En estos días a caballo entre lo político y lo religioso me he sentado ante el ordenador y he comenzado a reflexionar, a hacerme preguntas, sobre algo a lo que vengo dándole vueltas desde hace bastante tiempo. Además, quiero experimentar, reparar, en si aún no me han abandonado del todo las neuronas (otra muchas cosas sí que han desparecido total o parcialmente) o, por el contrario, sí lo han hecho. Me refiero a la DEMOCRACIA y al sistema electoral, que, como a menudo se comenta, supone la “menos mala de las formas de gobierno”. Sentado lo anterior, y aceptado, me surgen una gran cantidad de dudas.
¿Está preparada la “democracia” española, donde los partidos políticos (la partitocracia) son los dueños y señores del sistema político (los nuevos señores feudales), los que manejan el cotarro, los que manipulan las masas y los que se ocupan de atraerse, con malas artes, al pueblo con el único fin de la captación de votos, para que funcione la actual técnica electoral (una persona un voto)? ¿No es responsable esa clase política, con la partitocracia citada, de la poca formación, educación, cultura… existente en nuestra sociedad para manejarla a su antojo y conseguir sus fines: el de gobernar con prepotencia y sin tener en cuenta los grandes temas que la acucian? ¿No es hora ya, pues, de exigir a esa clase política un consenso para mejorar esta situación y revertirla a base de trabajar por hacer que la sociedad, el pueblo, esté más formado, más preparado y pueda abordar, en su momento, el trámite de elegir a sus representantes con todas las garantías de saber lo que está haciendo, lo que quiere, lo que le pide su forma de ser, de pensar, de entender la vida y de las consecuencias que puede traer su voto? Y todo ello en LIBERTAD, sin condicionantes, sin tener que pagar ningún tipo de peaje al acercarse a las urnas y emitir su voto.
Por otro lado me planteo, me pregunto ¿se puede ser libre sin esa formación necesaria, estando coaccionados, manipulados y marginados cultural y socialmente? ¿Qué puede valer, y para qué, un voto emitido en tales condiciones? ¿Qué puede valer un voto emitido obligado por intereses espurios? ¿Es lícito conseguirlo de tal guisa? En tales circunstancias, pienso, no se puede argumentar de ninguna manera, no es válido lo de “una persona un voto” o “el pueblo es sabio”, y no lo es moralmente, ya que el sistema democrático español actual no pone las bases para ello, no funciona para el bien de todos, sino sólo para el de unos pocos, por lo que estamos ante una “oligarquía” basada en el poder de políticos manipuladores.
Ante lo anteriormente expuesto , ¿no habría que establecer un sistema, unas normas para que a la hora de votar todo el mundo tuviese la capacidad, la formación, la educación suficiente para hacerlo sin ataduras y la supervivencia vital asegurada, las ideas muy claras sobre el mundo, el tipo de sociedad que quiere, para poder hacerlo con plena LIBERTAD? Creo, pues, que hay que gobernar para el bien común, con justicia, no para hacer que superviva una determinada clase política, unos arribistas a los que sólo les preocupa hacerse con el poder y “llenar la faltriquera”. ¿Para qué ha servido, me planteo, toda la histórica lucha por el voto universal, sin restricciones de ningún tipo, si ahora se han impuesto otras tan malévolas como las anteriores, o más, ya que aunque se vote sin esos impedimentos las condiciones en que se hace son igual de deplorables y, quizás más sibilinas, al estar ese voto comprado de antemano? Y de ahí también el desencanto existente, la abstención creciente y la desacreditación de la clase política. Todo ganado a pulso.
Y si me he decidido plantearme estas cuestiones, a darle forma en estas líneas, seguramente se deba a que celebramos hoy el “Día de la Constitución”, a la que yo, muy modestamente, contribuí a traerla, luchando contra el régimen que había y con el que era necesario acabar, y por mi puesto privilegiado de enseñante, leyendo artículo por artículo y debatiendo en clase la “nueva norma”, intentando concienciar a unos niños de 8º de aquella EGB (13-14 años), desgraciadamente desaparecida. Después, a partir de finales de los 80, vino el desencanto. Tuve la oportunidad, como muchos algunos aún recordarán, de ocupar un cargo “político” (y lo pongo entre comillas porque nunca me he considerado como tal, sino como mero gestor de mi municipio, para lo cual creamos -un grupo de amigos con inquietudes por la situación que se vivía en el pueblo- un partido independiente en los años 90, lo que nos trajo muchos inconvenientes y discriminaciones por todas las partes) y presenciar la degeneración de la clase política en primera persona, viviendo intensamente los EREs, las marrullerías de los alcaldes para hacerse y mantenerse en el poder, los desafueros que se cometían para hacerse con los votos de esa masa ignorante y comprada, ninguneada (riámonos de los “pucherazos” en plena Restauración, del sistema caciquil impuesto por Romero Robledo, de las cesantías,…) hasta extremos difícilmente comprensibles para aquéllos que no han “estado al pie del cañón”, en primera línea, en aquellos “años oscuros”, me atrevería a decir, para todo aquél que no los haya vivido.
En nuestro pueblo fueron inhabilitados dos alcaldes, padre e hijo (porque esto iba de saga) por malversación de fondos públicos y prevaricación, he visto entrar a alcaldes en la cárcel, al igual que a altos cargos de la Junta de Andalucía con los que estuve codeándome y enfrentándome durante cuatro años (aún lo están algunos). Y todo ello desde la atalaya de alcalde y maestro, pues no dejé de dar clase ni un solo día, y consiguiendo que un ayuntamiento funcionase sin cobrar nadie ni una peseta (me refiero a la clase política), ni concejales por su trabajo como tales, ni por asistencia a plenos, ni a comisiones de gobierno, ni dietas de ningún tipo. En fin, nada de nada. ¿Y cuál fue el resultado de todo ello: que en las siguientes elecciones, las del 99, de nuevo el pueblo volvió a lo que había, a las prebendas, el enchufismo, el dar el trabajo a dedo (para lo que desapareció la bolsa de trabajo que con gran esfuerzo creamos),… y un largo etcétera difícil de comprender desde la lejanía del tiempo y de las circunstancias personales de cada uno? Fue, pues, ante tal despropósito y falta de civismo político, la última vez que voté y no creo que lo haga en lo que me queda de vida, por todas las razones expuestas. Y como no veo atisbos de cambio en el sistema, pues…
Ante todo lo expuesto me pregunto: ¿ha merecido la pena tanto trabajo, tanto sacrificio, tanta lucha, para presenciar la deplorable y vergonzosa imagen que están dando diariamente “nuestros representantes” en las dos Cámaras, tienen la altura política y humana suficiente para ocupar esos escaños, para representarnos? Pero, claro, “lo hemos votado”, de la manera que sea, lo hemos encaramado allí. Y, ahora, a apechugar. ¿Podemos considerar, en serio, que estamos en un país democrático? Ustedes dirán, mis queridos amigos. Ah, y por último, ¿hemos terminado con la España polarizada, con las “dos Españas” existentes ya antes del 36? Veo muchos indicios de que no.
Espero, pues, que estas reflexiones no hayan molestado a nadie (y si ha sido así lo siento, pero es lo que hay), pero sólo he intentado expresar mis vivencias, las de un octogenario (perteneciente, por tanto, a la generación de los niños de la posguerra, la que más cambios ha presenciado y en menos tiempo en toda la historia de España), y desahogarme un poco en estos días que siempre han sido tan especiales para mí, preludio de las Navidades. Pero, como decía mi padre: “hijo, con la edad se pierde el miedo y la vergüenza”. Y yo ya hace tiempo que entré en ese club.
Aprovecho, pues, para desearos ya unas FELICES PASCUAS





