La semana pasada tuvimos el honor de presentar, en la caseta de feria Maruja Limón de Paradas, a Miguel Flores Quirós, El Capullo de Jerez. Cuarenta minutos por tangos y cuarenta por bulerías estuvo cantando. Rematando estas últimas con su archiconocido “La vida es una rutina, ina ina ina ina ainaaaaa… apágame la luz, enciéndeme la luz”. Como si fuera una premonición de lo que estaba por ocurrir, de lo que nos aguardaba detrás de la esquina del tiempo: energía cero. Plantón de electricidad en la Península Ibérica. Y sin saber aún el por qué.
—Y lo que queda, amigo.
El Capullo fue un profeta en tierra ajena, que en la suya, Jerez de la Frontera, lo es desde que se disputaba a ley cabal con El Torta el cetro del compás jerezano, cada uno a su forma, cada uno tal y como entiende las cosas del flamenco.
Pues se nos apagó la luz y nos dejó a oscuras, entre tinieblas. Además, se nos dejó claro clarinete cuán de débiles y frágiles somos. Sin enchufe no somos nadie, que el que no tiene padrino se queda moro.
Gracias a Dios no cundió el pánico, como sería normal, ni los hospitales ni servicios básicos quedaron sin fluido, aunque si tenemos que lamentar, al menos, cinco víctimas mortales. Pero lo vivido, vivido queda y la oscuridad nos amenazará por un tiempo, ahora que sabemos que en cinco segundos nuestras vidas pueden dar la vuelta, como una tortilla francesa.
Para finalizar su actuación, El Capullo cantó por tangos su famoso “la culpa no la tuve yo, tú tienes la culpa”. Y nos viene al pelo, pues les dejo, en la pluma del investigador portuense Luis Suárez Ávila, lo que le sucedió a Agustín Fernández El Melu, uno de esos personajes que pululaban por Cádiz en años demasiado pretéritos y donde la guasa llegaba desde Puerta Tierra a la Caleta. El Melu, cantaor flamenco, fue en las compañías de Manolo Caracol, Concha Piquer o Carmen Amaya, pero de vez en cuando había que meter mano a otros trabajos. De ahí lo que nos relata Luis Suárez en su serie de artículos “Fe de vida”, publicados en Expoflamenco:
“Con una mano encima de la otra, vino un embarcado que le propuso enrolarse en un barco de la Trasmediterránea que hacía su viaje de Cádiz a Génova. El Melu se resistía, porque, la verdad, nunca había estado embarcado, sino de pasajero. Pero la insistencia y el estado de tiesud llegaron a un extremo en que El Melu consintió. Y ahí me tienen a Agustín, despedido de su familia, subiendo la escalerilla del barco, donde, nada más llegar a la cubierta, le pusieron un ancho cinturón lleno de alicates y destornilladores.
—¿Esto qué es?—, preguntó El Melu.
—Agustín, tú eres el electricista del barco—, le dijeron.
—Pero si yo no sé nada de electricidad—, aclaraba El Melu.
—Es lo mismo, en el barco nunca ha pasado nada, te ganas tu dinero y Santas Pascuas—, le dijo el tal.
El Melu no estaba muy convencido. Pero lo que no había ocurrido nunca, sucedió: se fue toda la luz del barco. Todos buscaban a El Melu. Y el Melu quería que se lo tragara la tierra —o el mar—que, en su desvarío, solamente decía que podían ser los plomos. Al cabo de una hora, con el barco sin electricidad en medio del mar, el capitán se le acercó y le preguntó:
—Melu, ¿dónde está la avería?—.
Y El Melu, que de ingenio tenía todo lo que pueda imaginarse, con gran aplomo contestó:
—Mi capitán, esto no es del barco, esto es de la Sevillana—.
Pues eso… “que la culpa no la tuve yo… tú tienes la culpa”.
—¡Qué país, Miquelarena!





