En Semana Santa hay cosas que se ven y otras muchas que se sienten. Se sienten y nadie las nota.
Dieciocho. 7 más que su edad. Esas son las horas que estuvo en un quirófano frío y metálico. Las que pasó viviendo de mentira, pero peleando.
En la cabeza de un niño de esa edad caben miles de cosas, pero nada parecido o relacionado con la pena, el miedo a dejar a su familia, o el pánico al mal difícil de curar. Sólo aprender, jugar con los clicks de famobil, y ahora, hacer bolas de cera.
Esas fueron las horas más difíciles, y las siguientes no menos importantes para rehacerse y empezar a hacer desaparecer al mal. Pero 18 horas son muchas horas. Estaba agotado. Agotado de la pelea contra la anestesia. Casi se la había olvidado respirar. Tenían que ayudarle.
Esta Semana Santa sevillana que todo lo puede, ha hecho que decenas de personas amigas unas, otras conocidas, otras sólo por sintonía, comprensión, afinidad, humanidad… ¿quién sabe por qué? se hayan unido.
Pero Ale seguía sin fuerzas.
El Domingo de Ramos, los rezos que inundaban Sevilla en silencio, dejaban atrás las peticiones personales para que las Vírgenes sobre todo, que son madres y saben lo que es sufrir por un hijo, no tuvieran más distracción que la de acercarse al hospital e insuflarle todos esos sentimientos de las calles de la ciudad. Toda esa fuerza.
Queda mucho, mucho camino, pero no tenemos prisa, sólo queremos ir en plazo. Hoy Ale respira solo. El aliento de La Estrella, de La Amargura, El Amor, La Paz, le llegaron el domingo.
El resto espera sobre sus trabajaderas a salir, para hablarle y transmitirle a este ángel mancebo que tiene que ser ángel, pero aún en la tierra.
Ilustración: Maricathings





