
Profesor, de Alcurrucén, el toro de la feria
Tarde de sorpresas y de confirmaciones en la plaza de toros de Sevilla la última de abril en esta Feria 2025. La sorpresa agradable fue la de David Galván (dejemos para después a El Fandi), al que se le esperaba con una mezcla de expectación por lo exhibido en las dos últimas temporadas -Madrid el año pasado- y recelo por lo ocurrido recientemente en Zaragoza. Y el de San Fernando dio un recital de toreo de buen gusto, llevando y entendiendo a sus dos toros, distintos pero buenos.
Sorprendente fue también que el toro de la Feria haya llegado tan pronto, en esta quinta del abono, pero es que raro será que haya otro animal con tanta acometividad, nobleza, bravura y ganas de embestir y embestir y seguir embistiendo como como el cuarto de Alcurrucén, Profesor de nombre, que le tocó en desgracia a David Fandila, el Fandi. Porque el dicho “el toro pone a cada uno en su sitio” nunca estará tan justificado como en este caso. Y los sitios del granadino pueden ser muchos (portátiles, bellos pueblos de España, de América, su cortijo…) pero nunca una plaza de primera como la de Sevilla. Eso sí que fue una confirmación.
Muchos aficionados recordaban la corrida de la prensa de Madrid 2019, en la que Fandila tuvo que torear un sexto de Santiago Domecq -a Pablo Aguado lo había cogido el tercero- pleno de bravura y al que machacó con tres puyazos y cuatro pares de banderillas cuando vio que no podría con él. En esta ocasión no lo hizo así y trató de torearlo pero en ningún momento se le vio apto. La bravura y capacidad de embestida de Profesor pasaron por encima de un profesional que tiene su público, pero que está en según qué sitios por ser vos quien sois (Matilla…) y las componendas como única explicación. Dio muchos pases, muchos y unos cuantos más, y mientras más pases daba más se descubrían el toro y el torero. Los primeros, de rodillas y circulares fueron más que definitorios. Los últimos, de pie y con la cara descolgada, lo confirmaron ante la indignación de los aficionados y la complacencia del público. Pinchó antes de dar una estocada efectiva, se escucharon algunos pitos y peticiones de un pañuelo azul merecidísimo pero que nunca apareció.
Si la espada no fuera fundamental en esta Fiesta, David Galván podría haber abierto la Puerta del Príncipe, sorprendente, pero real. Pero los toreros son matadores de toros. Hecha esta salvedad, qué delicia de toreo ofreció. Qué buen gusto para llevarse al segundo -un toro que humillaba pero aún sin definir- a los medios y luego torearlo por la derecha con elegantes cambios de manos y remates. Estuvo Galván muy suelto, confiado y seguro. Segurísimo. Las series de adornos antes de matar, trincherillas, otros por bajo, naturales y de pecho fueron soberbios, pero el estoque, que se hundió con aroma de dos orejas, estaba mal colocado y tuvo que descabellar tras un aviso, acertando al cuarto intento. Renunció con nobleza a dar una vuelta al ruedo que se le pedía desde los tendidos para esperar al quinto.
No humillaba y no se entregaba en la embestida pero Galván demostró su profundo conocimiento y acabó metiéndolo en el canasto después de tres series, corriéndole bien la mano y llevándolo con suavidad pero firmeza. Sin la ayuda de un animal soso y que se desfondaba, arrancó pases por cada mano antes de meterse entre los pitones. Dos circulares invertidos abrocharon una buena faena, peeero… Estocada trasera y caída, aviso y tres descabellos. La segunda ovación a buen seguro que no compensó su esfuerzo, aunque David Galván dejó claro en su segunda comparecencia Sevilla –o tercera… 😉 – que merece oportunidades y que hay que prestar atención a su temporada.
Atraviesa un momento incierto ese buen torero que es Ginés Marín. En sus dos faenas a sendos descastados toros -los peores de la tarde- se empeñó en torear como si los animales tuvieran condiciones, algo lejos de la realidad, en vez de apostar por luchar y demostrar su lucha. No hablamos de tremendismo, que no se trataba sólo de arrimarse, pero sí de tocar con fuerza, de citar con la voz, de obligar a los toros por las bravas, precisamente porque tenía que poner él la bravura que le faltaba a sus enemigos. Escuchó generosas palmas en uno y fue silenciado en el otro.
Por lo bueno y por lo malo, una entretenida quinta tarde del abono, la última antes de los carteles de las figuras, los llenos y hasta la tele.






