Que el capitalismo es algo más que un mero sistema de organización económica, lo proclamó sin ambages, hace ya casi un siglo, Walter Lippmann, uno de los teóricos del neoliberalismo, afirmando que “las leyes del Mercado”, exigían “un reajuste necesario en el género de vida” de las masas y un cambio de las costumbres, las leyes, las instituciones y las políticas.
Hoy podemos contemplar como el capitalismo ha exacerbado el individualismo (Milton Friedman ha llegado a definir la sociedad capitalista como una colección de Robinsones Crusoes”) y la atomización de la sociedad; “ha secularizado” por completo la vida económica, infringiendo la subordinación jerárquica de lo material a lo espiritual y ha dado preferencia absoluta al individuo independiente que busca la felicidad personal.
Chesterton en “El manantial y la ciénaga”, acusa al capitalismo de haber destruido la familia en el mundo moderno, alentando divorcios, provocando la competencia de los sexos, enfrentando a las generaciones, obligando a las gentes a trabajar lejos de su hogar y tratando las virtudes domésticas cada vez con mayor desprecio. Se cambia el concepto de bien común inherente a las metas colectivas, por el de “interés general”, entendido como aquello que asegura las condiciones para que cada individuo sea libre para alcanzar sus intereses privados.
En los textos de Economía básica podemos leer que la familia se entiende únicamente como unidad de consumo: “actúa egoístamente, así beneficiarás a tu prójimo”. Este aberrante apotegma es incompatible con una conciencia moral recta.
Estas consideraciones previas nos llevan a interpretar en su contexto una noticia que cobra sentido desde esta perspectiva: El agua ya se negocia en Bolsa, como el petróleo o las materias primas. Es un bien básico (una commodity en la jerga financiera), pero no uno cualquiera. El primer Mercado de futuros sobre el agua que opera en el mundo, se puso en marcha en los Estados Unidos de Norteamérica en diciembre de 2020, el Veles California Water Index. Los inversores negocian con los derechos de uso y aprovechamiento, y se cierran los precios que se pagarán en una fecha futura, como si fuera una apuesta.
La negociación de estos contratos conforme se acerca la fecha del vencimiento, puede dar lugar a fluctuaciones salvajes en los precios, sin importarles que sea un momento de máxima necesidad, como ocurrió con el trigo en la crisis alimentaria de 2010 que desencadenó la Primavera árabe.
La primera consecuencia de este “tratamiento financiero” ha sido que actualmente los precios del agua en California son los más elevados de la historia. Desde que empezó a operar en la Bolsa, va camino de triplicarse: ¿es moral sacar beneficio de un derecho inalienable de los seres humanos? El español Pedro Arrojo es el relator especial de la ONU sobre los derechos humanos al agua potable y al saneamiento, y su mensaje es contundente: “No se le puede poner un valor al agua como si fuera un bien mercantil. Si los derechos humanos se compraran y se vendieran, los pobres no tendrían derechos”.
Para inversores sin escrúpulos, el agua potable es el recurso que define a este siglo, como el petróleo y el gas definieron el siglo XX. El atractivo de estas inversiones obedece a que, incluso cuando llueve dentro de lo normal, se trata de un bien escaso. El negocio global se calcula en 600.000 millones de dólares (similar al de la industria farmacéutica) y crece en torno al cinco por ciento cada año, porque la población mundial también aumenta.
¿Y España? En principio no puede haber un Mercado de futuros, pues las transacciones están reguladas y los precios son públicos, pero desde la década de 1990, casi la mitad de los 8.000 municipios españoles ha privatizado el servicio de aguas, si bien el agua ¡es gratis!, pues la Constitución y la Ley de Aguas estipulan que “es un bien de dominio público estatal y no se puede vender ni comprar”, lo que se cobra es la conducción y la potabilización.
Si alguno de ustedes se ha tomado la molestia de comparar el precio del agua de su localidad con el de otra que tenga distinto suministrador (en Sevilla y provincia operan Emasesa, Aljarafesa y Aguas del Huesna) verán como varía, y si lo hacen con algún país extranjero, comprobarán que, por ejemplo, cuesta la mitad que en Holanda y Suiza.
Desde la Fundación Nueva Cultura del Agua, proponen que unos 30 litros por persona y día (mínimo vital) deberían ser gratuítos; hasta 100 litros, cobrar a precio de coste; y si se consume mucho más, gravando por tramos.
No es una cuestión baladí. En 1995, Ismail Serageldin vaticinó que las guerras del siglo XXI serían por el agua. De hecho, en las cuencas del Tígris y el Éufrates, cuyos acuíferos se están vaciando, Turquía, Siria, Irak e Irán podrían acabar enfrentados; en el Nilo, ocurre algo parecido entre Egipto y Sudán. Dos regiones que, no hace tanto, estaban entre las más fértiles del planeta. Estemos atentos a los movimientos que se produzcan en el precio del agua, porque nos va la vida en ello.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Pero ¿la ambición humana no tiene límites? Parece imposible asumir que el agua opere en Bolsa. El agua, en un planeta llamado ‘azul’ porque tres cuartas partes son agua, es un bien inalienable. Miedo me da lo que dices, Alberto. El Tigris, el Eufrates y el Nilo son ríos que riegan poblaciones conflictivas históricamente. Ojalá llueva a cantaros durante tanto tiempo que -los que se frotan las manos por el negocio que esperan- se ahoguen en sus propios delirios.