Querida Noelia:
Vives en Barcelona, tienes 25 años y mañana jueves, tras una larga lucha judicial que por fin has ganado, te aplicarán la eutanasia que pediste. Tu vida no ha sido fácil: a los trece años te separaron de tus padres y de tus hermanas porque tu familia no tenía recursos económicos. Ingresaste en una institución de acogida y encadenaste múltiples episodios depresivos. En uno de ellos te arrojaste al vacío desde un quinto piso y quedaste parapléjica, en silla de ruedas y con dolor insoportable. Has decidido morir, y yo lo respeto. Lo respeto y lo comprendo.
Tuve un hermano llamado Jesús que arrastraba depresiones desde pequeño. En los últimos meses, mi Jesús ya no era el junco que se dobla pero siempre sigue en pie: era un junco roto, quebrado por los vientos de la vida. Su rostro, de natural risueño y redondeado, se le afilaba por días; el carácter se le avinagraba, y un rictus amargo brotaba en sus labios. “Soy un muerto en vida”. “Soy un muerto en vida”. No se cansaba de repetir. “La próxima vez… no fallaré”. Porque mi hermano lo tenía muy claro: estaba harto de positivismo, harto de libros de autoayuda que solo llenan de dicha y de dinero a los autores, harto de psicólogos y psiquiatras que no encuentran solución, harto de ingresos hospitalarios, harto de retiros espirituales “para encontrarse a uno mismo”, harto de suplementos vitamínicos, harto de sonrisas forzadas y bienintencionados disimulos. Mi hermano estaba ya exhausto por su constante búsqueda de la felicidad; harto de oír que el tiempo cura todas las heridas, pues a veces no las cura; cansado de ser un perfecto aguafiestas, porque nadie quiere estar al lado de los tristes; metido en la espiral de la vergüenza, fingiendo constantemente que todo está bien, aunque nada esté bien; instalado en el disimulo, en las positividades tóxicas de a quince euros el libro: “Nunca te rindas”. “Sonríe diez veces al día”. “Tu actitud es lo único que cuenta”. “Todo depende de ti”. Mentira. Mentira. Mentira.
Una tarde, mi hermano me dijo adiós. No me lo dijo con esas palabras, por supuesto. Pero me dijo adiós. Charlábamos en un parque y se despidió al marcharse. Al hacerlo, me dio un beso. Lo miré a la cara. Me miró también. En el azabache de sus ojos sólo había tristeza, vacío, desgana, desesperanza y oscuridad; un pozo insondable de hollín al fondo de sus pupilas; una negritud que anunciaba su derrota; una pena y una ausencia que daba miedo; una resolución rebelde a las pastillas, a psicólogos, a psiquiatras y a ingresos hospitalarios.
No hay muchas cosas que recuerde con claridad de aquellas malas semanas: bastantes las olvidé, o hice como que las olvidé para no morirme yo. Pero ésa en particular, la turbidez de su mirada, sus párpados entornados al hablar, su gesto esquivo, severo y de soslayo, hasta en sueños lo recuerdo. Y por la profundidad de sus pupilas supe que, al día siguiente, mi Jesús ya sería libélula invisible.
Por eso, querida Noelia, aunque no aplauda ni aliente tu decisión, te digo que la comprendo. Y como regalo de despedida, además de darte un beso, pongo aquí las palabras que en defensa del suicidio racional escribió el estoico Lucio Séneca en el siglo primero después de Cristo, en tiempos del emperador Claudio. Fíjate bien, Noelia:
«Hay dos opciones cuando uno sufre: someterse a la Naturaleza buscando los remedios o hacer que la Naturaleza se someta a ti: marchar de este mundo por la puerta del suicidio.
La vida es importante, por supuesto. Pero lo importante no es que los años sean muchos, sino que la vida sea plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma.
Una vida larga no es siempre lo mejor. A veces, morir con cien años no es morir tarde, sino tardar en morir. Vivir largo tiempo depende del destino, pero vivir satisfactoriamente depende de tu alma.
El mayor favor que nos ha hecho la ley eterna es darnos una sola entrada en la vida, pero muchas salidas. Y el único motivo para no odiar la vida es que la vida no nos retiene a la fuerza, pues, si eres infeliz, puedes volver al lugar de donde viniste.
Quien viva bien, que siga. Quien viva en la desesperación, que luche. Y quien no quiera luchar, que huya. Yo escojo el barco en el que saldré de viaje, la casa a la que voy a mudarme, y, de igual manera, escojo la forma de abandonar este mundo.
Corto y llano es el sendero que conduce a la libertad, y es fácil renunciar al regalo de la vida y devolvérselo a la Naturaleza. Porque lo peor de la vida no es perder la vida en sí, sino perder el derecho a ponerle fin. Por muy pesada que sea la esclavitud, el camino a la libertad siempre está abierto. El fin de las tribulaciones siempre está a mano.
Por un precipicio se baja a la libertad. En el fondo de un río está la libertad. De las ramas de un árbol pequeño, retorcido y miserable, cuelga la libertad. Una simple lanceta te da la libertad, y no se necesita un corte profundo para obtener el descanso. En cada vena de tu cuerpo, o del mío, está la libertad. Nada detiene a quien de verdad quiere liberarse y abandonar este mundo. Nada. La cárcel de la Naturaleza no tiene muros. A quien está decidido a morir no le falla la inventiva.
Eso que llamamos muerte, ese momento en que el alma abandona el cuerpo, es tan breve que ni se la siente salir. Si un nudo nos parte el cuello, si el agua nos impide respirar, si el suelo que pisamos nos rompe el cráneo en una caída, o si nos entra fuego en lugar de aire en los pulmones, la muerte siempre es rápida.
Alguno dirá que te faltó valor. Otro, que te has ido demasiado aprisa. Un tercero, que conoce un método más digno. Bobadas. Lo que te traes entre manos es un asunto en el que no tienen cabida las habladurías ajenas; aunque, hagas lo que hagas, siempre habrá quien te critique. Incluso conocerás a expertos en filosofía que afirman que no es lícito atentar contra la propia vida, o que el suicidio es un sacrilegio contra los dioses. Según ellos, cada cual debe esperar el fin que la Naturaleza le haya decretado. Pero no se dan cuenta que esa forma de pensar nos impide ser libres. Porque… ¿qué otra cosa peor podemos perder en la vida que el derecho de ponerle fin?
El sabio vivirá cuanto deba, no cuanto pueda. Pensará en la calidad de vida, no en su longitud. Si los problemas lo agobian y alteran su serenidad, buscará sin tardanza su liberación, pues para el sabio no hay diferencia entre darse la muerte o recibirla, y no le importa si la vida es larga o corta, y no la considera una gran pérdida, pues no se pierde gran cosa de un recipiente que gotea».
Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Médico y escritor malagueño.





