Ha vuelto a quedar demostrado que Roca Rey es el torero perfecto. El torero perfecto para los tiempos que corren, de sociedad desnortada, de plazas otrora de primera en las que se medía a las figuras y ahora convertidas en albergadoras de público deseoso de contar que ha vivido grandes gestas, aunque sean mentira. Así las cosas, un torero como el peruano, con mucho valor pero jaranero, de arrimones que provocan el delirio entre el público y que, de esta forma, justifica fácilmente las exageradas concesiones de trofeos -como la de esta desapacible tarde del 20 de abril de 2024- es el que necesita esa nueva plaza de toros de Sevilla, con su puertecilla del príncipe siempre dispuesta a abrirse.
Apropiado este texto de Chaves Nogales en su obra La Ciudad: “Sevilla ha sido clasificada como ciudad típica por quienes han visto de ella únicamente la Plaza del Triunfo, el barrio de Santa Cruz y la Macarena, donde la diligencia municipal ha expuesto una Sevilla fácil –facilidad de cortesana acicalada previamente para los negociantes que llegan presurosos– … No es censurable este aspecto. En unas horas, el caminante ha podido gozar la ciudad y marchar satisfecho”. Cámbiese “Sevilla” por “la plaza de toros de Sevilla” y “diligencia municipal” por “vaya usted a saber quién”, porque, reconocemos, no sabemos quién es el culpable del tremendo cambio a chabacano cortesano -dejemoslo ahí…- que ha dado la hasta hace unos años respetable hasta la intimidación Plaza de Toros de Sevilla.
Y Andrés Roca Rey, que conoce y maneja bien los resortes de este su tiempo, vino a Sevilla sabiendo lo que tenía que hacer. A nada que le medio embistieran los toros de Victoriano del Río lograría no quedarse por debajo de su enemigo de ahora, Daniel Luque. Los lances con el compás hacia atrás fueron calentando al público y mostraron que el toro le podía servir. Galopaba y aunque sólo respondía bien a los dos primeros pases era apto para sus intenciones. Pase cambiado de rodillas para empezar, varios derechazos y música. Mucho sitio al toro, un circular, varios naturales pudiéndole… Sólo faltaba el arrimón, aderezado de una cogida. Estocada, dos sonrojantes orejas y la puertecilla se iba abriendo, acicalada y sonriente. En el quinto, recital de toreo con el pico en una faena mediocre que iba perdiendo calidad a cada pase, pero con la música sonando y la gente jaleando, en imagen digna de un poblacho. Antes de que decayera totalmente había que meterse entre los pitones, culminando con bernadinas y una estocada desprendida. Aviso, oreja y puertecilla abierta de par en par esperando recibir lo concedido.
Pablo Aguado estuvo francamente bien toda la tarde. El tercero, flojo de fuerzas como toda la corrida, no humillaba y no culminaba ninguna embestida. Echaba la cabeza arriba y protestaba si se le obligaba. Dio unas preciosas verónicas de recibo y respondió, algo atolondradamente, por chicuelinas a un soberbio quite por delantales de Juan Ortega. Lo sacó a los medios con mucha torería y enseñó detalles de su concepto puro del toreo, mostrándose dispuesto y muy por encima del toro. Mató de pinchazo y estocada y fue ovacionado. Al último le dio magníficos muletazos, los mejores de la tarde, con la dificultad añadida de hacerlo al hilo de las tablas, ya que al ser imposible sacarlo se metió allí con él. Aguantó el molesto cabeceo, supo lidiar con el viento y mató de una buena estocada. Oreja.
Juan Ortega recibió una cálida ovación de los tendidos, que aún recordaban su faena al toro de Garcigrande el lunes pasado. Pechó con el peor lote de la corrida, que aunó el paradigma de la nobleza imposible de rentabilizar por una exasperante falta de fuerzas. Lo intentó, pero donde no hay… Fue aplaudido por su trabajo.
Algunas reflexiones.
Lejos los tiempos de la sombra abonada completa, desazón al ver los tendidos 1 y el 3, los teóricos y tradicionales guardianes de las esencias, levantarse jubilosos ante el arrimón de Roca.
¿Les merece la pena a toreros como Pablo Aguado o Juan Ortega, con ese concepto tan sublime del toreo, seguir por ese camino? Porque está claro que lo que corta orejas es el tremendismo y la temeridad.
Sevilla ya no mide a las figuras, ahora, solícita, las acompaña. La sensibilidad ha trocado en festivalería.
Sólo queda un cartel, el de los Miuras. A ver…






