La tarde soleada de finales de verano, a orillas del río Grande, trae un regusto amargo de despedida, como una mareíta triste que sube desde Sanlúcar de Barrameda. No por él sino por nosotros, que a Joaquín Sabina aún le quedan algunos conciertos para coger el sombrero y pedir un taxi para la siguiente estación. No en vano, la gira lleva por nombre “Hola y adiós”. Pero nosotros si nos despedimos de él en la Plazalostoros de Sevilla, la del amarillo albero. Que hoy torea —digo, canta…— Sabina en la ciudad de la Giralda como en la nocturna aquella donde debutó Pepe Luis vestido de azul cielo y oro.
Por eso tengo el presentimiento de que lo de hoy será como aquella de tarde de la Algaba cuando el maestro Curro Romero dijo adiós en silencio, desde su casa, con el cenicero abarrotado de colillas de Winston… “Me retiro —le dijo a Fernández Román—. Si el segundo novillo le hubiera hecho daño a José Antonio— con el que toreaba mano a mano el festival— en aquella voltereta tendría yo que lidiar y matar cuatro más. Y no estoy para eso”. Ole. Vergüenza torera de la cara, que hasta para cortarse la coleta hay que hacerlo despacito. (El que quiera entender, que entienda).
El reloj marca las nueve de la noche en punto y, desde los adentros, te sale un “música, maestro”, esperando que la música sirva para lo que debe servir: para divertirse y, de paso, calentase el corazón. Tras un breve videoclip en las pantallas con la canción “Un último vals”, el escenario se llena de músicos y Sabina entra entre ovaciones, destocándose y saludando desde el tercio al respetable, mientras canta “Lágrimas de mármol”, que nos suena a las viejas guitarras de los Stones. Y es que cuando llegue el otoño estaremos todos hablando con los gatos. Con “Lo niego todo”, donde duele el alma escucharlo, deja al toro por fuera de las dos rayas. Con “Ahora” —que suena limpia, demasiado perfecta— y con “Calle melancolía” la plaza es un clamor y canta hasta desgañitarse, aunque la música de la nueva versión nos parece ñoña. Nos gusta más el Sabina crudo, el de la cuerda pelá, el que perdió tantas peleas en los tiempos de la chupa de cuero y las tachuelas. Pero el maestro no está para tantos alardes, aunque lo veo del gañote mejor que lo que pensábamos. Con las quinientas noches y el mangazo del mes de abril siguen subiendo los decibelios, perfectamente cuadrados por los técnicos (¡Qué bien sonaba aquello!). Los músicos también muy bien, comandados por García de Diego y Jaime de Asúa, aunque nos sonó todo a demasiado redondo, demasiado enlatado. Son las cosas de los músicos de por allí arriba: no fallan una nota pero les cuesta un mundo encender la candela.
Tras un breve respiro, Sabina vuelve con su magnífica versión-continuación del “Y sin embargo te quiero”, compitiendo en igualdad de condiciones con los versos de Rafael de León. Palabras mayores. Sombreros fuera. Su voz me suena a las rodillas de cristal del Paula, al citar de frente el cante como Manolo Vázquez.
Pero Sabina se no se ve metido en la noche. Muy correcto, sí. Voz bien timbrada, pero le falta arrebatarse para “que las persianas corrijan la aurora”. Lo noto muy matemático. Muy sota, caballo y rey.
Los bises comienzan con “La canción más bonita del mundo” en la voz de Antonio García de Diego, que todo lo hace bien: peón de confianza de los que marcan las diferencias en las cuadrillas. Joaquín, arrastrando las vocales, vuelve susurrando que lo que sabe del olvido, lo aprendió de la luna (versos que son joyas literarias) y rematando con “Contigo”. Para el final de los finales, para la suerte suprema, “Princesa”, bien ajustada al compás de Dylan.
La noche terminó con algunos pañuelos blancos en los tendidos. Era la hora de bajar el telón, de hacer mutis por el foro y de levantar el pie del acelerador, que el electrocardiograma va cantando ya las cuarenta a más de uno. Sabina nos ha mostrado su cara más humana: sin maquillajes, con arrugas y achaques, que no todo es belleza eterna.
Para nosotros, Sabina se ha cortado la coleta en el coso del Baratillo, como hiciera José María Manzanares o Julio Aparicio Loreto. O quizás nos la hayamos cortado nosotros. Aún le quedan corridas —digo… conciertos—. Pero despedirse de Sevilla es distinto. Mirar a la Puerta del Príncipe por última vez, frente por frente de la calle Vera del Río, calle Betis de Lencero en la voz de Rafael. Otear el barrio de los cantes antiguos por soleá desde las palmeras del Paseocolón es distinto: La Gloria, como la finca de la familia Bienvenida.
Despedimos a Joaquín Sabina, el andaluz que se recrió en los madriles y que, paso a paso, se acerca a la puesta de sol de su voz y de su obra. Nosotros salimos de la plaza cantando —y toreando…— el “Ciao, ciao, bambino” de Domenico Modugno. Ha sido un placer compartir la vida con sus canciones, con sus letras y sus melodías, que esta noche me han olido a un manojito de capotazos y media de Curro Romero.





