Dentro de pocos meses dará comienzo uno de esos eventos que concentran la atención de millones de personas en todo el orbe: el Campeonato Mundial de Fútbol, que a diferencia de lo que ha venido ocurriendo hasta ahora, se celebrará entre noviembre y diciembre, interrumpiendo las competiciones ligueras domésticas durante más de un mes.
Nos llama la atención el exotismo del país donde se va a celebrar, Catar, protectorado británico hasta su independencia en 1971, situado al este de la península arábiga y bañado por las aguas del Golfo Pérsico, con el mismo tamaño que la provincia de Murcia, y nos sorprende su elección como sede por la poca tradición futbolística.
Este hecho lo compensa con su opulencia, al contar con la tercera mayor reserva mundial de gas natural y ser muy rico en petróleo, lo que ha convertido al pequeño emirato en el país con mayor renta per cápita del planeta y el primero entre los árabes en organizar un Mundial de fútbol.
El emir quiere convertir a su país en primera potencia del deporte mundial. Van a albergar un gran premio de Fórmula 1 y un campeonato de atletismo en 2030. ¿El objetivo final? Hacerse con las olimpiadas de 2036.
Deberíamos saber que Amnistía Internacional ha denunciado que emigrantes procedentes de India, Pakistán, Sri Lanka, Nepal y Bangla Desh que trabajan en la construcción de los estadios y zonas adyacentes, han sido vilmente explotados. Algunos son objeto de trabajos forzados: no pueden cambiar de trabajo ni salir del país y suelen tener que esperar meses para cobrar sus salarios. Mientras, la FIFA —organismo internacional de gobierno del fútbol—, sus patrocinadores y las empresas de construcción implicadas, se preparan para obtener ingentes beneficios económicos de la celebración del torneo.
Los trabajadores han tenido que pagar elevadas comisiones (hasta 4.300 $ estadounidenses) a los intermediarios en sus países de origen, algunos endeudándose; soportar condiciones de hacinamiento y de falta de higiene y seguridad en sus alojamientos, que infringen la propia legislación catarí; ser engañados en cuanto al sueldo ofrecido en su lugar de procedencia; a veces sufrir retrasos en el cobro de sus emolumentos…
Por si esto fuera poco, algunos empleadores no expiden o no renuevan el permiso de residencia a sus trabajadores, documentos sin los cuales pueden ser encarcelados o multados. Por esta razón, hay miedo a aventurarse más allá del perímetro de las obras o del campamento donde viven. Es más, en ocasiones, se les retiene el pasaporte por los contratantes.
Si los trabajadores se quejan de las condiciones o piden ayuda, normalmente son intimidados y amenazados, y quienes se niegan a trabajar así, son amenazados con deducciones de la paga, o con ser entregados a la policía para su expulsión, sin recibir el sueldo que les corresponde.
Desde que Catar fue escogida como sede en 2010, cuando unos presuntos sobornos denunciados por la prestigiosa revista France football en 2013, la dieron por ganadora, las sospechas e informaciones que relacionan a este Estado con la corrupción no han cesado de aparecer.
Nombres como Nicolás Sarkozy, Michel Platini, Ángel María Villar, Sandro Rossell, operaciones como la compra del PSG por el emir catarí, los patrocinios del Barcelona FC y del Bayern de Múnich, o el escandaloso contrato que se cree roza los 150 millones de euros a David Beckham por hacer de embajador oficial del evento, salieron a la palestra, y el propio diario británico The Sunday Times publicó en 2016 nuevas informaciones que afirmaban que Catar pagó a la FIFA 880 millones de dólares por haber sido elegida sede del Mundial. Hasta la propia fiscalía estadounidense denunció en 2021 que tenía pruebas de que tres consejeros de la FIFA fueron sobornados para respaldar la candidatura.
Con todo, lo más lamentable es la pérdida de vidas humanas; en febrero de 2021, el diario británico The Guardian denunció que 6.500 inmigrantes habían fallecido en la construcción de los estadios y desarrollo de las instalaciones (básicamente por caídas desde gran altura o golpes de calor), o lo que es lo mismo, 12 trabajadores al día habían muerto desde 2010. Así de demoledor se muestra también el informe ‘Detrás de la pasión’, elaborado por la Fundación para la Democracia Internacional.
El argentino Guillermo Whpei, presidente de la Federación Internacional de Museos de Derechos Humanos, ha señalado que en Catar se maltrata a la mano de obra y se le obliga a trabajar entre 16 y 18 horas diarias sin un solo día de descanso.
A pesar de lo expuesto, la mayoría de los aficionados al fútbol desconoce esta tragedia, mira para otro lado u observa en silencio lo que ocurre, sin manifestarse, y parece que esa tendencia se va a mantener hasta la celebración del que ya se conoce como el Mundial de la vergüenza. Me consuelo pensando que, al menos, los lectores que han llegado hasta este párrafo, ya no pueden decir que lo desconocen.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





