Entrar en el centro de Sevilla por las calles del Arenal te echa el alma a los pies. Minutos antes de las 18:00 horas, las diferencias entre los días del confinamiento y estos de las nuevas medidas de la Junta de Andalucía son mínimas, las provocadas por algún transeúnte que vuelve presuroso -aunque aún falta mucho para el toque de queda- de hacer unas últimas compras. Las calles Gamazo, Joaquín Guichot y aledañas, habituales hervideros de público a esta hora, son un páramo que deja de provocar inquietud sólo porque todavía hay luz del día. Aunque aún dispondrían de tiempo, todos los bares están ya cerrados.

Al llegar a la Plaza Nueva, la cosa cambia. Los niños no entienden de restricciones ni de bares ni de comercios y, abarrotando la plaza, juegan y hacen el cafre ajenos a lo que ocurre más allá de su círculo de amiguillos.
Ya han dado la seis y en Sierpes se unen el ruido de sillas del Laredo con la actividad de la tienda Primor, que establece pasillos para facilitar el acceso a la zona de alimentación infantil (horario normal) e impedirlo a todo lo demás. El resto de comercios está bajando la persiana o dando los últimos toques de limpieza antes de hacerlo, mientras que de las pocas personas que pasean, sólo varios periodistas -cámara de tv, de fotos o móvil en ristre– lo hacen con alguna intención. General Polavieja y Almirante Bonifaz, tan desiertas como Joaquín Guichot.

En la Alameda de Hércules ya hace tiempo que dieron las seis y a fe que se nota. Se ha perdido el bullicio de los baretos de aluvión de la acera izquierda y de los muy cool de la derecha. Apenas hay paseantes y sólo no están de paso los niños de otro grupo que juegan delante de la fachada del cerrado Café Central.
Dos perroflautas dan cuenta de una litrona ocupando uno de los bancos del horrible paseo amarillo, seguramente despachada por el chino de Amor de Dios, que avisa de que no puede vender artículos de bazar.

El nuevo horario del toque de queda ha alterado incluso la vida de las cofradías, como cuentan miembros de la Hermandad de Santa Marta que hacen corrillo en la puerta ajardinada de San Andrés, informando de que han tenido que adelantar los cultos para poder cumplir con el toque de queda.

De regreso, Tetuán ofrece impresión de una de la madrugada y no se queda atrás la Plaza Nueva, ahora vacía y en silencio. No son ni las ocho, faltan más de dos horas para el toque de queda y el centro de la ciudad, cerrado, huele a confinamiento.

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