Sentado en la terraza del César, en plena calle Alcalá, tomo el aperitivo contemplando la Puerta Grande de Las Ventas. Cierro los ojos e imagino que el reloj hace un quiebro para llevarme a una tarde de toros en el Madrid de principios de los ochenta. Por la avenida suben Set 600, 124 y taxis negros y blancos. Hombres de americana, corbata y sombreros, discuten en la barra de acero y mármol la corrida de ayer mientras el camarero despacha cafés, cañas y algún vermú. El periódico descansa abierto sobre la mesa y, entre la crónica política y los resultados de fútbol, asoma la cartelera taurina. Lo coge un señor trajeado, de gafas grandes, bigote y sonrisa afable, y lee el cartel de la tarde: Palomo Linares, Galloso y Julio Robles. Buenos diestros, como lo era él con la pluma. Lo que no podía imaginar es que, una tarde de septiembre de 2026, sería su nombre el que se anunciaría a las puertas de Las Ventas.
Se llamaba Fernando Vizcaíno Casas y su nombre sigue resonando a superventas. Llegó a ser apodado “Mister Bestseller” por los más de cuatro millones de ejemplares que vendió, y en las estanterías de cualquier librería española aún se topa uno con… De “camisa vieja” a chaqueta nueva, Hijos de papá, La boda del señor cura o …Y al tercer año, resucitó. Este pasado domingo 27 de septiembre su nombre se anunciaba en la Sala Antonio Bienvenida de la Plaza de Toros Monumental de las Ventas para rendir homenaje a su figura en una mesa redonda titulada “Fernando Vizcaíno Casas y su afición taurina”. A las doce y media del mediodía hizo el paseíllo una cuadrilla de categoría con el colaborador de SevillaInfo Eduardo J. Pastor y los hijos del escritor Eduardo y Fernando Vizcaíno de Sas.
El recibo con el capote fue cosa de Eduardo Pastor que con una intervención elegante, intensa y emocionante dedicó una semblanza única de Vizcaíno Casas. Contó cómo el escritor vino al mundo en Valencia, mirando el mediterráneo, en 1926. Fue un hombre de mente brillante y con un instinto natural para revelar misterios y verdades ocultas. Cercano a la espiritualidad y con cierto exceso de perfeccionamiento. Su prosa ligera y su fino lenguaje supieron retratar una España que cambiaba a zancadas. Pastor remató un tercio medido confesando su sueño cumplido: poder hablar, por fin, de Vizcaíno Casas. En el tendido de la sala reinaba la expectación entre familia, amigos, aficionados y hasta Ignacio Izquierdo, nieto del poeta Adriano del Valle.
Con el toro cuadrado y el puro encendido, los hijos pidieron permiso para iniciar la faena en nombre de su padre. Enseñaron su cara más íntima y en su discurso los presentes presenciamos que Fernando Vizcaíno Casas no solo era un aficionado a los toros, sino un torero. Anduvo siempre de frente ante la vida. El hijo del paragüero, que quería ser escritor con el disgusto de un padre empeñado en que su único hijo heredara el negocio familiar de paraguas y abanicos. Le demostró que podía llevarlo adelante, pero su sueño era otro, y escribió para pagarse la universidad. Tuvo el arrojo de marcharse solo a Madrid a ganarse la vida y la torería de ganarse la amistad de sus clientes, porque además de escritor y periodista fue abogado laboralista, especializado en el mundo del teatro, el cine y los derechos de los actores.
En el mundo del toro siempre será recordado como el periodista que firmó la última entrevista a Manolete. Su gran referente en la tauromaquia al igual que Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida. A diferencia de ellos, el escritor nunca necesitó vestirse de luces, su vida fue una faena en la que se puso de frente para citar los embistes de la vida y recibirlos con torería. No tuvo envidias, llevó el éxito con humildad e hizo del trabajo, el esfuerzo y la constancia sus tres suertes para ser admirado por todos los que lo conocían.
Fernando Vizcaíno Casas, además de merecer ser leído, merece ser conocido. Supo que en los toros, como en la vida, hay que ir con valentía. De todo lo que nos dejó dicho sobre la fiesta nos queda una frase que es divisa: “la fiesta es España y mientras España subsista, subsistirá la fiesta”.
Caen los aplausos en la sala Antonio Bienvenida. Vuelvo a cruzar la calle Alcalá y tras sentarme en la barra de Casa Toro, en el primer sorbo de vermú miro a lo lejos. En una mesa del fondo, el señor del bigote dobla el periódico y se levanta sin prisa. Deja una propina generosa, sale a Alcalá y se pierde entre los Seat 600.
Hay quien resucita al tercer año. Él lleva casi veintitrés y sigue llenando la plaza: la del alma de todos los que siguen descubriendo a Fernando Vizcaíno Casas. Los toreros se retiran cuando se cortan la coleta; los escritores, cuando el último lector cierra el libro. Y yo, maestro, acabo de abrirlo. Pido otro vermú, paso la página y enciendo el puro. Vizcaíno Casas ha vuelto a parar los relojes.






