La Semana Santa me hace sentir en Sevilla el regreso de un pasado. Es como recibir favores de otro tiempo que no fue el mío, regalos desde años en los que yo ni siquiera había nacido. Es como una especie de justicia para quienes amamos lo mejor de Sevilla, aquellos a los que también nos cabe en ese amor tener que amarla en lo peor.
En La Carretería la calle se abre como un libro de páginas doradas, con hojas tomadas de color y aroma de humedades. Es un libro guardado en archivos oscuros, pero que desempolva y alumbra la tarde del Viernes Santo. Todo parece de una bonita antigüedad romántica. Es como un pergamino con la inscripción de una crónica vencida que revive su victoria ante mis ojos.
Es verdad que Sevilla tiene un color especial. Y es, muchas veces, este color sepia de su añoranza y su recuerdo.





