Mi padre llegó a casa con un disco de villancicos que acababa de salir en aquella navidad de 1968. Mireille Mathieu cantaba en español nuestro Rin Rin. Era una francesa de voz tan prodigiosa que su país la llamó el ruiseñor de Avignon, y cuyo timbre le hacía merecer el título de sucesora nada menos que de la Piaf.
La jovencísima cantante acababa de presentarse para el público de España a través de las “Galas del Sábado” de Laura Valenzuela y Joaquín Prat, por supuesto en TVE. Y cautivó la fina estampa de Mireille trajeada de largo y blanco salpicado en Miró, peinada con orden recordando a Juana de Arco (un corte clásico que mantendría a lo largo de los años), y con una simpática pronunciación, propia de los galos, que intentaba hacer dignas de comprensión las erres del rin rin.
No sé muy bien qué trascendencia ni huella dejaría en la carrera de Mireille Mathieu aquel pequeño disco de cuatro canciones navideñas, pero desde luego en mi casa se convirtió en todo un clásico que se renovaba cada año al llegar las vísperas de cada Nochebuena. La dulce voz de aquella francesita de modales elegantes, emergía feliz entre nuestros olores de serrín, corcho y romero del Nacimiento. Poníamos el portal mientras ella se arropaba acompañada por la orquesta y coros de otro de los grandes talentos de un tiempo irrepetible: Paul Mauriat.
Mireille Mathieu sonaba como un paisaje de abetos. Cantaba con una hermosa voz de nieve sobre la que un sol recién salido dejaba caer sus rayos calientes del invierno. Aún recibo ese sol, que debo a mi padre, derritiendo fríos de la vida y hasta los de una Navidad difícil como la que se acerca.
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