¡Buenos días! No me llevo ninguna sorpresa con quienes se autodenominan de izquierdas. Sé muy bien, desde hace años, de qué pie cojea este país. Tiene defectos de fábrica mucho más viejos que la edad que tengo, los arrastra originados en tiempos inmemoriales. España cuenta con más gente de la deseable sujeta al piñón fijo de lo irrazonable. Son los que no saben rendirse ante la evidencia, esa evidencia ante la que yo mismo me he rendido otras veces llegado el caso. A estas alturas de la vida democrática, entiendo superada la división ideológica entre ser de derechas o de izquierdas. Procuro rendir culto no a un partido ni doctrina, ni siquiera a la Iglesia Católica, sino elevar a la máxima categoría mental la dignidad de mi pensamiento, formado durante décadas en la cultura, en la universidad, en el arte supremo de los maestros renacentistas, en los grandes libros, en el análisis de honrados historiadores, en las conversaciones personales mantenidas con aquellos sensatos que usan la cabeza y se protegen de pasiones insostenibles y nada convenientes. Persigo a diario, en esto y en lo otro, usar de mí una presunta inteligencia. No tengo nómina fija y cuantiosa retribuida por la incoherencia. ¡Feliz domingo!





