Mi padre murió el día que estrené mis primeros zapatos de tacón. Vivíamos en una casa de pueblo y en su soberao aislé mi adolescencia haciendo de la estancia un mundo fantástico lleno de proyectos en el aire. Despertaba a una edad que todos llamaban complicada y a mí en especial me parecía la puerta a la libertad. Las prisas por crecer casi me hacían olvidar mi infancia de albercas, higos y siesta.
Había estado bordando un mes con doña Paquita, en el gran zaguán de su casa con otras niñas de la calle. Era una tarea tan difícil que aún hoy no entiendo cómo estás manos tan torpes pudieron dibujar con hilos de color granate aquel abecedario tan minucioso que mamá enmarcó para que presidiera la salita de estar. Hacíamos encargos para novias y bordábamos en sábanas de hilo iniciales y panetes. Conseguí ahorrar suficiente para comprar en la tienda de Vidal los zapatos de mi sueño. Los habían dispuesto hábilmente en el centro del escaparate. Eran de charol rojo, de punta y con un gran tacón de aguja. No tenían mi número y, a pesar de ser pequeños, los adquirí ilusionada. La adolescencia, no sé por qué, trae implícita el énfasis de la feminidad queriendo superar tu altura en 10 centímetros más. Caminaba de vuelta a casa con los zapatos bien envueltos en su caja e iba pensando en practicar con ellos en el pasillo de arriba antes de que llegara mi madre de la fábrica. Papá estaría viendo una corrida de toros en la tele, con el oxígeno puesto y su copa de vino.
Subí a mi habitación a toda prisa, con mis mocasines negros y feos. Los escalones desiguales me habían jugado más de una mala pasada y a base de tropezones aprendí a ganarles la partida. Dieciséis peldaños rematados por un perfil de madera desgastada. Me descalcé y me quité los calcetines azules del colegio y con sumo cuidado embutí mis pies en mis flamantes zapatos de tacón rojo. Empecé a caminar muy despacio por mi cuarto sin parar de sonreír, primero torpemente, al rato con una soltura y elegancia increíbles observándome en el espejo de mi viejo armario donde antaño se observaba mi abuela. Me apretaban de manera insoportable y aún así me pareció la mejor compra de mis 15 años. De pronto, oí llegar a mi madre. Es silenciosa, pero el escalón 13 me avisa con su crujido de visitas inesperadas. Me descalcé a toda prisa y volví a meterlos en su caja y ésta en el altillo de mi armario, y justo entonces mamá irrumpió en mi cuarto.
– Hola, cariño, baja a cenar.
Antes de salir de mi habitación eché una mirada al altillo y sonreí ilusionada.
Mientras cenaba buscaba la ocasión para estrenar mis zapatos. La sopa caliente me quemaba los labios y eso distraía mis pensamientos para acabar de nuevo en mi ilusión de charol. No tenía ningún evento a la vista y esos tacones, sin un buen mozo al que agarrar su brazo, no estaban bien vistos. Sólo las mujeres de vida desordenada se atrevían a romper esos esquemas de moral y decoro. Entonces me encontré con un obstáculo con el que no contaba: mi novio. No tenía pareja. Compré el collar antes que el perro, y entre sorbos de sopa empecé a repasar mentalmente a futuros candidatos… Pedro no, que es pelirrojo y no combina… David es bajito, sería humillante para él…. Daniel camina con los pies en posición de 15:15h… pisaría mi charol, descartado. Conforme pasaban los minutos me iba agobiando más y más. No veía la ocasión y eso me provocaba angustia y rabia. Mi madre intuía mi preocupación pero no me decía nada. Papá seguía viendo la televisión y yo continuaba repasando mentalmente mi futuro inmediato. De pronto me veía pequeña, inútil, equivocada… pero al pensar en mis zapatos todas mis dudas se desvanecían. Y así pasaron semanas y el altillo cerrado a cal y canto…
Un buen día papá dejó caer su vaso de vino. Mamá desconectó el oxígeno y un señor serio le cerró los ojos. Yo llevé en su entierro mis zapatos de charol rojo…





