En el momento actual de Occidente, donde leer textos de más de treinta líneas lleva camino de considerarse una actividad exclusiva de pretenciosos intelectualoides trasnochados, los tópicos alcanzan gran valor como instrumento para la circulación de ideas, por el enorme ahorro que suponen al evitar el enojoso esfuerzo de la reflexión. Triunfa el tópico porque exige únicamente la adhesión al enunciado de un pensamiento corto que suene algo atractivo y contenga una conclusión más o menos contundente; pero un pensamiento que a la vez ha de resultar simple, conciso y ligerísimo, para que pueda circular con total fluidez entre unas mentes ya preparadas para acogerlo y transmitirlo con la misma firmeza que si procediese de cosecha propia.
Un buen topicazo soltado por los medios de comunicación, las redes sociales y durante los programas de máxima audiencia, adquiere vocación leporina: alcanza velocidad de vértigo y una generosa capacidad de reproducción. Lejos queda ya aquella frasecita tan manida de las pelis yanquis, de que las opiniones son como los culos, porque todo el mundo tiene uno. Ahora casi todos excretamos la misma opinión sobre la generalidad de las cuestiones, por muy enrevesadas, enjundiosas y complejas que se presenten.
Y es que los tópicos resultan muy acordes con nuestro tiempo, donde apenas hay momentos para detenernos a reflexionar. El problema es que muchos de los tópicos encierran unas trolas considerables e interesadamente sostenidas, alimentadas y distribuidas por quienes se benefician de su expansión, y que deben gran parte de su éxito a que participan de la misma naturaleza que las medias verdades: las mentiras con mayor capacidad intoxicadora.
Nos encontramos, por ejemplo, con el consabido topicazo que todavía colea y que tanto gusta repetir a los políticos profesionales, de que contamos con la generación de españoles mejor preparada de nuestra historia; cuando la realidad nos demuestra que, junto a una parte ciertamente muy preparada pero minoritaria de españoles, existe una creciente masa ínfimamente formada, incluso habiendo pasado por la Universidad. Una gran masa a los que se les han ido rebajando escandalosamente los niveles de exigencia, a la vez que se les ha convencido de que son lo mejorcito del mundo mundial, de que tienen derecho siempre a más y que por sus grandes méritos, todo les será ofrecido y permitido. Una gran masa compuesta por jóvenes, y no ya tan jóvenes, autocomplacientes por su «eminente» valía y con una autoestima que asusta, por lo gratuita, inflada e infundada que resulta.
El daño producido por la implantación de este tópico de «la generación mejor preparada», explica en gran parte la actitud de mediáticos personajillos que, pese a demostrar públicamente (por ejemplo, en concursos de la tele de millonaria audiencia) una incultura supina que tendría que llevarles a no salir de su casa durante un trimestre, sin embargo les alienta a mostrarse orgullosísimos sin dar una mínima muestra de rubor por su exultante ignorancia. Actitud esta muy conectada con ese otro topicazo del universo progresista del «No me arrepiento de nada», que circula sin pudor por las bocas de famosos, famosetes y famosillos, a los que tanto les gusta repetirlo y oírse. Seguramente consideran que se trata de una respuesta reservada a sujetos y sujetas de firme y arrolladora personalidad, que están encantados de ser como son y que tienen la generosa deferencia de brindarnos a los demás el lujo de poder conocer la calidad de sus flatulencias mentales.






2 Comments
«Soy como soy; no me arrepiento de nada; somos lo mejor del mundo»; son todas respuestas de ilusos ignorantes que pretenden demostrar sabiduría. Siempre recuerdo la respuesta de «San Juan Pablo II» (el Papa polaco) que modestamente supo contestar a una periodista que lo increpaba: «confieso que he vivido».
Acertada opinión de Miguel Ángel Loma titulada «Tópicos como conejos»; para él mi cordial saludo.
Otro cordial saludo, Claudio. Y gracias por el comentario.