La renovada presidenta de la Comunidad de Madrid es ya más que una política. Es como una enseña nacional que ha adquirido un enorme valor de símbolo. No digo que como la bandera, pero desde luego ha hecho ondear al viento todas las libertades secuestradas en el zulo oscuro y mugriento del socialcomunismo; además, por supuesto, de combatir la pandemia como no ha sabido hacerlo ningún otro político a la hora de conciliar sanidad con economía.
Casado, que tiene la mala costumbre de decir en cada momento lo contrario de lo que piensa todo el mundo, se ha puesto a declarar como un papagallo y desde la noche de la dulce victoria que ha ganado el PP. Lo repite y lo repite como si fuera el camión del tapicero cuando llega a una localidad costera (adiós descanso en la playa). Pero quien ha ganado ha sido Ayuso, a quien los más sensatos de su partido reconocen como una “respiración” tras el descalabro catalán. Casado se afana por disimular que hay ya varios PP y que uno de ellos es el de Ayuso, con denominación de origen en la inteligencia y capacidad de liderazgo que no tiene él. Hay tantos PP que la derecha troceada de la que habla Aznar se ha convertido en carne picada. Va listo si confía en convencer de que Ayuso es homologable por ejemplo con el presidente andaluz, más papista que el Papa y más sanchista que Sánchez (bien lo saben los hosteleros y comerciantes que lo están esperando -eso le han advertido- en las próximas elecciones).
Ayuso es una heroína nacional cuya gesta va ya por una portada en el Financial Time, citada como todo un ejemplo a seguir por la Europa conservadora, y lleva camino -como dice Eduardo Inda- de ser estudiada en Ciencias Políticas. Lo de Ayuso llega a pasar en Aragón en vez de en Madrid, y a a estas horas lleva ya el sobrenombre de la “nueva Agustina”. Quizás no recuerde en las últimas décadas de la vida española un hito de salvación nacional y tamaña victoria de otra mujer como no sea el de Massiel en Eurovisión. Salvando las distancias de todo tipo, aquello fue más que música, alcanzó la categoría de patriotismo, pues las derrotas anteriores a Massiel habían llegado a tomarse como una afrenta a España. Pero Massiel rompió al menos para ella el aislamiento internacional del franquismo. Se contó entonces que Rosón estuvo detrás del telón y entre los bastidores de aquella lejana noche de 1968 en Londres, y que manejó los hilos necesarios para que se obtuviera la foto triunfal del Dúo Dinámico y Cliff Richard levantando a Massiel como un trofeo, como ahora levanta Nadal sus copas desde las canchas más privilegiadas del tenis. Llamaron a Massiel “la tanqueta de Leganitos”, por su fuerza, su coraje, su energía, su empuje. Todo eso que han sido las armas poderosas de Isabel Díaz Ayuso, la que ha parado al comunismo venezolano y ha mandado a su casa a Pablo Iglesias, ese envenenado iluso que fue a probar su última suerte en echar la primitiva electoral de la que no le ha tocado ni el reintegro.
Hubiera estado bien desde el balcón de Génova la nueva foto de Manolo y Ramón alzando a la niña Isabel, sin traje blanco en minifalda de Pertegaz, pero vestida de rojo apasionado de España. A fin de cuentas y como decía el “La, la, la” en su letra, “todo en la vida es como una canción…”.





