Artículo anterior: Blas Infante y Andalucía
Existen en la historia de España palabras infamantes que parecen desacreditar de antemano –y sin necesidad de más explicaciones– determinados proyectos políticos, incluyendo algunos que se prolongaron muchas décadas y en los que se implicó mucha gente de buena voluntad. Una de estas palabras “sambenito” que cae como un absoluto estigma descalificador sobre el que lo recibe es el concepto de “cacique” y de “caciquismo”. Con estos términos se denigra desde su misma raíz todo el proyecto de convivencia nacional que trajo la Restauración y los afanes modernizadores de una España que traía muchas secuelas negativas del nefasto siglo XIX que padecimos.
En la versión más vulgar y extendida hoy entre los progresistas, el régimen que se extiende bajo los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII fue una caricatura esperpéntica de la democracia, un sistema engañoso entregado al clientelismo más obsceno y a la corrupción electoral de marca. Todo ello por culpa del “caciquismo” y de los malvados “caciques”. Nada que no se pudiera remediar con una República rompedora y con la expulsión de los Borbones, que sería una fórmula mágica para traer la verdadera democracia a España, como por ensalmo.
Luego, cuando uno estudia el asunto objetivamente, descubre que los orígenes del caciquismo hay que buscarlo mucho antes de 1875, cuando empieza a haber elecciones en España, aunque fuera con sufragio censitario; y que el caciquismo nunca cesó ni durante el Sexenio Revolucionario, ni durante la II República, ni en el franquismo (eso no extraña tanto) ni siquiera bajo el régimen del 78. Porque es la misma sociedad española, con todas sus deficiencias, la que provoca que existan jefecillos locales encargados de “gestionar” y redirigir el poder electoral. Precisamente en eso consiste el “caciquismo”.
Al seguir estudiando, descubre uno también que no se trata de un fenómeno exclusivo de España, que había caciques en el Reino Unido, y en Suecia, y en Estados Unidos… En todos los países en los que hay elecciones, desigualdad social, cierta incultura entre las masas y partidos con ansias de protagonismo que se dedican a repartir determinadas prebendas es prácticamente inevitable que haya algún tipo de “caciquismo”. En esas condiciones, comprobamos cómo el régimen de la Restauración fue tal vez uno de los sistemas que hubo en España más conscientes de que este fenómeno degradaba las instituciones y fue uno de los que con más sentido luchó contra él. Pero hoy en día es también el único régimen al que se descalifica con esta marca infamante, despreciando o considerando un crimen el haber introducido prematuramente el sufragio universal.
Blas Infante estaba obsesionado con el caciquismo, al que consideraba la raíz de los innumerables problemas de la sociedad española. No era demasiado original en este diagnóstico, porque si hay algo en lo que estaban de acuerdo sus contemporáneos era en la necesidad de combatirlo. Infante seguía en este sentido la receta básica de Joaquín Costa, quien con su libro Oligarquía y caciquismo (1901) venía a inaugurar la receta regeneracionista por excelencia, ferozmente anticaciquil. Pero no solo los secuaces de Costa luchaban contra esta lacra; estamos hablando de un espantajo al que, en aquella época, los más leídos de entre los españoles sacudían de forma dialéctica y de manera unánime. La derecha y la izquierda, los conservadores y los liberales, los monárquicos y los republicanos, los anarquistas y los carlistas, los socialistas y hasta los falangistas (ya en los años treinta) rivalizaban en atribuir culpas sin fin sobre los caciques, sin que nadie diera en la tecla de cómo acabar civilizadamente con su influjo. De hecho, en la historia de España hemos conocido caciques conservadores y liberales; luego los conocimos republicanos y nacionalistas, y por fin hemos tenido caciques socialistas y hasta de la extrema izquierda comunista, aquí, en la misma provincia de Sevilla. Todos han despotricado contra el caciquismo, sobre todo cuando ha beneficiado a los adversarios.
Ahora bien, volviendo a los tiempos de Infante, podríamos preguntarnos quiénes eran aquellos caciques de hace un siglo que esterilizaban el progreso y vampirizaban la sociedad española provocando una indignación tan generalizada. Por “caciques” hemos de entender ciertas élites económicamente adineradas, con inquietudes políticas, que militaban en los partidos de entonces y trataban de canalizar el interés público por la vía electoral. La pregunta que nos hacemos es: ¿merecían esas élites ese desprecio tan unánime y tan agresivo que recibían entonces de los principales sectores intelectuales de la sociedad española? Blas Infante, sin ir más lejos, propuso esta brutal manera de combatirlos:
“No temblaría nuestro pulso. Conscientes de lo que significa la Dictadura pedagógica, nos complaceríamos en firmar, para defender la Vida, muchas sentencias de muerte… Ejecuciones cuidadosamente escogidas y bestias humanas llevadas al patíbulo”.
“Soy partidario de ruda crueldad contra los caciques que impidan la purificación”.
“Solo cuando el cacique se ponga enfrente de esta generosa labor, valiéndose de sus artes propias de arbitrariedades cínicas, deberá ser atacado; pero en este caso ha de serlo con violencia implacable, con ira inmensa y desprecio profundo, como si todo el virus de la degeneración andaluza estuviese acumulado en su repugnante cabeza”.
Vemos cómo su receta contra el caciquismo es la “dictadura” y la “mano de hierro”. Sin embargo, toda sociedad necesita una “aristocracia” moral e intelectual, unas minorías activas que cumplan con su papel director y dinamizador de la sociedad. Por ley natural, los más pudientes socialmente y los que gozan de mejores oportunidades deberían ser también los más preparados para haber “tirado del carro” del progreso de la sociedad, frente a otros muchos sectores que no tenían más que la fuerza de su trabajo. Y, en este sentido, muchos historiadores actuales subrayan la escasa capacidad innovadora o de liderazgo que tenían las burguesías españolas de principios de siglo, entregadas muchas veces a una vida de señoritos jaraneros o de holgazanes diletantes. Pero, evidentemente, no se puede generalizar ni tratar por igual a todos los que tenían un determinado nivel socioeconómico. Nos llevaría muy lejos poner ejemplos de semejante obviedad.
Pues bien, en relación con el caciquismo le criticamos a Don Blas tres puntos muy concretos. Primero, que no distinguiera entre diversos tipos de “caciques”, hablando de ellos en términos estereotipados y maniqueos casi como unos monstruos de maldad, sobre todo en la medida en que no participaban de la ideología progresista y republicana que a él le parecía tan evidente y tan “maravillosa”. Segundo, que predicara contra ellos no ya un odio visceral, sino incluso, como hemos visto, la violencia directa, deseando aplicar “muchas sentencias de muerte” y una represión “despiadada”, al modo salvaje y revolucionario en que se estaba haciendo ya en la Rusia soviética, con el resultado esperable. Porque sí, amigo lector; Blas Infante no era ese dechado de civismo e idealismo que nos venden desde la Junta de Andalucía; sino un escritor extremista y disparatado que defendía el uso de la violencia casi al modo terrorista contra sus enemigos políticos. Tercero, que ni por un momento Infante tuviera la honradez de mirarse al espejo para comprobar cómo él mismo era miembro de una familia de caciques, cómo se casó con una chica proveniente del más alto cacicato andaluz, cómo vivía como un gran señor ejerciendo una profesión tan burguesa y tan poco productiva como es el notariado –consagrada, para colmo, a la defensa de la propiedad privada, siendo él “comunista”– y que se presentó varias veces a las elecciones como hubiera hecho cualquier cacique de libro a los que tanto odiaba.
Tales contradicciones nunca perturbaron su modo de vida y su autosatisfecha ideología. Blas Infante era, más que otra cosa, un hombre lleno de prejuicios, muy poco crítico con las ideologías que abrazó en su juventud. Sencillamente pensó que ser de izquierdas le daba la superioridad moral necesaria para ser rico, presentarse a las elecciones, vivir en un casoplón y pretender actuar en política, aunque no tuviera éxito. Y aunque fuera manejando determinados conceptos políticos tan disparados como veremos en otros artículos.






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Magnífico artículo, a la par entretenido y pedagógico.