Desolado después de que doblara el toro, Borja Jiménez no quiso ni mirarlo. Diablillo, que así se llamaba el quinto de Garcigrande, había sido bravo, noble y repetidor, algo justo de fuerzas -como toda la corrida de esta segunda tarde de San Miguel en Sevilla-, pero con casta y raza. Y el buen torero de Espartinas lo había entendido y cuajado, desde la larga cambiada a portagayola hasta el último remate, ya con la espada de verdad en la mano. En medio, casi una docena de lances a la verónica, dando distancia, suaves y lentos, un exquisito cuidado en la lidia y una gran faena de muleta.
La inició de rodillas, aprovechando el buen pitón derecho del animal. Aunque no hacía cosas raras, había que llevarlo toreado siempre, porque la casta de Diablillo no dejaba lugar al más mínimo descuido. Borja le daba tiempo entre serie y serie para que, una vez que recuperaba resuello, ahora otra por la derecha, ahora una extraordinaria de naturales tras cambiarse la muleta por la espalda, luego los adornos, genuflexo y ya con el estoque. El triunfo, a los sones de Juncal, estaba en el esportón, pero quedaba lo que te da y quita, lo que cambia las crónicas.
Y ahí el espartinero no estuvo bien. El primer pinchazo disipó la duda del número de orejas, el segundo dejó la cuenta a cero y el tercero llevó la frustración tanto al matador como a unos tendidos entregados. Cuando la espada, a la cuarta, quedó en su sitio, la rabia primera y desolación posterior se mostraron nítidamente en el rostro de Borja Jiménez, sabedor de que había perdido la gran oportunidad de poner colofón de oro a una temporada de ensueño.
La tremenda ovación que recibió le obligó a dar la vuelta al ruedo, más por respeto que por ganas, aunque es muy digno de destacar si tenemos en cuenta que ese premio está cada vez más en desuso.
Borja Jiménez es un gran torero y ha encontrado su camino en los dos últimos años. Le queda un trabajo muy muy concreto por delante este invierno, aunque con la afición y las ganas que demuestra seguro eso no será ningún inconveniente.
Algunas cosillas más, pocas, se pueden destacar en esta segunda corrida de la Feria de San Miguel de 2024, celebrada con todas las localidades ocupadas y bajo un calor bochornoso.
Sorprendió la faena de Roca Rey al tercero. El toro mostró un galope alegre y mucha fijeza, pero de fuerzas andaba cortito. Tras varios intentos, el peruano le arrancó una serie, aprovechando inteligentemente esas cualidades. Pero tras una buena tanda de naturales, la faena empezó a desinflarse. Lo propio en este torero habría sido el habitual arrimón novilleril, pero lo que hubo fue buen toreo, ejemplificado en una gran serie de derechazos prácticamente en los terrenos del toro -era lo que pedía- y muy muy despacio. Roca Rey estuvo muy por encima del toro, serio y sabiendo lo que debía hacer. Mató de media baja y escuchó una merecida ovación.
El sexto resultó complicado. Llegaba a la muleta dando saltitos y echando la cara arriba. Aunque embestía pronto cuando se le citaba en largo, Roca no lo hizo en ningún momento y la faena se fue diluyendo. Mató de una estocada.
El segundo, para Borja Jiménez, era pronto y obedecía, pero no humillaba. Encastado pero sin fuerzas. No mostró nada en la muleta y Borja acabó metiéndose entre los pitones en una demostración, quizá exagerada, de vergüenza torera. Entró a matar con el toro dando un pasito y pinchó. Menos de media fue suficiente para acabar con un animal agotado.
Hemos querido dejar para el final a José Mari Manzanares. Es una pena verlo en el ruedo delante de un toro. ¿Qué queda de ese torero soberbio que deslumbró en la segunda década del siglo? Ni siquiera las certeras estocadas, ya que de los 6 intentos de este festejo sólo uno, el que acabó con la vida del cuarto se asemejaba a los de esa otra época. Además, siempre estuvo fuera de cacho, incluso en el cuarto, un toro que sólo intentaba la embestida cuando el alicantino sí estaba en su sitio. Pero se puso ahí, en el sitio, pocas veces; ojalá sea porque lo ha perdido, porque si fue por no provocar la embestida del toro, mala cosa.
En unas horas, Juan Ortega y Pablo Aguado, Matilla mediante…






