Sevilla amanece extrañándose a sí misma en este Domingo de Pasión diferente sin Pregón de la Semana Santa, pero sostenido al menos en parecidos razonables con los de toda la vida gracias a las colas de los besamanos y los besapiés.
Cualquiera sabe si no tener Pregón acabará en algo mucho mejor que tenerlo, con lo acostumbrados que estamos a haber escuchado tantos años -salvo excepciones memorables- los tostones decididos por el Consejo mal aconsejado y los arzobispos que no entienden nada ni de Semana Santa ni de Sevilla. Son tan malos y pesados que hasta empieza a plantearse que algunos pregoneros que lo fueron vuelvan a serlo otra vez, por ejemplo Carlos Herrera, lo cual entiendo perfectamente sabiendo como sé que muchos son los elegidos pero no debieron haber sido llamados nunca. Jamás. Petardos, que decimos en Sevilla.
Lo del Maestranza en homenaje al Pregón seguramente va a ser -tengo mucha fe en ello- mucho, pero que muchísimo mejor que el Pregón suspendido. El escenario -como muy cerca de allí hace el toro- va a poner a cada uno en su sitio.
En la ciudad, en los templos, el Domingo de Pasión será más reconocible, pues las colas aguardan su momento en los besamanos y besapiés.
En San Juan de la Palma con el Señor del Silencio, que por una ocasión excepcional no va ante el desprecio de Herodes, sino ante la mirada amorosa de su Madre, la Virgen de la Amargura. El tetrarca no lo mira esta vez de lejos contrariado con su mudez de Dios, sino que ha quedado contemplado por su Madre, convirtiendo el presbiterio en un lleno absoluto de Silencio y Amargura, donde se representa mejor que nunca lo que duele un hijo, el Hijo de Dios Vivo. La verdad es que el Herodes ausente ha facilitado en San Juan de la Palma una imagen conmovedora gracias a haberse ido este año al Casino a sentarse en una silla de Ikea. ¡Qué lamentable exposición con los misterios sobre las telas desparramadas del Cine Dis! Como si no hubiera corcho.
Cientos de personas esperarán su turno, como ya ayer sábado, a ver a la Virgen de Montserrat y al Cristo de la Conversión. De categoría.
Lo mismo en la Capilla del Museo, aunque la entrada se hace este año por la pequeña puerta de las dependencias de la Hermandad. Como siempre, la escenografía de paso antiguo y azulejo de la plaza con la Virgen a los pies del crucificado de la Expiración. No obstante, a muchos no les ha gustado la diadema de la Virgen de las Aguas, propia de una época pasada, en los años cuarenta, y superada artísticamente por la que luce bajo palio. Les parecía, más que una diadema, “un abanico”. Y desafortunada la mezcla de manto, saya y hasta un cíngulo de hebrea, ajeno al conjunto de los bordados.
En el altar mayor de la Parroquia de La Magdalena está situado el misterio completo de la Quinta Angustia. Pero no destaca sobre el fondo barroco del retablo, se pierde. Una pena que no se haya tenido claro el concepto y no haber tratado este maravilloso conjunto escultórico con la independencia estética que le hubiera permitido un telón de fondo en terciopelo, como se hace en tantos casos.
El ejemplo exquisito está en la Parroquia de Santa Cruz, donde el Cristo de las Misericordias preside el altar mayor, sin que tras él sea visible el templete fijo con una Virgen. Y por cierto, ¿a quién se le ha ocurrido y quién ha permitido que en un templo de esta solera se hayan colocado, en los pilares de la entrada, a ambos lados de la nave central, unos cuadros espantosos de Pablo VI, Juan Pablo II y no sé qué cura o religioso? ¡Qué horror y qué amaneramiento de azules chillones!
Por último, una de las imágenes más bellas que nos dejó la semana fue la del Cristo de la Exaltación con la Virgen de las Lágrimas en el altar mayor de Santa Catalina. De nuevo, y con todo acierto, el crucificado con la dolorosa a sus pies. Precioso.
Fotografías de Beatriz Galiano
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