Escucho con atención la bien documentada conferencia de una profesora catedrática en la Universidad de Sevilla, habla sobre un asunto erudito. De pronto, dicho de pasada, un lugar común que nada tiene que ver con lo que se está tratando: «Como se sabe -dice- las verdades absolutas no existen».
En efecto, un peligroso lugar común que la entera sociedad acepta como evidencia: cada hombre tiene su propia verdad. Mas resulta que no, que es el carácter absoluto lo que define las verdades de cualquier tipo: o existe Dios o no existe; o estoy escribiendo esto o no estoy escribiendo; o Juan tiene una moneda en el bolsillo o no la tiene. Imposible que existan verdades contradictorias, tales supuestas verdades no son sino opiniones. La verdad es la realidad.
Confundir la verdad con la opinión conduce a un relativismo que hace imposible las leyes y la misma democracia; nihilismo que convive en la mentalidad colectiva con lo que paradójicamente se considera una verdad absoluta: «la mayoría siempre tiene razón». La democracia totalitaria.





