No hay palabra más hermosa, más rica semánticamente y más sólida que libertad, pero al mismo tiempo, tampoco existe otro término al que se le tenga más miedo y menos respeto. Políticamente, económicamente, jurídicamente, humanísticamente se le teme, pero también se trampea con ella hasta el punto de falsearla cada vez que interesa. Todo ese temor y esa vis irrespetuosa supone implícitamente dos cosas: falta de clarividencia y falta de compromiso.
En general, han sido, son, los políticos los que más la han manoseado. Tanto por el miedo que le tienen como por la utilización interesada que de ella hacen, se ha llegado a configurar una sociedad quebrada moralmente. Entre otras cosas, esto ha supuesto que nuestro sentido de la libertad, tanto en su consecución como en su ejercicio, esté desnortado. Invocamos la libertad para comportarnos como nos da la gana, sin considerar a nada ni a nadie. Humillo, acoso, maltrato, insulto, miento… porque, en cierto modo, creo que tengo derecho a ello, porque estoy en un país libre y ejerzo mi libertad con el consentimiento tácito de las leyes, los usos de los líderes sociales influyentes y de las costumbres permisivas que hemos ido acuñando al calor de la irresponsabilidad de ciertos dirigentes. Algunos iluminados han matado -y matan- en nombre de la libertad. ¡Increíble!, pero así nos lo venden.
Vayamos bajando a lo concreto. Los políticos, sobre todo los de izquierdas, nos hablan de la libertad como un artículo de consumo más que está en las estanterías de la ideología. La izquierda -dicen ellos- tiene un stock de libertad inagotable con el que abastecen la felicidad jurídica, personal y grupal del respetable en forma de derechos. Con este stand (semántico) de libertad expansiva han creado derechos falsos o muy secundarios, pero con vocación de ser transformados en fundamentales. Esta manera de intervenir la sociedad ha sido cosa, casi en exclusiva, de la izquierda, aunque otras veces, los alternativos ideológicos, le han reído las gracias o se han encogido de hombros no fueran a ser tachados de lo que no eran. ¿Qué ha ocurrido? Nuestra sociedad moderna ha sido conducida a una deriva de libertad a granel, como un sunami ideológico maravilloso, donde corremos el riesgo de ahogarnos.
Decimos, “actúo acogiéndome a la libertad de…”, da igual que mi comportamiento sea falso, corrupto, engañoso, desleal, irrespetuoso, traidor, irreverente, antinatural e, incluso, criminal. Nuestra libertad nos atenaza con valoraciones equívocas, cuando no equivocadas. Los políticos -también muchos otros- soltaron en las escuelas, institutos y universidades el virus maravilloso de que no hacer era igual que hacer, que hacer poco era hacer mucho, que hacerlo mal (según el valor aristotélico) era aceptable, incluso, tan aceptable como hacerlo bien o muy bien. Una libertad de mil cabezas, un monstruo fantástico, a la que le dimos de comer todo lo que quisimos que quisiera.
La libertad es simple, pero sensible y exigente. Son patrones naturales, con significado y medida, de sentido común, reducto de la experiencia y de la ciencia, de la evolución del pensamiento y del arte, y de las relaciones humanas que categorizan valores con los que a la humanidad le ha ido mejor. La ciencia, el derecho, la filosofía, incluso la política, han sido inspiradas por el patrón de la libertad. Todo va bien cuando reconocemos el valor y la composición de su envase, las dosis y las contraindicaciones. La libertad a granel es un veneno silencioso que hace su efecto a largo plazo.
Sigamos hacia lo concreto. En España soy libre de hablar en español además de que tengo derecho a ello. No me lo pueden impedir. Si estoy vivo soy libre para decidir que quiero seguir estándolo, sin que nadie me pegue un tiro en la cabeza. Si el libre mercado ha demostrado que genera más riqueza (otra cosa es cómo se reparta) que la economía intervenida (regímenes comunistas y socialistas) es natural que sigamos los principios de la economía libre de mercado. Si la propiedad privada es un derecho constitucional, lógico, merecido, soy libre de comprarme lo que quiera y tengo derecho a que nadie me la quite o lo ocupe. Si está claro que es necesaria la división de los poderes del Estado, respétese. El poder político no puede meter la mano en el poder judicial, tampoco debería meterla en el poder legislativo. Soy defensor de que los miembros del gobierno no sean diputados. Tan poder del Estado es el legislativo como el judicial. El poder judicial no debe meterse en ninguno de los otros poderes, y si algunas de sus señorías tiene la irresistible necesidad de hacerlo no puede volver al poder judicial. Experiencia y sentido común. Simple, ¿no? Lo que ocurre es que, en algunas democracias, como ahora la nuestra, el Ejecutivo se cree la Santísima Trinidad del Estado, tres poderes distintos y un solo dios verdadero: el puto amo. Si eres ministro no puedes ser fiscal general del estado, ni juez, ni diputado, ni montar un pifostio con putas en la habitación de un hotel, por muy Parador que sea. Para ser libre hay que querer ser libre y aprender a serlo. La libertad, como el movimiento, se demuestra andando, no “tumbado” en una cama rodeado de angelitos salidos de una furgoneta.
Los partidos y movimientos de izquierda se han creído los expendedores exclusivos de la libertad, proclamando que hay de sobra y que es buena, bonita y barata. Solo hay que ir con el taper a por ella a su tienda ideológica. Pero, claro, la libertad -no la de granel- también es sutil, mucho más que la ideología, y eso es un problema: no existe la resonancia magnética para la política, de manera que la invocación de la libertad como valor político supremo no es contrastable. El individuo se encuentra solo cuando sale al encuentro de ella.
Los políticos, sobre todo los de izquierdas, colocan como hermana (¿gemela?) de la libertad, la igualdad, y estamos de acuerdo, pero hay que volver a la composición y a las dosis prescritas por el doctor Sentido Común para no tergiversar el buen sentido de las cosas. En esto de los valores del espíritu, el granel envenena. Y mata. En esa igualdad económica que predican actúan gastando (engatusando), como si el dinero Público no fuera de nadie. Ya lo dijo la ministra Calvo. Si los conservadores tienen las fábricas del libre mercado, los de izquierdas tienen la fábrica de moneda y timbre. Los primeros crean riqueza y algunas injusticias, los segundos deuda pública e igualdad en la pobreza, que es la injusticia perpetua. Los segundos dicen de los primeros que son enemigos de la libertad (fascistas), y los primeros, para no correr el riesgo de parecerlo, tratan de ser tan amigos de la libertad, de esa libertad a granel, como sus acusadores. Error. Unos por otros, la casa sin barrer. Los dos le tienen miedo. Los de izquierdas porque no quieren que el individuo como sujeto impredecible saque los pies del plato. Los de derechas porque no quieren demostrar que les gusta que los individuos sean tan impredecibles como quieran, con plato o sin plato.
Y bajemos más aún a lo concreto. Señor Feijoo, para la libertad, para esa libertad que ha hecho evolucionar al hombre en el sentido menos malo de todos los posibles, no se mire usted en ningún espejo. Rómpalo de una vez (lo que no supo o no quiso hacer Rajoy) y empiece a contarle a la gente -si es que lo sabe- cómo es la sociedad y la España libre que tiene en su cabeza y en su corazón. La izquierda no tiene la concesión de distribuidor de la libertad, que es lo que parece. Rompa de una vez los espejos de la calle del Gato que nos enseñan la realidad distorsionada.
La libertad no se inventa, ni se adorna, ni mucho menos se vende, sólo hay que identificarla, respetar sus fundamentos naturales (y lógicos) y explicarla a la gente para que ella dosifique sus necesidades espirituales sin indigencia ni atracones. La izquierda teme a la libertad del individuo. Por eso lo del granel. Usted, señor Feijoo, -los liberales y conservadores-, no le tenga miedo a la izquierda por lo que les dice a los individuos. Facilite el autoconsumo de calidad y olvídese de los trampantojos ideológicos.
“Que sí Ábalos, que te puedes ir de putas. Esto es un país libre. Pero vete con tu dinero y cuando no seas un cargo público. Para que la cosa esté más clara, vamos”.





