A pesar de los serviles apoyos mediáticos, afines a toda costa a la regeneración del PP, la comparecencia de Pablo Casado no ha superado ser para una gran mayoría de la opinión pública manifestada en las redes, otra cosa que un alarde verbal de cinismo hacia la cesada Cayetana Álvarez de Toledo, cada vez más distante de la pretensión original de llevar a cabo el lavado de cara del PP sin mayoría absoluta que dejó Rajoy.
Casado intenta sacar músculo, pero le quedan inalcanzables los mayores pesos. Lleva infructuosamente varios años y, con ellos varias convocatorias electorales, sin lograr el alto rendimiento que esperaba de sí mismo. No puede. Es un político a medio gas, llamado líder pero sin ejercer un verdadero liderazgo de arrastre y seguimiento de conservadores y votantes que un día lo fueron del PP y hoy se buscan el voto por esas porciones que Aznar llamó acertadamente “la derecha troceada”.
En su discurso de hoy persiste con torpeza en el empecinamiento estéril, para él desde luego, de aglutinar de nuevo a la derecha y hacerle sumar la gran franja imbatible del Congreso. Casado es inseparable y consustancial a la ingenuidad, además de acusar una ceguera política animada por un coro de ciegos como él, los que han perdido completamente de vista las perspectivas electorales. El cese de Cayetana Álvarez de Toledo ha abierto otra vez las fronteras de la emigración a VOX.
El único giro del PP, según muchos observadores políticos insobornables, es el de que se está volviendo a desorientar con la etapa lamentable del lamentable Rajoy. El PP está ahora mismo plagado de marianistas, y la gente, la que da los votos, no quiere ni oír hablar de eso más: una estafa electoral que capacitó a Rajoy para engañar a su electorado, sin ir más lejos subiendo impuestos después de prometer en campaña que no lo haría; tampoco se olvidan los totalitarismos más inhumanos económicamente hablando de Sáenz de Santamaría, Cospedal, Montoro, y el caso vergonzoso de Ruiz Gallardón, que como Ministro de Justicia sirvió una reforma procesal que obligó a la barbaridad judicial de tasar en varios cientos de euros los recursos desde Primera Instancia.
“No podemos formar parte de la gobernabilidad de Sánchez, porque somos la alternativa”. Ha sido una de las increíbles proclamas de Casado para intentar defenderse de la fuga de miles y miles votantes que se ha producido desde que cesó esta semana a Cayetana Álvarez de Toledo. Está perdido en un barco que sólo se le va a quedar, hundido, con la triste melodía de los desfasados marianistas que han salido a figurar en su desafortunada puesta en escena, pintada con el fondo de un falso triunfalismo patrio, con la bandera de una España en la que Casado es un mera aspiración y la eterna promesa que no sabe llegar nunca hasta donde a los españoles les haría buena falta. Pero desde la indeterminación no se arriba a ninguna idea sólida, a ningún estilo inconfundible.
Casado no es la alternativa, sino una de ellas y encima bien debilitada sin la portavoz Álvarez de Toledo. Casado tropieza una y otra vez con su misma ficción: creer que sólo existe la opción del Partido Popular para salir del hoyo donde, paradójicamente, fue Rajoy el que metió allí a España. Rajoy son los polvos de estos lodos de hoy, el origen de los males sucesivos de la Nación. Destruyó y lesionó democracia. Engañó al país. Atacó con la voracidad fiscal de Hacienda a la clase media. Si Casado se reitera una y otra vez en que el Partido Popular es como haber “un solo bautismo para el perdón de los pecados”, insiste en enarbolar una premisa en la que muy pocos ya tienen fe.
El resto de sus palabras ha sido como una especie de letanía vacía de verdades:
“Somos un partido de plazas anchas, no de trincheras estrechas”.
“Gracias por todo Cayetana, esta será siempre tu casa. Y puedes contar conmigo para lo que quieras.” Sin comentarios. Ya se han hecho miles y miles en las redes.





