No eres más, ni menos, que el recuerdo de la gran heroicidad de la Historia humana. Porque después del tercer día ya no estuviste más “con sangre en las manos” ni “por desenclavar”. Siempre te vio así el poeta y no quiso ese cantar de las saetas para el “Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”. No sé dónde ni en qué Cristo de los Gitanos en cruz te vio Machado. Pero cruzando el puente, allá en San Bernardo, yo puedo decirte, Señor de la Salud, y en la belleza de tu tarde izada de Giralda, yo puedo decirte que sí eres Tú mi cantar.





