De acuerdo con lo que se lee hoy en muchas biografías propagandísticas de su persona, parece como si Blas Infante se hubiera tenido que marchar de Cantillana a Isla Cristina en 1923 huyendo del peligro que corría de parte del Dictador recién autoproclamado. El mismo Prócer andaluz dio pie a esta fraudulenta versión, cuando, mucho más tarde, habló de su estancia isleña como de una época de “encerramiento”, de una “arbitraria prisión”, de “ensimismamiento”, de “aislamiento forzoso” y de un “arbitrio dictatorial”.
Pero la realidad es que el traslado de Infante desde su domicilio sevillano a la localidad onubense (previo paso por Madrid) fue una decisión voluntaria suya, que tomó meses antes del incruento golpe de Estado de Don Miguel y nada tuvo que ver con el andalucismo. La prueba es que tomó posesión de su destino isleño en julio de 1923, dos meses antes del pronunciamiento de Primo, cuando nada hacía presagiar que el Capitán General de Cataluña iba a tomar cartas en el asunto de la gobernación del Estado. Lo que muchos vieron como una espantada de Infante se debió a la aguda crisis matrimonial que padeció entonces nuestro autor, crisis que, probablemente, se debía a que su mujer, Angustias, estaba muy disgustada con su ajetreada vida política, al servicio de unas ideas que no compartía. Tampoco tenemos claro qué fue lo que le movió a marcharse concretamente a Isla Cristina, salvo que era un destino disponible. Claramente fueron tiempos revueltos en su vida privada y a nosotros nos falta información al respecto. Aunque también es justo decir que aquel nuevo destino supuso su definitiva reconciliación conyugal.
En 1921, dos años antes de aquel repentino traslado, Infante había publicado una obra fundamental para conocer su pensamiento, La Dictadura pedagógica. En dicho ensayo, se mostraba contrario al régimen liberal y parlamentario, y reivindicaba expresamente una “dictadura”, seguramente en la estela autoritaria que había reclamado Joaquín Costa. Pero, a diferencia del ideario del militar jerezano, Infante se confiesa en este ensayo “comunista”, “amigo de todas las revoluciones”, enemigo de la “dictadura de la burguesía”, en la que supuestamente vivía. Hemos de matizar también que, en dicha obra, el notario marca también una clara distancia con la experiencia leninista, todavía enfrascada en plena guerra civil rusa. La “dictadura” que él preconizaba iba por el comunismo libertario, no por el marxista.
Por otra parte, también está muy extendida la falsa idea de que, nada más llegar al poder, Primo de Rivera clausuró los Centros andaluces, que había creado Don Blas a partir de 1915. Por el contrario, tenemos constancia de que muchos de esos locales tuvieron actividad durante algún tiempo bajo la Dictadura. El investigador Jesús Vergara señala que dichos centros se fueron cerrando poco a poco por agotamiento interno: fuga de algunos prohombres –entre ellos el propio Infante, que se fue casi sin despedirse–, pérdida de publicidad de las revistas, desengaños y tiranteces internas, clima político diferente…
Pero, como suele ser habitual, Infante no reconoce ninguna responsabilidad en este decaimiento de la actividad nacionalista que se produjo entonces. Al contrario, echa la culpa del desmantelamiento del andalucismo institucional al propio Dictador:
“La Dictadura, pese al sigiloso proceder que observábamos (…) nos destrozó nuestras Sociedades, deportó a los adheridos cordobeses, y clausuró las escuelas”.
Nada de eso hizo Don Miguel, el cual, como es sabido, reservó su celo represivo contra la CNT, e incluso en ese ámbito no fue especialmente agresivo, salvo en la persecución al terrorismo. Recordamos que Primo se alzó con el poder en septiembre de 1923 contando con el apoyo de amplísimos sectores sociales, entre otros, el de la burguesía catalana, alarmada por el clima violento extendido por todo el país. Sabemos bien que tanto el PSOE como la UGT colaboraron de buen grado con el nuevo estado de cosas instaurado, al principio, de forma provisional. Lo más curioso es que el mismo Blas Infante vio en este militar, al menos en un primer momento, la encarnación del espíritu regenerador anunciado por su admirado Joaquín Costa y así lo confiesa:
“Primo de Rivera fue acogido con entusiasmo general, porque el pueblo creyó que este hombre simbolizaba el advenimiento de la Profecía de Costa (es decir, el “cirujano de hierro”).
Por lo demás, el inventor del andalucismo no solo no padeció la menor represalia o sanción en aquellos años dictatoriales, sino que incluso el mismo Dictador le ofreció formalmente un cargo político a través del General Francisco Pogo, enigmático personaje del que no sabemos mucho. Infante lo rechazó de forma digna, pero tajante, en una larga carta dirigida a Don Miguel en la cual se permite dar múltiples sugerencias sobre el modo en que se debía ejercer una “dictadura” según su criterio, concepto que, como ya hemos visto, no era ajeno a su pensamiento político. Lo que nos parece más significativo es que en ningún caso se cerrase a colaborar discretamente con el Directorio, al menos en un primer momento:
“Para trabajar discretamente estoy a sus órdenes. Estudiar, proporcionar antecedentes que tenga, incluso redactar proyectos, pero sin salir de mi oscuridad”.
Comprobamos de forma fehaciente como la sinceridad y la autocrítica no formaban parte de las virtudes de Infante, quien más adelante trató de pasar por ser una víctima de Don Miguel. ¡Cuánto nos recuerda esta actitud a la de tantos antifranquistas retrospectivos que hemos conocido y que prosperaron en vida del “Caudillo”, aunque después se quejaran de que lo mal que lo habían pasado por culpa de la “dictadura”!
Evidentemente, no tenemos dudas de que el criterio de Infante a la hora de plantear un régimen nuevo, que fuera una alternativa “dictatorial” a la democracia representativa, era bastante diferente del que propuso el militar africanista, aunque ambos coincidían en reprobar casi por igual tanto el sistema parlamentario como el guirigay de los políticos de siempre. De hecho, formaba parte de los objetivos primorriveristas liberar al país “de los profesionales de la política”.
La diferencia entre uno y otro radicaba en que la dictadura que preconizaba Don Blas era programáticamente “pedagógica”, en el sentido de que se basaba en lo que Gustavo Bueno definiría como “el mito de la cultura”. Infante, como buen representante de la izquierda más tópica, tiene una confianza infinita en los efectos beneficiosos que tiene la difusión de la cultura, lo cual sería verdad si no llamaran “cultura” a cualquier cosa.
En realidad, difícilmente hubieran congeniado Don Blas y Don Miguel si se hubieran tratado a fondo. Lo que en aquel era palabrería abstracta, entelequias historicistas y torrente de ideas desordenadas y ajenas a toda evidencia, en este era realismo, intuición y sentido práctico. Pemán definió acertadamente a Primo como “locura patriótica y ausencia de libros”, para indicar su ingenuidad y su cazurro sentido común. Don Blas sería más bien todo lo contrario: “empacho de lecturas indigestas” y un patriotismo no menos demencial, pero fragmentario y resentido contra España. Sabemos positivamente que el General despreciaba a los intelectuales como Unamuno o Valle-Inclán, mucho más famosos y sólidos que Infante en cuanto a sus “doctrinas”. Seguramente, a fortiori, a este último personaje lo tendría como un iluminado excéntrico al que no había que echar demasiada cuenta. Infante, en cambio, acabó definiendo a Primo como un “pobre hombre”, un “viva la Virgen”, un militar chusquero representante de los viejos valores que él odiaba. Como señala el también investigador José Ruiz:
“Don Miguel ponía mayor interés en los creadores de ciencia, de puestos de trabajo y riqueza, que en los creadores de opinión y subversión. Si el ideólogo era un Unamuno, pertinaz como el viento de Tarifa, lo enviaba a un destierro reparador; a Don Blas ni lo tomó en consideración. Éste se trasladó a Isla Cristina y nadie lo molestó”.
Con estas palabras alude Ruiz a la fijación (para nosotros, muy sabia) que tenía Primo de Rivera por los ingenieros, por los científicos y tecnócratas de los que se sirvió en los fecundos seis años de su mandato. Desgraciadamente, los que prevalecieron a la larga en la Historia de España fueron “los creadores de opinión y subversión”, de los cuales nuestro Prohombre es un ejemplo paradigmático.
Se trata en definitiva de dos andaluces, que tuvieron algunas coincidencias (su rechazo de la democracia parlamentaria), pero que estaban en las antípodas en cuestiones mucho más importantes. A uno la “democracia” lo ha canonizado como profeta y mártir incomprendido y al otro lo ha condenado como un fantoche decimonónico. Juzgue el lector la equidad que contienen semejantes juicios.





