Si no llegó tampoco a la tradición española no es porque no se intentara. Un republicano alpujarreño granadino, Antonio Pérez Funes – dice la Fundación Pablo Iglesias que fue fusilado en 1936 pero lo cierto es que murió en su cama en 1969 como puede comprobarse sin esfuerzo alguno, a menos que la Fundación haya biografiado a un doble rebelde y borgiano o hay sufrido un error de bulto-, le dio cierta credibilidad a lo que se aseguraba que era una leyenda.
Según ella, los Reyes Magos no habían sido los tres ya conocidos por todos sino cuatro. Pero el último, el rey Artabán, nunca llegó al portal de Belén porque se entretuvo por el camino atendiendo a los afligidos que se encontraba por el camino y aliviando sus sufrimientos. Llegó tan tarde a Tierra Santa que encontró a Cristo cuando moría en la Cruz.
Pérez Funes, padre de la magistrada del Tribunal Constitucional a instancias del PSOE, Elisa Pérez Navas, cuya trayectoria es bien conocida por su partidismo, había sido azañista y abogado de la UGT durante la II República. En su juventud conoció a Federico García Lorca, a Luis Rosales y a Antonio Morón, entre otros, y posteriormente marchó a Madrid, donde trabajó como pasante, escribió en El Sol, en El Defensor de Granada y El Socialista.
En la presentación de su obrita, inserta por el Ateneo de Sevilla en su libro El Ateneo de Sevilla y su Cabalgata de Reyes Magos II, Carlos Muñiz, cuenta que, tras la guerra civil, fue encarcelado en Burgos hasta 1943, año en que fue indultado, aunque dice se le represalió impidiéndole el ejercicio de la abogacía. No parece menos cierto lo que se dice a continuación en el mismo libro: “Tras su regreso a Granada, fue secretario en los Ayuntamientos de Pórtugos y Santa Fe, donde una calle lleva su nombre.”
Pérez Funes, que conservó su inclinación por la literatura a lo largo de su vida, escribió, además de otras obras dramáticas y poéticas, esta pieza teatral que llamó Artabán, Poema de siglos. Según su admirador, el profesor Manuel Peinado Lorca, su poema escenificado, al que puso música el compositor granadino José Faus, era un cuento sobre Artabán, el Cuarto Rey Mago.
Aunque explica que el poema está inspirado en una vetusta leyenda rusa de autor desconocido (posteriormente reescrita por un presbiteriano estadounidense del XIX del que hablaremos), Pérez Funes hace decir a su narrador al principio de su obra: “Un autor anónimo de leyendas germánicas, un alma joven, injerta de la más profunda religiosidad cristiano-gótica, se lanzó, a caballo sobre su fantasía… hacia Oriente, hacia el paisaje luminoso que había sido, en otro tiempo, el escenario de su fe. Apenas llegado a los Santos Lugares descubrió, como buen investigador germánico, la existencia de Artabán.”
De hecho, hay dos libros esenciales y bien recientes que se refieren al supuesto cuarto rey Mago. Uno, en efecto, es el del presbiteriano norteamericano Henry van Dyke (1852-1933), que lleva por título El otro rey mago, aunque su título en inglés original era The Story of the Other Wise Man (1895) o “El cuento del otro hombre sabio».
En una de las ediciones del cuento de van Dyke aparece una anotación que dice que Artabán es un personaje ficticio protagonista del cuento navideño del presbiteriano. Sin embargo, su figura prendió en América, en el Norte y en el Sur, donde, incluso, se le ha cantado con el estilo tropical que corresponde al verano de sus fechas navideñas. En realidad, el nombre Artabán tiene origen persa y, se añade, corresponde a cuatro reyes partos, así como a un hermano de Darío I y un general de Jerjes, sobre el que la literatura ha sido generosa. Incluso Tirso de Molina y otros se refirieron a un Artabano, rey persa contemporáneo del rey Herodes de los Magos.
El otro libro que menciona al cuarto rey Mago es original del extraordinario personaje que fue el escritor alemán Edzard Schaper (1908-1984). Su libro, publicado en 1961, lleva por título Der vierte König: ein roman (“El cuarto Rey: una novela”). Según sus comentaristas, se trata de la adaptación de una leyenda rusa, esta vez sí, según la cual un pequeño rey de Rusia montado en un pequeño caballo lanudo – un burro en otras versiones -, es el cuarto Rey Mago que nunca llegó a Belén porque se entretuvo por el camino.
De este libro, del que no he encontrado traducción al castellano, hay una versión resumida, reducida y recompuesta en catalán, tarea de Marta Martínez, que fue publicado por la editorial Claret en 2007. La editorial Guadarrama, en 2009, publicó una recreación sobre Artabán, titulada El cofre del rey Artabán, escrita por el sacerdote agustino Juan Ángel Barquilla Romero.
De Artabán se habla en otros libros, bastante pocos. En la Revista Misterios, 143, de 2013, se cita a Artabán y se menciona que en las catacumbas romanas hay imágenes de cuatro Reyes Magos, (no dice que hay otras donde sólo aparecen dos) pero hay quiénes sólo ven tres y no se sabe si eran o no los Reyes Magos. Adrián Sosa, en su relato novelado sobre Artabán, le considera un alquimista persa de Asur donde se encontró con los demás Magos de nuestra tradición.
En todas las versiones antedichas, y, para resumir, hubo un cuarto Rey Mago, fuese medo o ruso, compañero inicial de los conocidos Melchor, Gaspar y Baltasar con los que quedó en una cita legendaria en un punto indefinido de Oriente para seguir la estrella o fenómeno luminoso que habían detectado y que les tenía que conducir a Belén para honrar el nacimiento de un Rey niño.
Lamentablemente, el cuarto Rey no llegó a sus citas, ni con los otros tres Magos ni con el niño Jesús en Belén porque, en todas las versiones, su generosidad, su amor al prójimo y su compasión le hacían detenerse para aliviar el sufrimiento de unos y otros a los que encontraba en el camino. Llegó mucho más tarde, y los hemos anticipado, cuando Jesús estaba muriendo en la Cruz en el monte Calvario.
En el caso del presbiteriano Van Dyke, que es de donde se nutre considerablemente el granadino Antonio Pérez Funes, se dice nada más comenzar el relato que “contaré la historia guiándome por los fragmentos que oí en el Vestíbulo de los Sueños, en el Palacio del Corazón del Hombre. Por los días en que César Augusto, era señor de muchos reyes y Herodes reinaba en Jerusalén, un tal Artabán El Medo vivía en la ciudad de Ecbatana, entre las montañas de Persia…”
Pero en el caso de Schaper, en su resumen catalán, se lee que “cuando el niño Jesús había de nacer en Belén, la estrella que muestra su nacimiento se apareció no sólo los tres reyes magos de Oriente sino también a un rey de la lejana Rusia… Nuestro pequeño rey sabía a través de sus padres y de sus antepasados que algún día una estrella aparecería en el cielo y proclamaría por toda la tierra la venida del soberano de los soberanos…”
En realidad, la ficción literaria de un cuarto rey mago se ha colado por un hueco evangélico. En ellos no se definió con precisión cuántos fueron realmente los Magos de Oriente que fueron a Belén. Desde hace siglos se ha hablado mucho de ellos, pero sus figuras, ahora desafiadas en las almas infantiles por otros personajes navideños como Papa Noel, Santa Klaus (el “viejito Pascuero” en Iberoamérica) y los artificios y ocurrencias infumables de las izquierdas irreligiosas hostiles a toda tradición, nunca ha estado del todo claras.
La idea compartida de los relatos sobre el cuarto rey Mago era presentar a unos sabios o reyes de Oriente cuyos regalos eran cosas apreciadas como el oro, el incienso y la mirra según los relatos habituales, y contraponerlos a un cuarto rey, fuese persa o ruso, que más que obsequios de índole material representaba y anticipaba ya el nuevo espíritu cristiano original, muy del gusto de quienes deseaban alejarse de la oficialidad de la Iglesia y reclamar una vuelta a los valores primitivos del cristianismo. No se olvide que Nietzsche, por ejemplo, consideraba al socialismo como un “cristianismo laico”.
Pero lo cierto es que San Mateo, el único evangelista “oficial” que mencionó a los Magos – que eso de que fueran Reyes fue discutido ardorosamente por el propio Miguel de Unamuno -, no habló de ninguno de los que hoy conocemos hoy como Melchor, Gaspar y Baltasar.
Puede parecer anómalo, e incluso milagroso, que unas bien pocas palabras en el evangelio de san Mateo haya dado origen a tal cantidad de manifestaciones, artísticas, religiosas y populares, a lo largo de siglos. Pero, en realidad, san Mateo no dijo nada concreto acerca de los magos. Por ejemplo, no precisó fecha alguna para su salida de Oriente, ni su nombre, ni su número, ni cuando llegaron a Jerusalén, ni cuánto estuvieron allí ni cuánto volvieron.
La mejor información con la que se cuenta para examinar la realidad de los datos que se tienen sobre esta fiesta infantil tan afortunada y popular, sobre todo en Europa, singularmente en España y en Iberoamérica, es la que recogen en sus trabajos María Teresa Herrera y José Oroz Reta.
Voy a seguir el titulado Historia de los Reyes Magos, un texto publicado en Helmántica: Revista de filología clásica y hebrea, 1982, volumen 33, n.º 100-102. Herrera encontró en el manuscrito 2037 de Ia Biblioteca de Ia Universidad de Salamanca una especie de sermón historiado sobre los Reyes Magos, que se publicó el mismo año en Ia revista Ciencia Tomista 1. Se trataba de un sermón anónimo que seguía una tradición cuyos orígenes se han fechado nada menos que en el siglo IV después de Cristo. Con ese motivo se escribió un texto que aclara suficientemente la “historia” de nuestros Reyes Magos.
El descubrimiento del más antiguo documento sobre los Reyes Magos, que está traducido en el texto citado de Herrera y Oroz, no hace referencia alguna a un cuarto rey Mago, del que, además, no se tiene noticia ni en la historia ni en la literatura europea ni universal salvo en las ficciones ya mencionadas de van Dyke y Schaper, continuadas en España por Pérez Funes.
En este documento extraordinario, que se centra sobre todo en los Reyes Magos para contraponer su bondad y fe con la hostilidad de los judíos hacia el niño nacido en Belén, se habla de la estrella especial que advirtió a los Magos, que eran tres y no cuatro. Dice, citando a san Jerónimo, que Dios “crió maravillosamente una estrella nueva diferenciada o apartada de las otras todas, con tanta excelencia de claridad que de noche alumbraba en tanta manera más que las del firmamento y de día Ia claridad del sol no quitaba ni estorbaba su resplandor. Así mismo su movimiento no era por el curso y orden de las otras. Y criada esta estrella en Ia misma hora del nacimiento del Redentor fue enviada por mensajera a los tres Reyes Magos.”
El documento, traducido por ambos especialistas, puede leerse libremente aquí. Podrá comprobarse que el texto redactado anónimamente está ligado a tradiciones ya existentes en el siglo IV de nuestra era que daban por cierto que los Magos de Oriente fueron tres, que sus nombres latinizados eran Melchor, Gaspar y Baltasar y que no hay mención alguna de un cuarto Rey, ni persa ni ruso.
Por tanto, el cuarto rey mago Artabán, en la versión de van Dyke o Pérez Funes o el pequeño rey ruso de la historia de Schaper, parece una invención, literariamente respetable, que se ampara en la escasa información aportada por el evangelista Mateo (sólo dice que fueron oro, incienso y mirra los tres regalos, lo que siempre ha hecho suponer que los Magos fueron sólo tres) y en las tradiciones siríacas donde se llega a hablar de doce Magos de Oriente, uno de los cuales se relacionaba con el nombre de Artabán o Artabano. De ella, podría haberse obtenido el nombre de Artabán para el cuarto Rey Mago de sus modernos paladines literarios.
Probablemente, o no, la tradición de los Reyes Magos, que aparece ya incluso en el Poema del Cid, no sea más que otra leyenda con escaso fundamento en la realidad histórica. Pero es evidente que para millones de niños del mundo a lo largo de siglos los Reyes Magos han sido y son personajes muy reales, dotados de una realidad más potente y enriquecedora que la histórica.
Don Benito Pérez Galdós, del que conmemoramos el primer siglo tras su muerte el 4 de enero de 1920, dejó escritas unas páginas sobre los Reyes Magos en las costumbres españolas, y muy especialmente en las madrileñas, páginas recogidas en la edición de sus Obras Inéditas editadas por Alberto Ghiraldo en 1923.
En su escrito La Epifanía, en el primer tomo titulado Fisonomías sociales, escribe Galdós:
«Debe arrancar de tiempos muy remotos esta encantadora conseja de los juguetes traídos por los Reyes. Los pequeñuelos dejan el zapato en la chimenea, y por el tubo de esta entran los Magos sin temor a ensuciarse de ceniza y hollín. Pero no en todas las localidades es la chimenea el sitio destinado a recibir el regalito. En Madrid mismo, verificase el fenómeno dejando una media en el balcón, y así es más fácil, ¡claro!, que los Reyes dejen algo, porque les basta arrojar el juguete cuando pasan, y no en penetrar por conducto tan angosto como es el canon de una chimenea. Sea lo que quiera, los tales Reyes hacen felices a muchos niños en este clásico día, pero es dudoso que los favorecidos se lo agradezcan, porque si vehemente es el niño en sus deseos, no es menos determinado en sus olvidos. El agravio y el beneficio bórranse de su mente con igual rapidez.”
No en todas las regiones españolas se encuentran estas costumbres, pero, eso sí, en todas ellas lo que dice Galdós de los niños es completamente cierto. Es lo que hay.





