Por un error médico nací con una discapacidad del 98%. Mis padres, maestros y familiares me han servido de ejemplo para vivir con la mayor autonomía posible, dentro de mis condicionantes de movilidad.
Siendo consciente de que, lógicamente, mis circunstancias físicas llaman la atención de cualquiera que me conoce, siempre he pensado que el humor es un valor fundamental que nos acerca a los seres humanos, un puente de oro que une nuestras almas y que nos hace vernos tal como somos, tengamos o no discapacidad.
En cierta ocasión, una muchacha me trasladaba en silla de ruedas a una reunión de trabajo con personas desconocidas. Al llegar al salón, la chica no advirtió la falta de una loseta. Las ruedas de mi silla tabletearon y caí de bruces, estampándome contra el suelo.
La alarma fue generalizada. Todos se quedaron paralizados por el miedo y sin saber reaccionar.
Se me acercó un hombre con un careto de terror propio de la peor noche de Halloween, que llevaba colgada al pecho una medalla de la Virgen del Rocío …
– «Señora, ¿quiere que llame a una ambulancia?»
– «No señor, gracias. Mejor será que le pida a su Virgen que me quede como estoy, que ya lo que me falta es que de este tortazo salga además tuerta o sorda».
Las carcajadas debieron oírse en Pernambuco. Y entonces me di cuenta de que, como dijo el sabio, lo más inteligente es reírse de uno mismo. Porque la sonrisa, además de romper el hielo en cualquier foro, nos conduce a reconocer nuestra vulnerabilidad y a encontrarnos así con el hondón del corazón humano.
Mi amigo Paco, que fue Parlamentario y que además de ir en silla de ruedas es un cachondo mental, cuando tomó posesión de su cargo de representante público en el Congreso, en un arrebato de arte gitano le susurro en voz baja al entonces Rey: «Perdone Su Majestad si no me levanto». Y a Don Juan Carlos se le veía hasta la última muela, carcajeándose a mandíbula batiente de la gracia que le hizo.
Evidentemente, en estas tretas para empatizar con los otros, mi amigo y yo nos servimos de nuestra condición física. Pero nadie se ríe de nosotros. Nadie se burla de nuestras circunstancias de movilidad reducida. Todo lo contrario: todos se ríen con nosotros, alegre y descaradamente, acompañándonos a la improvisada fiesta. Incluso Su Majestad.
Pienso en estas anécdotas mientras leo la noticia de una polémica absurda, surgida por quienes se afanan en buscarle tres docenas de patas al gato y conflictos donde no los hay.
Me explico: ciertos cargos públicos, azuzados por dirigentes de cierta gran entidad (que se arroga por el morrazo y a golpe de golosas subvenciones la representación de todos los que tenemos discapacidad), han instado a varios Ayuntamientos a suspender los espectáculos de los bomberos toreros. El argumento que malamente esgrimen es que en ellos se utiliza a personas con discapacidad física, concretamente la acondroplasia o falta de desarrollo en sus extremidades, para burla y escarnio por parte del respetable que asiste al foso taurino, en el que tales personas de baja estatura representan un teatro graciosísimo en el que parecen pasarlas canutas ante una vaquilla enloquecida.
Francamente, a muchísimas personas con discapacidad y a mí misma, este razonamiento nos resulta tan ridículo como patético y falsario.
Porque hace falta ser un artista consagrado para salir por patas (por patitas más bien) cuando la astada les persigue, a base de volteretas de saltimbanquis y de piruetas de asombro, así como para invitar al público a reírse con ellos. Que no de ellos.
Y una, que sabe que jamás podrá dar una carrera por mi parálisis cerebral, ha aprendido desde niña a admirar a quienes se chotean abiertamente de su discapacidad haciéndonos partícipes a todos. Como estos compañeros de discapacidad, metidos a toreros, dándoles todo el juego del mundo a sus pequeñas extremidades. Que tiene guasa la cosa.
Por eso, ante más de una caída que llevo en el currículum de conductora de silla de ruedas en el peligrosísimo rallie París-Dakar que es el abrupto acerado de Sevilla, aún soy capaz, en cada piñazo que me meto, de entonar mi oración: «Virgencita que me quede como estoy». Y por eso admiro, desde niña, a las cuadrillas de bomberos toreros, con su acondroplasia y con un par, que tanto hacen disfrutar a pequeños y mayores.
Así que no nos vengan con historias.
Pónganlos como ejemplo de inclusión sociolaboral de las personas con discapacidad. Y hágannos el favor de reírse con ellos, pero no de ellos. Porque su argumento de paripé no deja de ser un burla hacia tan fabulosa cuadrilla de órdago, que cotizan en la Seguridad Social como dignísimos cómicos y artistas, que se lo curran a base de bien.
Alégrense de sus méritos y respeten la libertad de estas personas que, a pesar del condicionamiento vital que supone nacer con acondroplasia, realizan su desarrollo profesional en el ámbito de la tauromaquia, ensanchando el corazón de quienes acuden a verlos, demostrando que quien quiere, puede.
Libertad. LIBERTAD con mayúsculas. Aquello que algunos tanto predican y tan poco permiten a quienes no comulgan con sus ruedas de molino dictatorial.
Que ya afirmó Don Quijote que «La libertad, querido Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que la tierra encierra ni el mar encubre. Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida».






2 Comments
Sra Rocío: No estoy de acuerdo con lo expuesto por usted en su artículo Bomberos Toreros y Libertad.Sí debe existir polémica cuando una parte del colectivo de personas de talla baja se han posicionado en contra de este tipo de espectáculos, y no debería centrarse en una cuestión política ¿O si hay interés? Asimismo no me parece correcto que usted deje caer, tan de forma abierta, que las entidades de discapacidad trabajan por «golosas subvenciones», cuando en realidad, están trabajando por conseguir integrar a sus colectivos en una sociedad abierta, plural e inclusiva. Y, por favor, no usemos la palabra Libertad tan alegremente.
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