Tu cabeza no conoció en siglos la derrota de una sola inclinación. Ni un solo Viernes Santo cayó derrumbada sobre el pecho. Nadie lo vio jamás. Y hasta en las viejas lozas de azules cielos alfareros, siempre cruzas el puente como ahora: expirando. No hubo quien diera con una sola estampa donde salgas ya abatido. Tu agonía es un largo suspiro que va de Triana a Sevilla y regresa cogiendo por el lamento de un martinete llorado en la vieja Cava. Eres, Cachorro, un último aliento eterno entre dos orillas, y el hilo de vida que aguanta en tus ojos. Siempre expiras, nunca mueres… nadie te vio vencido.





