El balance de la tarde mientras Daniel Luque, de Gerena (Sevilla), trasteaba con el quinto no podía ser más desolador para un cartelón como el de la tarde del 15 de abril en la Maestranza. Un quite por tafalleras lentísimas de Juan Ortega al segundo, los lances de recibo de Luque al mismo, la briega de Curro Javier al primero. Sólo cositas. Morante, nada con un lote imposible. Toros malos…
Para colmo, lo que veíamos sobre el albero era un extraño empecinamiento del torero de Gerena en intentar torear a un sosísimo animal. Sin alma, incapaz de llevar un mínimo de emoción. Sin raza, no quería la muleta. Sin bravura, quería irse siempre, salía del muletazo y se quedaba mirando a las tablas. Peligroso, se le coló dos veces. En nuestras notas estaba escrito: “Luque lo intentó, aunque más por vergüenza torera que otra cosa”. Pues no. Lo intentó porque, además de esa virtud, por profesional inteligente sabía que delante había algo, incluso aunque no lo viera nadie en una tarde cuesta abajo.
Siguió y siguió porfiando hasta que le arrancó una serie por la derecha que mereció música. Pero en el albero de Sevilla no había florituras, había trabajo duro, concienzudo, y el propio torero, pidió, respetuosamente, que parase. Siguió trabajando, inventando una faena que iba hacia arriba disparada y que pudimos descubrir en los tendidos, por fin, tras un tremendo redondo. Ya había ganado, pero no había acabado: Se sucedieron, derechazos, naturales y luquesinas para culminar una faena de torero poderoso, de “tú embistes porque me sale a mí de la taleguilla”. Tras escuchar un lógico aviso, acabó con la vida del toro de Domingo Hernández de una estocada. Oreja de ley, de peso.
Curiosa la cuestión del peso de las orejas: al entender de este cronista, más tiene ésta sola que las dos del último toro de Núñez del Cuvillo. Y hay que decirlo en el contexto que rodea a Daniel Luque, hoy por hoy el torero más poderoso del escalafón: El poder se demuestra en el ruedo, con tendidos llenos o vacíos. No en los despachos esgrimiendo, incluso aunque sea verdad, capacidad para llenarlos.
Tarde noche ya, “se ha salvado la corrida”… “a ver qué hace Ortega en el sexto, pero bueno, al final no ha estado mal del todo»… Un momento, oiga. Con la legitimidad de haberlo hecho antes en este sitio web, recordamos que el que tiene el duro es el que lo cambia. Y el duro de Juan Ortega, de Triana, es del oro más puro que se pueda encontrar.
El toro se llamaba Florentino y tenía, lógicamente, muchos cuernos. Se quedaba cortito y Ortega no pudo lancear, con la consiguiente decepción de los tendidos. El bicho mostraba escasas fuerzas, pero también clase. El trianero optó por empezar con unos ayudados por alto, pero rematados con trincherillas preciosas, pases suaves, puros, despaciosos. Los naturales de la primera tanda, bajísimos, eran eternos. Y a cada serie, un paseo, mostrándose, dejando que Florentino cogiera aire, cuidandolo. Y cuando le volvía a ofrecer la muleta, con espacio, para recibirlo y luego ligar. Los remates, genuflexo primero, erguido después y por bajo siempre, tirando de él cuando ya lo tenía embebido en la muleta, fueron algo maravilloso, instantes que se convertirán en eternos en la cabeza de los aficionados y el público que llenaban los tendidos maestrantes. La estocada fue fulminante y el duro de oro purísimo fue cambiado por dos orejas, con la sensación de que Juan Ortega sí que llegará este año a donde su toreo debe y puede hacerlo.
Luque le dió buenos lances de recibo al segundo, el del mencionado tercio de quites. El toro humillaba, pero tenía peligro, parones incluidos. Lo intentó pero, probón y siempre andarín, no era fácil pararlo, menos cuando su escasa raza dijo que se acabó. Pinchazo, estocada y palmas.
Del tercero, sólo reseñar que Juan Ortega estuvo muy dispuesto ante una animal manso, que reponía y se revolvía, con lo que nos quedamos con las ganas de volver a ver su capote. En la muleta, se tragaba los dos primeros pases, pero al tercero se defendía. Estocada y silencio.
Tras un esperanzador inicio de faena, con varios buenos derechazos, el primer toro de la tarde dejó de embestir en la muleta de Morante y se acabó todo. El cuarto (bis), un sobrero de Matilla, se quedaba corto en la muleta, perdía las manos, cabeceaba… Un desastre. Se echo después de media arriba, cinco descabellos y un aviso. Respetuosos silencios.
Tras el pasional último tercio vivido en la Mestranza de Sevilla en la calurosa tarde del 15 de abril 2024, no podemos evitar, a modo de conclusión, repetir dos párrafos que usted, querido seguidor, ya habrá leído si ha tenido el valor de aguantar esta crónica al completo, pero es que son elocuentes en estos tiempos que vivimos en la Fiesta: “El poder se demuestra en el ruedo, con tendidos llenos o vacíos. No en los despachos esgrimiendo, incluso aunque sea verdad, capacidad para llenarlos”. “El duro de oro purísimo fue cambiado por dos orejas, con la sensación de que Juan Ortega sí que llegará este año a donde su toreo debe y puede”.
P.D. ¡Viva la Fiesta Nacional!






