelia y de los países que apoyaban la autodeterminación del Sáhara Occidental. Como ha comentado el coronel Juan Perote -el “último de Filipinas” del Sáhara- aumentó la tensión y se producían a diario atentados y no se sabía si las minas en las dunas las colocaban el Polisario o los marroquíes. El final se aproximaba y Madrid ordenó la retirada de la población civil. El 2 de noviembre, el príncipe Juan Carlos visitó El Aiún para elevar la decaída moral de las tropas españolas, a las que aseguró que se har
ía lo necesario para que el Ejército conservará su prestigio y honor. “España cumplirá sus compromisos y tratará de mantener la paz, don precioso que tenemos que conservar”. Eran palabras ambiguas que podían significar cualquier cosa, pero calmaron los ánimos. Según Perote, ni en mil vidas olvidaría cómo abandonamos el Sáhara, de manera precipitada y sin dar explicaciones. Aunque hubiera preferido otra salida “mis hombres se van totalmente orgullosos, con el honor intacto, porque han cumplido con su deber”.
El 18 de octubre, España denunció el inicio de la Marcha Verde ante el Consejo de Seguridad, que se limitó a hacer un llamamiento a las partes para que hicieran uso de moderación y permitieran la mediación del secretario general. El día 19, el Gobierno español decidió negociar y envió Marrakech al secretario general del Movimiento, José Solís -notorio pro-marroquí-, que se entrevistó con Hassan II, quien se negó a detener la “Marcha Verde” y afirmó que llegarían hasta el último confín de su Sáhara. No obstante, accedió a enviar a Madrid a su ministro de Asuntos Exteriores, Ahmed Laraki, para que negociara con el Gobierno español, junto con el ministro de Mauritania. Seguía el debate en el Consejo de Seguridad -en el que Francia y EEUU hicieron todo lo posible para favorecer a Marruecos-, que adoptó el 2 de noviembre una resolución anodina -en la que ni siquiera se mencionaba al invasor-, que pedía a las partes que no tomaran medidas unilaterales. La actitud del Consejo fue incomprensible al negarse a cumplir su función básica de velar por el mantenimiento de la paz internacional.
El resultado fue la rendición incondicional de España sin que Marruecos pegara ni un solo tiro, pese a haber sido invadida una parte de su territorio en contra del Derecho Internacional y ante la inoperancia culposa de la ONU, que se plasmó en los lamentables Acuerdos de Madrid. El 9 de noviembre de 1975, Hassan II anunció la detención de la “Marcha Verde”, el 11 las Cortes aprobaron la Ley sobre la descolonización del Sáhara Occidental, y el 14 España, Marruecos y Mauritania firmaron en Madrid un Acuerdo por el que el Gobierno español entregaba la administración del Sáhara a Marruecos y a Mauritania, y un año después, sus fuerzas armadas y sus funcionarios abandonaron el territorio de una provincia de España. El 25 de febrero de 1976, el representante permanente ante la ONU, Jaime de Piniés, comunicó al secretario general que “el Gobierno español, con fecha de hoy, da término definitivamente a su presencia en el territorio del Sáhara y estima necesario dejar constancia de lo siguiente: a) España se considera desligada en lo sucesivo de toda responsabilidad de carácter internacional con relación a la administración de dicho territorio, al cesar su participación en la administración temporal que se estableció por el mismo; b) la descolonización del Sáhara Occidental culminará cuando la opinión de la población se haya expresado válidamente”.
Los Ejércitos de Marruecos y Mauritania ocuparon el Sáhara y el Frente Polisario se levantó en armas contra los invasores, provocando una guerra civil. En 1979, Mauritania firmó la paz y retiró sus tropas y Marruecos ocupó el territorio abandonado y mantuvo el conflicto armado hasta 1991, año en que se firmó una tregua y un Plan de Paz, que preveía la celebración de un referéndum bajo los auspicios de la ONU, que estableció a tales efectos una Misión especial, la MINURSO. Marruecos, sin embargo, puso todos los obstáculos posibles para que no se realizara el referéndum y, en 2007, presentó un sucinto Plan de Autonomía de cuatro páginas, en el que proponía la integración del Sáhara Occidental en el Reino de Marruecos, a cambio de unas mínimas medidas de descentralización para los saharauis. Nadie tomó en serio esta propuesta hasta que Donald Trump -cuando estaba a punto de dejar la Casa Blanca a finales de 2021, tras su derrota por Joe Biden-, expresó su apoyo a una propuesta “seria, creíble y realista”, que constituía la única base para una solución justa y duradera del conflicto, reconoció la soberanía de Marruecos sobre todo el territorio del Sahara Occidental, y anunció la creación de un consulado en Dajla para promover oportunidades de negocios en la región sahariana. Numerosos países siguieron la línea marcada por Trump, incluida España o -mejor dicho- incluido Sánchez.
En efecto, el 14 de marzo de 2022, el presidente -sin consultar con su Gobierno ni con las Cortes- envío a Mohamed VI una carta en la que repetía casi ”verbatim” las palabras de Trump y rompía la consensuada posición de neutralidad hasta entonces seguida por los distintos Gobiernos de España. Sánchez no ha dado explicación alguna sobre los motivos de su giro copernicano en un tema esencial para España, y actuó como la pieza anticipada de una jugada más amplia, de un ensayo piloto diseñado para allanar el camino al aval internacional a la anexión del Sáhara por Marruecos. Según le dijo, “reconozco la importancia que tiene la cuestión del Sáhara Occidental para Marruecos y los esfuerzos serios y creíbles de Marruecos, en el marco de la ONU, para encontrar una solución mutuamente aceptable. En este sentido, España considera la propuesta marroquí de autonomía presentada en 2007 como la base más seria, creíble y realista para la solución de este diferendo. En este nuevo contexto, tiene mi garantía de que España actuará con la absoluta transparencia que corresponde a un gran amigo y aliado. Os aseguro que España siempre cumplirá sus compromisos y su palabra”. Le faltó añadir que “l’Espagne c’est moi”, porque no estaba escrito en la minuta marroquí.
Como ha observado Eduardo Álvarez en “El Mundo”, si la antigua potencia administradora respaldaba el Plan de Autonomía, dejaba la vía libre a que otros Estados abrazaran la “realpolitik” sin tantos miramientos. Y así fue, pues, acto seguido, vinieron los reconocimientos de Francia, Gran Bretaña, Alemania y la propia ONU. Mohamed VI ha encontrado en Trump el cómplice imprescindible para que empuje como nadie el reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. El nuevo impulso se inició con los acuerdos de Abraham -negociados por el yerno judío de Trump, Jared Kushner-, tras los que el presidente norteamericano apoyó la marroquinidad del Sáhara a cambio de que Marruecos reconociera a Israel.
Item más, el pasado 31 de octubre, el Consejo de Seguridad adoptó -a propuesta de EEUU- la resolución 2797/2025, por la que renovaba por un año el mandato de la MINURSO -¿para qué?-, apoyaba al secretario general y a su representante personal para que se mantuvieran negociaciones “sin condiciones previas”, tomando como base la propuesta marroquí y previendo la autodeterminación del pueblo saharaui (¿?). Se trataba de la cuadratura del círculo. Aunque se dijera que no habría condiciones previas, el Plan de Autonomía marroquí era el único marco posible para unas negociaciones que resolvieran el conflicto de la forma justa y duradera. Se acogía con beneplácito cualquier propuesta constructiva de las partes, pero solo en relación con el Plan de Marruecos, que no especifica cómo sería la región autonómica sahariana, ni cuáles sus competencias. Se exhortaba a las partes a entablar conversaciones para obtener una solución política definitiva y mutuamente aceptable, que previera la autodeterminación de los saharauis, pero se escogía como base de negociación una propuesta que la negaba, por lo que sería inaceptable para una de las partes. Se señalaba que ”una autonomía genuina podría representar el resultado más factible”, pero el Plan de Marruecos, de autonomía, solo tiene el nombre.
La resolución fue adoptada por 11 votos a favor, 3 abstenciones -China, Rusia y Pakistán- y la ausencia de Argelia, que calificó la decisión de grave violación del Derecho Internacional y de los principios de la ONU sobre la descolonización, mientras el representante del Polisario la criticó por suponer la legalización de una ocupación militar. El representante estadounidense, Mike Waltz, afirmó que la resolución abría la puerta a una nueva era de paz en la región e instó a las partes a que iniciaran un proceso de negociación realista sobre un Plan que era la única base posible para resolver el conflicto, y el enviado especial para los países árabes, Massud Boulos, destacó que la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara resultaba irreversible y la propuesta marroquí era la mejor opción disponible. En cambio, para el representante argelino, Amar Bendjama, “una solución justa y duradera solo puede llegar mediante el respeto al derecho inalienable del pueblo saharaui a decidir sobre su propio futuro”.
Lo más sorprendente ha sido a que China y Rusia no hayan recurrido al veto -como hasta ahora era habitual-, alegando para ello razones pragmáticas, como la de no bloquear un proceso de paz en curso (¿?). Al amparo del respaldo de EEUU y de los países europeos, la diplomacia marroquí ha actuado muy hábilmente para conseguir la abstención de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Rusia y China, y lo ha logrado ganándose a aquélla con su actitud neutral y equidistante en la guerra con Ucrania y a ésta con la aceptación de su tesis de una “única China”.
Ya en 1999, Mohammed VI había afirmado rotundamente que el Sáhara Occidental formaba parte de las provincias del sur de Marruecos y que ni él, ni el pueblo marroquí, aceptarían nunca ceder la soberanía de Marruecos sobre tales provincias. La adopción de la resolución por la que la ONU reconoce implícitamente la soberanía marroquí sobre el territorio ocupado ha coincidido con el 50° aniversario de la “Marcha Verde” y el sultán ha proclamado el 31 de octubre como el “Día de la Unidad”. El monarca ha querido subrayar ésta tras su triunfo diplomático y afirmado que, a partir de ahora, Marruecos entra en una fase de unidad, al ejercer plenamente los derechos de soberanía sobre la totalidad de su territorio. Ha hecho un llamamiento a los “hermanos de Tinduf” (¿?) para que aprovechen esta oportunidad histórica con el fin de que se reencuentren con los suyos, invitado a Argelia al diálogo, y prometido actualizar su propuesta sobre la autonomía. Su llamamiento resultará poco creíble, mientras continúe con su política de represión en el Sáhara y mantenga en prisión a multitud de saharauis por haber manifestado su apoyo a la libre determinación del territorio o simplemente por defender los derechos humanos.
Marruecos se ha visto sumamente favorecido por el incondicional respaldo de EEUU, incluso frente a España, pese a que Sánchez haya hecho la ola a Trump y se haya sometido a la voluntad del monarca alauita. Marruecos continúa reivindicando Ceuta y Melilla, y trata por todos los medios de asfixiarlas política y económicamente, negándose a restablecer las aduanas en sus respectivas fronteras. Siguiendo el plan gradual de reivindicaciones, planteará la cuestión cuando se haya anexionado el Sáhara, lo que cada día está más cerca. Como señaló el primer ministro, Saddedine al-Othmani, la cuestión de Ceuta y Melilla será tratada a su debido tiempo, una vez consumada la integración del Sáhara Occidental, porque dichas ciudades son tan marroquíes como el Sáhara. El ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez, declaró en 1992 que Ceuta y Melilla eran dos ciudades españolas, que tenían un pasado y un presente como tales, y tendrían un futuro como ciudades españolas. Otra cosa era que ese futuro fuera más o menos brillante en función de la actitud marroquí hacia las mismas. “Ceuta y Melilla deben ser más un elemento de acercamiento entre España y Marruecos, que factores de división”. No creo que en las actuales circunstancias el menguante canciller, José Manuel Albares, se atreva a hacer una declaración tan tajante como la de su colega. El Gobierno de Sánchez ni siquiera permite a Felipe VI visitar estas ciudades tan españolas para no incomodar al sultán.
Es preocupante el incondicional alineamiento de Trump con Marruecos, que va en detrimento de España. EEUU está suministrando a Marruecos aeronaves y armamento de última generación que no posee España y, cada vez da mayor importancia a las bases que tiene en el país, así como preferencia a Marruecos en cuestiones relacionadas con la defensa del Mediterráneo. Han circulado incluso rumores de que EEUU pretendía transferir a Marruecos las importantes bases conjuntas de Rota y de Morón. Cabe preguntarse con quién estaría Trump en caso de un eventual conflicto entre España y Marruecos, como ocurrió con el incidente del islote de Perejil. No sé si ha sido una casualidad que Trump haya nombrado embajador en Marruecos a Duke Buchan, que lo fue con anterioridad en España. Buchan ha subrayado la importancia crítica que tiene Marruecos para la seguridad de EEUU por su ubicación estratégica, y recordado que Marruecos es sede del Africom y alberga cada año el “African Lion”, el mayor ejercicio militar conjunto en África. Trump parece obsesionado con que España haya sido el único Estado miembro de la OTAN que se ha negado a aumentar su gasto en defensa hasta el 5% de su PIB, la ha criticado en varias ocasiones por su falta de solidaridad y la ha amenazado con sanciones, incluida su expulsión de la Alianza.
Según “El País”, la resolución ha sido un éxito diplomático para Marruecos, pero le obliga a presentar un proyecto de autonomía creíble, que convierta a la región en una zona pacífica y próspera, y permita que los derechos de la población saharaui queden garantizados. La ONU ha dado por imposible la celebración de un referéndum en el Sáhara ante las dificultades de elaborar un censo electoral aceptable para todos. Lo que era una opción se ha convertido en la solución respaldada por la Comunidad internacional, pero Marruecos deberá elaborar una nueva propuesta que no se limite a un enunciado cosmético. “Se ha dado un paso importante para desbloquear un contencioso enquistado”. No estoy del todo de acuerdo con esta apreciación, porque el Plan se basa en una imposición de EEUU que -como en el caso de Gaza- toma los deseos por realidad. Existe un paralelismo entre Marruecos e Israel, entre Mohamed VI y Netanyahu y, como éste, no está dispuesto a hacer concesiones y aceptar un genuino Plan de Autonomía. “El Mundo” ha editorializado que el Gobierno español ha guardado un inaceptable silencio. La resolución adoptada legitima la autonomía bajo la soberanía marroquí y entierra la posibilidad del referéndum prometido por la ONU. España -potencia administradora “de iure”- ha aceptado sin rechistar esa interpretación. “La política exterior se reduce a un silencio cómplice”. Callar ante el expansionismo marroquí puede reportar una tregua temporal, pues es una renuncia estratégica. “50 años después, España no solo ha dejado un territorio abandonado, sino que también ha abdicado de voz”. Según José Ignacio Torreblanca, el Sáhara no pertenece a Marruecos, pero las alianzas y los intereses estratégicos y económicos lo empujan inexorablemente hacia él y pone a España en la tesitura de abandonar a su suerte a los saharauis bajo una fórmula de autonomía dentro de Marruecos, que carece de credibilidad.





