Parece cosa obvia que Blas Infante sentía un amor desmedido por Andalucía, un apego patriótico y noble a su tierra que le llevaba a atribuirle el protagonismo absoluto de su historia. Su máximo anhelo era Andalucía, por sí misma, sin otras instancias mediadoras, afirmada como la principal dueña de su destino.
Sin embargo, cuando uno analiza los aspectos que a Infante le atraían de Andalucía descubre que encontraba en ella muchas más deficiencias que aspectos positivos. En efecto, no es Infante un gran observador de paisajes ni de geografías, en contra de otros “patriotas” de su tiempo, que dedicaban largas parrafadas a buscar el alma de la patria en los campos o en los horizontes de su tierra. Tampoco ve con buenos ojos el patrimonio cultural y las creencias de sus paisanos: Infante desprecia la religión de los andaluces, el arte de los andaluces, sus cofradías, las ceremonias cívicas, los toros, los festejos populares, las romerías, la gastronomía, la caza, el urbanismo basado en el castillo cristiano, el templo y el convento… No digo nada de las catedrales ni del arte sacro. Ni siquiera se interesa por los intelectuales que han vivido en nuestra tierra en los últimos siglos ni pone atención a los episodios más notables de la historia andaluza: ni la época del Puerto de Indias, ni la Guerra de la Independencia, ni las Cortes de Cádiz… Ni el Siglo de Oro, ni Velázquez, ni Góngora, ni Martínez Montañés, ni Nebrija, ni Bécquer, ni los novelistas del realismo, ni los poetas del 27, contemporáneos suyos, le merecen la menor atención, al menos en cuanto glorias de Andalucía. Infante desprecia el románico, el gótico, el barroco, el neoclásico, el romanticismo, el costumbrismo y las vanguardias: ya me dirán si este hombre podía disfrutar con el patrimonio de nuestra tierra.
Es verdad que fue él de los primeros que vio el flamenco con un interés dignificador, como una muestra singular de la cultura popular, ya que antes de su época el flamenco se tenía por una muestra detestable de la chabacanería hispánica. Pero Infante formuló al respecto unas teorías, hoy muy desacreditadas, que presentan este arte como una especie de “canción protesta andalusí”, una válvula de escape un tanto vergonzante con la que se desahogaba la opresión que el Estado Español ejercía sobre los moriscos andaluces. Pero da la casualidad de que tales ideas son bastante disparatadas. El flamenco real, nacido simultáneamente en garitos, tabernas y locales de mala reputación en muchas partes de Andalucía solo a partir del XIX, también tuvo cuna en Madrid, en Barcelona, en Salamanca o en Murcia, lo cual desmiente tanto su obsesión nacionalista como la vinculación del género con el mundo morisco, diluido mucho antes de su aparición.
Digámoslo claramente: a Infante no le gusta nada la Andalucía que él veía a diario. De hecho, él odia la Giralda, el Rocío, la Feria, la cultura ecuestre, la Semana Santa, el vino y el jamón. Para el de Casares, solo es verdaderamente patrimonio andaluz la Mezquita, la Alhambra y poco más, entendiendo, además, que esos monumentos están “profanados” por lo que los cristianos habían perpetrado en sus alrededores, es decir, por esas huellas cristianas, clásicas o barrocas, que rodean tales manifestaciones. Entiende su patria como una tierra enferma, mancillada, herida por la historia desde hace siglos. Considera que hasta el habla de los andaluces es una imposición intolerable que habría que retrotraer a sus remotos orígenes, aunque no queda claro si en beneficio del árabe o del tartesio.
Para él, no hay una esencia propiamente andaluza en las muestras culturales que nos dejaron nuestros padres y por las que la mayoría sentimos orgullo y respeto. El núcleo esencial de lo andaluz él lo busca más bien en una “sangre pura” que tendrían algunos de nuestros compatriotas –los jornaleros y la gente rural humilde– procedente de los habitantes autóctonos de esta tierra, sangre que no había logrado ser bastardeada por las mezclas de otros genes invasores. En este sentido, Infante tiene algo de “racista”, porque cree en un pueblo autóctono de raza pura que ya era “andaluz” en tiempos de Argantonio, sojuzgado por alguno de los muchos invasores que tuvimos. Pero es verdad que, afortunadamente, no es coherente en su planteamiento, puesto que no pone pegas a ciertos mestizajes, al menos al modo brutal en que lo hacía Sabino Arana o algunos catalanistas. Según él, tal mestizaje fue bueno cuando nos colonizaron gentes como los griegos, los romanos y, sobre todo, los árabes. Pero fue horroroso cuando nos invadieron los cartagineses, los vándalos, los visigodos y, sobre todo, los castellanos. Los primeros eran todos maravillosos y los segundos unos petardos casi genocidas.
Con independencia de este gratuito y maniqueo reparto de “roles”, Infante considera que existe en la actualidad una especie de “guerra civil larvada” entre los auténticos andaluces –los hijos de la tierra que aún viven en las zonas rurales, la mayoría de ellos unos pobrecitos, aunque hoy cobren el PER– y los descendientes de las mesnadas de castellanos que vinieron con la Reconquista, básicamente unos abusones imperialistas, convertidos en “señoritos” tarambanas.
Podríamos ver aquí incluso una pequeña incongruencia personal, ya que cabe preguntar: de dónde procedía la sangre de un señor burgués que se apellidaba “Infante” (“Ynfante”, como escribía él a menudo) y “Pérez de Vargas”: todo un excelso notario de excelente familia. ¡Qué cosa más hispánica la del ferviente hispanófobo que reniega del pasado español de sus ancestros para aferrarse al indigenismo! Aunque uno se llame Manuel Odrías o Andrés Manuel López Obrador y tenga uno ADN de rancio abolengo. En cualquier caso, se comprueba cómo, en su ideología, la (absurda) cuestión racial sería secundaria, ya que lo esencial sería el convencimiento voluntarista de militar en la causa nacionalista, como sostenía él mismo, con independencia del origen de cada cual.
Su patriotismo andaluz, por tanto, es una virtud doliente y lastimera que no siente un especial orgullo por sus paisanos, sino más bien una lástima infinita por ellos, unos deseos irrefrenables de “redimirlos” aun en contra de lo que ellos sienten, un afán por rectificar su historia errada desde hace siglos, por darle la vuelta como un calcetín, como consecuencia de una militancia que él propone desde la política. Pero la pregunta sería: su Andalucía soñada, ¿se corresponde verdaderamente con este territorio real que conocemos y amamos, o es una utopía ideológica derivada de sus prejuicios, a la que él le puso dicho nombre?
No obstante, nos interesa resaltar sobre todo un detalle que nos resulta especialmente infundado y que contiene, a nuestro juicio, grandes dosis de maldad. Y es la tirria a Castilla que Infante predica junto a esa devoción andaluza, en la estela de sus maestros separatistas vascos y catalanes. Con independencia de lo estúpido, gratuito y desacertado de esa absurda siembra de odio, a nosotros no se nos olvida lo que nos dice la historia real: que el castellano es, en todo caso, hermano del andaluz incluso en un sentido fundacional. Porque el lenguaje, el arte, la personalidad, los genes, la cultura y la identidad de Andalucía son inseparables de Castilla, hasta el punto de que bien podemos sentir nuestra tierra, con toda su variedad, como una auténtica Castilla la Novísima: la proyección natural de los movimientos demográficos en la Península, siempre en marcha hacia el sur antes de cruzar el charco.
Comprobamos, en definitiva, como la hispanofobia aparece siempre debajo del discurso nacionalista, aunque se pretenda camuflar bajo el disfraz del amor a lo propio. Un disfraz, por cierto, que no oculta una realidad evidente: el poco aprecio que ese excéntrico “Padre de la Patria” que nos han endosado le tenía a la Andalucía real.






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Muy ilustrativo artículo.