Prometimos bajo un árbol compartir la savia de nuestras vidas… fue cursi pero nuestro. Él para mí y yo para él, dejando a un lado los disfraces de superhéroes, para volver a enfundarnos en ellos al llegar a la plaza. Nos pasaba siempre… a solas, nuestras palabras se adornaban de raso y terciopelo y en nuestra complicidad, violines y velas de fondo… Y en lo público, él y su sonido estridente de risas y palmadas en la espalda, derramando en los zapatos la cerveza de colegas.. Yo, la Sandy ibérica de chispas en los ojos y sonrisa de vida resuelta… Gris, que no Grease. Futuro a todas vistas imperfecto.
Y hoy, 36 años después de aquel juramento atestiguado por un eucalipto que sigue allí impertérrito, me duelen las cervicales al mirar su copa y el alma al leer en su tronco suave y gris, mi nombre y el suyo, labranza costosa con la punta seca de un boli, para nada…





