Querido amigo:
Te escribo estas letras, con el invierno a los lomos, porque sé que necesitas de ese empujón moral que —alguna vez en la vida, al menos— necesitamos todos, tarde o temprano. Sé que no lo estás pasando bien —de hecho, lo estás pasando mal, muy mal— y que son meses en los que las citas médicas se amontonan sobre la mesa de camilla de casa. Momentos en los que la habitación de hospital ha sustituido al despacho del trabajo diario y las pruebas médicas suplen las vistas orales. Y como lo sé y conozco el oro viejo de tu corazón y la plata repujada de tu alma, me ha salido escribirte esta humilde carta, por si pudiera hacerte algún bien, por poco que sea. Que no es que uno esté con los ánimos para dar ánimos, pero siempre nos queda algo para dar, por poco que sea.
He dado un paseo por la Sevilla tu alma y he pasado por la calle Adriano, por la Punta del Diamante, por la Cuesta del Rosario o por la Alfalfa, esquinas que te esperan, según me han susurrado, para regalarte una conversación, un ratito de charla con una cerveza en la mano y cosas de la ciudad en los labios.
En el paseo me he detenido con algunos de los tuyos, que te mandan abrazos. Ahí los llevas, maestro. Que los he visto salir de sus capillas cogidos del brazo buscándote para darte ánimos y que la enfermedad se bata en retirada de tu cuerpo.
No es tiempo de inciensos ni de túnicas de sarga azules ni de ruán. Ni de tramos formados, ni de cirios al cuadril, ni del aguador, ni del pertiguero, ni del de la caña. Son fechas tristes, que los fríos no le caen bien a nuestra ciudad. Nosotros sabemos por qué. Hace poco que celebramos que el Señor nace cada año, cada 25 de diciembre, pero nosotros no estamos para nacimientos sino para resurgir y volver a la vida que nos gusta: la vida sencilla del día a día, sin luces ni aspavientos. Aun no es el momento de la cruz y los clavos, cierto. Pero es tiempo de nacer, de renacer y de volver a volver.
Ahí está lo grande de nuestra Semana Santa, esa que tanto nos gusta y tanto sueño nos ha robado: que siempre es momento de vida y de lucha, que no debemos bajar la guardia ante nada porque la ruina acecha tras la esquina. Y nuestra ruina es no poder estar con los nuestros y disfrutarnos, y darnos vida. Por eso hay que abrazar la cruz y seguir con el cuchillo entre los dientes, sin dar un paso atrás.
Me consta que lo estás haciendo, que estás peleando con los puños por la vida. Me consta que sigues abrazado a tu fe, incorrupta, y a tus creencias, insobornables. Nos consta a todos que eres maestro en todo lo que te propongas y en esta victoria lo serás también.
Amigo, te mando un abrazo grande y te pido que luches como tú sabes. Ahora es cuando se ven a lo tíos valientes, y tú lo eres. Te ha tocado una chicotá larga, dura, de las que dan leña. Lucha y pelea con las uñas, que este juicio lo vas a ganar, como los ganas siempre. Nosotros rezamos por ti y estamos luchando a tu lado. Que te vas a salir con la tuya.





