Las recientes elecciones de Castilla y León constituyen la piedra de toque que apunta al fin de un ciclo político y al inicio de otro, del mismo modo que las elecciones gallegas de 1981 anticiparon el cambio del mapa político que se dio un año después con la consolidación de un sistema bipartidista en el que Alianza Popular sustituyó a UCD como referente político del centro-derecha, cuando en palabras de un dirigente de la formación centrista, “el Amazonas cambió de rumbo”. Salvando las distancias, algo similar ha sucedido en la región por una serie de variables que alteran drásticamente el mapa político: el PP se ha erigido como primera fuerza política, desbancando al PSOE de esa posición (que logró en 2019), consiguiendo los populares más escaños que la suma de PSOE y Podemos juntos, cuya gestión a nivel nacional se ve penalizada en las urnas. Por otro lado, VOX es el vencedor moral de los comicios y se convierte en el único socio posible del PP en lugar de Ciudadanos, gran derrotado en las urnas, cuya fuerte debacle apunta a su definitiva desaparición.
Es menester detenerse en el análisis de los factores anteriormente citados, pues a pesar de ser la fuerza más votada, los populares han perdido 50.000 votos por el camino, empeorando su peor resultado (hasta entonces, el conseguido en 2019), de modo que ha logrado más escaños no en un contexto de subida del PP sino de caída del PSOE, defraudando las expectativas que se habían marcado, ya que aspiraban a lograr una mayoría holgada como la de la Comunidad de Madrid, circunscribible a un efecto Ayuso no extrapolable al resto de España, y de hecho, de manera errática, Mañueco ha pretendido imitar el programa de Ayuso a pesar de las notables diferencias entre ambas regiones, por ejemplo, con las políticas de fomento de la natalidad para combatir la despoblación, algo inviable en tierras castellanoleonesas al presentar una población envejecida que, por tanto, no se encuentra en edad fértil, de modo que la alternativa es la repoblación por medio de políticas fiscales atractivas.
Otro elemento clave es la imposibilidad del PP de gobernar en solitario, necesitando en cualquier caso a VOX (único partido que estaría dispuesto a pactar con ellos), cuyos buenos resultados evidencian el fracaso de las campañas de demonización del adversario, recurso frecuente de la izquierda, tal es el caso del vídeo del dóberman de 1996 o la Cadena SER presentando al PP de Aznar como los “herederos de los asesinos de García Lorca”, alzando la voz un sector de la sociedad civil que por medio de un espacio más a la derecha ya tiene una opción que los represente después de muchos años esperando.
Es sintomático el hundimiento de un Ciudadanos cadavérico al que Arrimadas está poniendo la puntilla final por medio de sus erráticos pactos con Sánchez, que en Castilla y León ha pasado de doce escaños a uno sólo, de tener la vicepresidencia del gobierno regional a casi desaparecer de la Cámara y lo que es más lamentable es que el hasta hace poco vicepresidente Francisco Igea carezca de la decencia política de hacer autocrítica, asumir sus errores y dimitir como hizo su antiguo jefe Rivera, culpando en su lugar a los electores, a quienes acusa de equivocarse a la hora de votar, un comportamiento profundamente antidemocrático en alguien que se presenta como centrista, moderado y liberal mientras no ahorra descalificativos a VOX, el partido al que en estas elecciones han votado aquellos que tres años atrás respaldaron al propio Igea porque la formación naranja ha dejado de representarles.
Otra nota característica de los comicios es la consumación de la tendencia que ya apuntaron las generales de Noviembre de 2019, que arrojaron el Congreso con más peso de los regionalismos desde 1979, ya que, tratando de emular el éxito de Teruel Existe, fruto de la desafección política de los principales partidos, muchos se han aferrado al terruño para tratar de resolver sus problemas más directos, una deriva que se ha visto alentada por el PSOE sanchista con sus continuas concesiones a ERC, Bildu, PNV y otros, ya que como le dijo Abascal al propio Sánchez en su sesión de investidura, se ha privilegiado a los desleales nacionalistas mientras se ninguneaba a los que se mantenían leales a España, un proceso que explica el surgimiento de provincialismos localistas agrupados bajo el paraguas de España Vaciada, el nuevo actor político que únicamente puede ser contrarrestado por VOX y que en nuestra región pueden ser canalizados por pequeños partidos andalucistas que, al igual que la citada plataforma, tienen en su agenda propuestas de industrialización para sacar del subdesarrollo zonas económicamente deprimidas como La Línea de la Concepción, pues tal y como dijo Manuel Gavira, “la industrialización de España es necesaria y la de Andalucía es imprescindible”.
VOX puede prestar un servicio en favor de la gobernabilidad y combatir la fragmentación al poner este tipo de cuestiones (sucesivamente ninguneadas) sobre la mesa, convirtiéndose en el voto útil de estos electores al ser la tercera fuerza nacional y combinando elementos liberales y proteccionistas que a su vez puedan unir a la izquierda y la derecha con una visión nacional, contrarrestando a su vez la estrategia socialista diseñada para perpetuar a Sánchez en el gobierno, que ha alentado a la España Vaciada como plataforma de recogida de escombros ya que, aunque no le quitarán votos a PP y VOX, sí pueden capitalizar a descontentos de la izquierda que en ausencia de esta opción se refugiarían en la derecha del espectro, recurriendo en su lugar a una formación que de manera análoga a Teruel Existe, puede ser un potencial socio del PSOE.
Las elecciones castellanoleonesas nos han dejado una importante lección que desmiente uno de los mantras esgrimidos por la izquierda y apuntalado por algunas voces del PP como hizo de manera tan desafortunada Gabriel Elorriaga en su día al afirmar que la abstención (que es el fracaso de la democracia) beneficiaba al PP, a pesar de los muchos ejemplos que acreditan lo contrario: Feijóo consiguió mayoría absoluta en 2009 en un contexto de subida de la participación desbancando a un bipartito de socialistas y nacionalistas, del mismo modo que el pasado año, Ayuso arrasó y VOX aumentó su representación con un récord de participación del 75 %, y en estos comicios, incluso desde las terminales mediáticas de la izquierda se ha afirmado que la abstención perjudicaba al PP, algo que cobra su lógica en una región como Castilla y León, con una mayoría sociológica de centro-derecha.
Son muchas las lecciones que nos dejan estos recientes comicios pero la más importante va dirigida al PP, que debe dejar de trazar su estrategia política al dictado de la izquierda, que busca alejarlos del gobierno dinamitando puentes con los únicos que van a ser sus aliados y con quienes están condenados a entenderse, y asumir la caricatura grotesca que están diseñando de VOX supone presentarlos como el mal mayor al que hay que evitar, dando alas a un PSOE sostenido por extremistas aliados sucesivamente blanqueados, de la extrema-izquierda chavista de Podemos a los pro-etarras de Bildu pasando por golpistas supremacistas al estilo de Torra, pero Casado ha dejado meridianamente claro que se siente más cómodo con el PSOE (con el que estaría dispuesto a gobernar en coalición) que con VOX (de los que aspira a servirse de sus votos sin acceder a ninguna de sus condiciones), de hecho, ya dijo que tras su funesto discurso en la moción de censura, el PP representaba mejor a los socialdemócratas, evidenciando que no son el partido de la derecha, pues ya no queda nada de la AP de Fraga, pareciéndose mucho al CDS de Suárez, que al igual que Ciudadanos se hundió por convertirse en el “perchero” del PSOE. No hay más que recordar las palabras textuales del expresidente Suárez en el Congreso ante el estallido del caso Guerra: “En estos momentos, apoyo total a Felipe González”.
El PP debe asumir responsabilidades ante su errática estrategia, enmendada por los electores en las urnas al incumplir todas las expectativas marcadas, y como es obvio que Casado no lo hará, debería, al menos prescindir del autoritarismo de García Egea y su mano derecha Alberto Casero, que a modo de emisario del nuevo “general secretario”, se encarga de imponer a los afines a éste en las diferentes provincias a pesar de que ya carece de toda autoridad al quedar políticamente tocado de muerte con un error propio que no quiso reconocer, votando en un sentido contrario al que debía en dos pantallas y confirmándolo después, manifestando una dejadez propia de la peor de las mediocridades políticas. Desafortunadamente, Casero no es una excepción sino un fiel reflejo de lo que representa este PP.





