Hay cosas que no merecen un artículo, sino un desahogo o un ajuste de cuentas. Y eso es lo que se disponen a leer…, aviso.
El presunto funeral de homenaje a las víctimas del coronavirus ha sido un despropósito completo, un insulto, un escupitajo al suelo (y otro al cielo, donde se supone que están las almas de los fallecidos a los que abandonaron a su desgracia), una chapuza sin reparos, un drama, una puñetera vergüenza nacional.
Era previsible que sucedería de este modo desde el mismo momento de su convocatoria, haciéndolo coincidir con la festividad del Día del Carmen, patrona de la Armada Española y de los marineros, y mediante una invitación en la que el descarado ególatra se erigía a sí mismo un tarjetón a mayor gloria de su bragueta de papichulo zumbón.
El acto, presidido por S.M. el Rey, acompañado de la Reina Letizia, de la Princesa de Asturias y de la Infanta Sofía, contó con la asistencia de la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, enseñando las cachas por la raja de su falda como en la canción de Estopa; con la presidenta del Senado, Pilar Llop, vestida de princesa de Aladdin para asistir a la boda de una prima en Alcorcón; con el vicepresidente segundo, Pablo Bousselham (o como se llame), sin corbata y con una camisa en cuyo cuello cabían dos pescuezos y con los puños de las mangas de Forrest Gump (mención aparte la chaqueta, con hombreras de Locomía, que parecía comprada en unos almacenes de primera comunión); además, entre otros, del verdugo de Burundi, Fernando Simón, que en tan animado festival de insensateces no tuvo mejor idea que lucir una irreverente mascarilla estampada de tiburones sacados de un cómic lo mismo que pudo haberse puesto unas bragas rojas de satén de su señora madre o la copa de un sostén con los morritos de Marilyn Monroe… ¿qué más da?
Justo antes de la ceremonia, el presidente de este cachondeo de desgobierno faltón, como en ocasiones anteriores, volvió a colocarse pegado a cola de la comitiva protocolaria del Jefe del Estado para saludar a los allegados de las víctimas asistentes al acto, cual si fuese un miembro más de la Familia Real. Ni sabe dónde pisa, ni sabe dónde está.
Por fortuna, Begoña sigue sin aparecer por ninguna parte desde que la vimos pegando saltitos al lado de aquella señora con la gorra de cuadros en el 8-M, donde ambas estupidizaron su borrachera solitaria antes de volver a casa contagiadas del virus chino hasta el cintillo del sujetador.
La disposición de los asientos en círculo alrededor de una hoguera sin significado, en el patio de Armas del Palacio Real, hacía pensar más en una reunión de druidas galos, con el muérdago en las cejas de Simón ejerciendo de Panoramix, o en una vesania satánica de la francmasonería a punto de arrojar a un recién nacido al fuego purificador.
Debieron haber pintado el suelo de morado y haber inscrito en una pirámide en el centro el número 666 antes de celebrar una ouija que convocase al mismísimo Belcebú. Ni reunidos en Stonehenge Marina Abramovich y John Podestá, los implicados en la red de ritos pederásticos alrededor de los Clinton, habrían concebido algo tan absurdo, tan alejado de nuestras liturgias propias y tan demencial.
Pero no se quejen demasiado, porque con lo que este gobierno de tropel ahorró durante la pandemia no comprando los PCR necesarios, ni los EPIs, ni las mascarillas, ni los respiradores, lo que permitió un pogromo de 50.000 muertes inexplicadas y aún sin contar, la misma noche del evento veraniego ofreció una cena de varias estrellas Michelín a los invitados internacionales, los cuales vinieron porque les pagaron la ‘convidá’ para pintar la mona en un acto completamente impropio y absurdo que arruina la ya ni escasa, nula credibilidad de este gobierno.
Sólo cabe desear que ninguna de esas eminencias que forman parte de ese consejo de ministros infame, inoperante, ignominioso y embustero tuviese la ocurrencia de convocar a sus invitados a la cena vestidos de blanco, como en una noche ibicenca, o, aún peor, vestidos de rojo para cantar la Internacional.
A Sánchez y a su hueste sólo cabía exigirles que insinuasen al menos, como hizo Macron hace muchas semanas, una mínima disculpa por lo que planificaron mal y por las dejaciones a lo largo de seis meses que han costado la vida y tanto dolor a tanta gente, además de una ruina a todos los españoles. Pero lejos de ello, la soberbia de ese narcisista patológico nos conduce a todos al ostracismo de una Europa que ya le ha dejado claro que nos lleva al precipicio y encima por el camino equivocado.
Ayer hemos cruzado la puerta del infierno con una especie de rito a lo «Eyes wide shut» y el espíritu lisérgico del mago de la Aurora Dorada Aleister Crowley pareció sobrevolar el ridículo ceremonial de Snchz vestido de Sgt. Pepper.
Ya sólo nos queda rezar antes del piñazo que nos vamos a meter contra la realidad.
Apriétense los cinturones y aterriza como puedas, maldito Satanás.
He dicho.






2 Comments
Este artículo no tiene desperdicio pero estoy perdido. ¿Cómo se dice en las encuestas que el pueblo español respalda y avala la gestión del Gobierno?
Eso es un gran enigma…, a no ser que Tezanos sea un druida que interviene en el futuro con sus profecías autocumplidas. Gracias por leer. Saludos