No es porque lo diga ahora el «Frankfurter Allgemeine», pero algunos convendrán conmigo que el pronóstico preciso de lo que se avecinaba lo han podido leer en este diario digital casi con las mismas palabras hace un año o más.
Era obvio, ya entonces, que las cifras que se barajaban estaban absolutamente capadas y semana tras semana lo repetí también por aquellos días en Canal Sur Radio y Canal Sur TV, cuando me invitaban generosamente a participar en las tertulias. Me consta que a ciertos activistas sindicales de dentro y fuera y a algunos de esos amables compañeros a los que siempre encuentra uno despotricando, ocultos en los controles de realización de los programas, les reventaba las narices escucharme repetir lo que ya era obvio y que deseaban tapar a cualquier precio.
No es que yo profetizara nada en ningún arcano al modo de Merlín o Jeremías, sino que bastaba repasar con un poco de atención los datos para comprender que el derrumbe escalonado sería mayor del que pronosticaban los estudios con el claro ánimo de tranquilizar a la población y de no perjudicar aún más los intereses de la economía y, a menudo, del Gobierno.
Repito, como otras muchas veces, que quizá lo han olvidado, pero es que estuvimos más de seis meses escuchando a esos sanadores de palabra fácil a los que llaman periodistas y que participan en las ondas cómo regurgitaban con disciplina férrea que había que transmitir optimismo, no desanimar a la población con lo que era previsible ni tampoco exigir responsabilidades. Esto sobre todo, porque decían que no era el momento de discutir de nada ni de plantarle cara a las desquiciante pasividad y desastrosa gestión de un Gobierno noqueado que levantó todas las prevenciones antes del verano sólo porque el presidente había reservado ya La Mareta y Las Marismillas para pegarse una juerga con los amigotes de la infancia a costa de los fondos del Estado después de habernos confinado masiva y apenas selectivamente a todos hasta provocar la parálisis absoluta de nuestra maquinaria productiva.
Mientras todo eso sucedía, el Gobierno se aplicaba en resolver sus mejunjes inoperantes y sus cuitas más insospechadas, a menudo sobre asuntos peregrinos y grandilocuentes para desviar la atención sobre el núcleo del problema, ya fuese la eutanasia, la memoria democrática, el asalto meticuloso y progresivo a la separación de poderes y al conjunto de la Constitución, los ataques y el desdoro de la Monarquía, las barrabasadas cada vez más delirantes de Irene Montero, los cabildeos con los presos de las ETA o los mamoneos con los golpistas catalanes, etc. Y los muy frustrantes silbadores continuaban entonces palabreando al techo o poniendo como los trapos desde sus cómodos silloncitos escondidos a quienes asumíamos el compromiso de argumentar lo obvio, aunque es bien sabido que cuando exigen explicar lo evidente es señal inequívoca de que hay que salir huyendo…, antes de que te expulsen y te acusen encima de no decir cosas científicas sólo porque discrepas o vas contracorriente. En fin, así son ellos, nada que alegar si hablamos de lo obvio, insisto.
Pero ahí los tienen, porque aquel aplazamiento para la exigencia de responsabilidades continúa bajo el embargo decretado por los ‘ornitorrincos’, ni carne ni pescao, que mueven los labios pero nunca dicen más que vaguedades, inocuos pronunciamientos siempre a favor de la distensión y el buen rollito, sin otra justificación que calentar la silla y pasar sin hacer ruido donde debieran ofrecer argumentos y explicaciones.
No esperen nada de quienes no debaten y se limitan a repetir consignas o simples banalidades, pero yo me apunto, de momento, el pronóstico de Tarantino, el célebre director y actor de cine, que no sé cómo andará en el papel de Nostradamus, pero que ha anunciado contra el optimismo cansino que no más tarde de 2028 estaremos todos hasta las narices de esta ola inmisericorde y gratuita de hiper corrección política que apabulla y silencia las voces y los argumentos discrepantes y que la resaca, dice, será demoledora. Apúntense los nombres de todos ellos porque entonces será el momento de darles al menos una ahogadilla en su chapoteo inane en el ridículo.
He dicho.





