Es ver sin querer la portada del periódico gratuito que dejan en algunos bares, y venirse el alma a los pies. Esta vez el titular, que salta involuntariamente a los ojos, reza: “Yolanda: Queremos un modelo en el que pasen apuros los de arriba y no los de abajo”.
¿Cómo pueden tener la capacidad de amargar tanto, unas necias frases de políticos en campaña, convencionales y dichas porque sí? Pues la tienen. La tienen, porque reflejan un índice de zafiedad que afecta a todos; ya no es ella por decirlo, sino el periódico por publicarlo, como dándolo por bueno y justo, y allí puesto en medio, llenando de suciedad espiritual lo que podía ser un rato agradable tomando un café.
Primero, ¿un gobernante se propone desear que alguien pase apuros, y lo dice explícitamente, que ese es su programa?
“Arriba y abajo”, ¿quiénes son unos y otros? ¿En qué mundo vive esta persona? Parece que vive en el mundo de aquella serie “Arriba y abajo” (no llegué a verla, pero sí otras muchas series británicas – como la genial “Jeeves and Wooster”-, así como novelas, que describen esa sociedad de “arriba y abajo”. Arriba, los señores, y abajo la servidumbre, con sus delantales y cofias, y el mayordomo como gran jefe a su vez de la jerarquía de sirvientes). Parece que no sale de ahí. ¿Ha salido esta señora alguna vez a la calle de verdad, conoce a la dueña de alguna tienda, o a la de una peluquería, o a alguien que se gane la vida?
Esta “comunista” vive en un mundo de marqueses y baronesas (¡el empeño en inmiscuirse en quién hereda los títulos nobiliarios – gastando el dinero de los españoles en jueces y fiscales para determinar que el título de duquesa pase a una y no a otro, algo que antes se dirimía en privado, pues resulta totalmente irrelevante para la sociedad! Diría que hasta inconstitucional, lo de hacer leyes referidas a eso, aunque esa palabra, “inconstitucional”, conmueva ya poco. Es vergonzoso, retrógrado y propio de mentes que viven en otros siglos), un mundo de ficción; primero que ya no existe desde hace tiempo, y segundo, que nunca existió tal como ella lo ve, conoce sólo la versión simplificada, hecha para entretener, de las películas y las series. Pero están obsesionados los “progres” con eso, con el mundo de duques y condes.
Luego, al proponer que se les regale a los jóvenes una enorme cantidad de dinero (ya me horrorizaba el absurdo del “bono cultural”, antes de saber esta disparatada propuesta de darles… ¡veinte mil euros!), bueno, espero otros hayan explicado el descomunal disparate que esto sería, la arbitrariedad de robar a unos para corromper a otros y quitarles ya ni el más mínimo estímulo (pasará a la Historia el inocente orgullo de un joven ganando honradamente en un trabajo de verano, su primer sueldecito), despojarles de la alegría y del sentido de las cosas. Tanto se podría decir… Pero ahora me centro en la obsesión aristocrática de estos “progresistas”. A este proyecto le llama “herencia universal”.
El llamarle “herencia” a esta loca idea es otro detalle que demuestra que vive en el mundo de cuentos de hadas. La palabra “herencia” para el común de los adultos normales tiene connotaciones tristes, de cosa desagradable y sórdida; trae a la memoria momentos de dolor en que ni dejaban enterrar a un padre en paz, porque había que preocuparse de bancos e impuestos, de gestiones dolorosas, certificados de defunción, notarios pidiendo papeles… complicaciones, impedimentos, un mundo desagradable y hostil, un sistema que propicia desavenencias familiares… Para ellos no, ellos viven en los cuentos de hadas, anteriores a los bancos, impuestos y regulaciones, en los que “una herencia” era un regalo del cielo. Como en “Mujercitas”: a Jo se le soluciona la vida cuando fallece su tía y le deja “en herencia” una hermosa casa, en la cual monta ella un colegio (se describe en “Hombrecitos”). Obviamente, ahí no sale ni media palabra de bancos, notarios, impuestos; en el colegio no hay regulaciones, no vienen inspectores… Es un cuento, y ambientado en otra época. La ministra de España en 2023 no ha salido de ahí. ¡Qué bonita es una herencia, herencia para todos! ¡Cómo les gusta a los progres, esa palabra, “herencia”, tanto como “duquesa” y “marqués”!
Se supone que a un progre tendría que disgustarle esa palabra, “herencia”; y desear que cada uno pueda labrarse su futuro (¡justo lo que ellos impiden!). Pero no. No entienden una sociedad distinta de esa de las series de televisión y de los cuentos, basada en “ricas” con collares de perlas, y “pobres” con cofia y delantal.
Y hablando de ese proyecto de “herencia” dijo algo que evitar “que sólo los grandes apellidos puedan heredar” ??? ¿Apellidos? Pero, ¿qué apellidos? ¿De qué habla? ¿De González, según se dice, una de las mayores fortunas? Pero, ¿quién se preocupa hoy de los apellidos? ¿En qué mundo vive?
Y ahora, el “arriba y abajo”. Edulcoramiento de series aparte, es cierto que hace unos cien años –y aún más, hace unos ciento diez, antes de la Primera guerra Mundial- la sociedad era muy distinta de la actual, y había, sí, un concepto de clases sociales, en España y en Europa. Y también había una libertad vital, una ausencia de regulaciones, que hoy ni concebiríamos. Esto se aprecia hasta en algo tan accesible como las novelas de Agatha Christie. En la celebérrima “la Ratonera”, escrita antes de la Segunda Guerra Mundial, sale una pareja que ha heredado (limpiamente, sin papeles ni impuestos ni inspectores – a la antigua, a lo cuento de hadas) una casa y decide convertirla en casa de huéspedes. Así sin más: se anuncia, los huéspedes llegan y se instalan. Ni media palabra de regulaciones, impuestos, IVAs, inspecciones sanitarias… Si hay muchos huéspedes, y pagan, pues saldrán adelante, y si no, la cerrarán. Ni un papel, ni un sello, ni una multa ni una inspección. Esa era la vida de hace unos cien años (hablamos de otro país, pero puede servirnos). En sus novelas posteriores a 1945 sale un mundo muy diferente, atiborrado por impuestos y regulaciones, y donde, desde luego, el “Arriba y abajo” ya no existe. Sólo doña Yolanda no se ha enterado.
Los de arriba, los de abajo; los apellidos “importantes” (nunca he sabido lo que eso quiere decir –dicho sea literalmente, sin falsa ingenuidad); los marqueses y condes; las herencias… Ese es el mundo de Yolanda.
Ser progre lo llaman.





