No hace mucho, escribí en una de estas tablillas que los espíritus de alto rango primero cumplen con su deber y, luego, reclaman con fuerza sus derechos, porque no todos los seres humanos tienen los mismos deberes y, en ocasiones, idénticos derechos.
Algunos amigos de mentalidad lúcida me preguntaron entonces quién o quiénes, a falta de dioses preceptores, dictan con legitimidad los deberes y derechos de cada uno. Dificil de contestar al no exisistir una «auctóritas» universalmente reconocida ni ya contamos con el «daimon» del que hablaba Sócrates posado sobre el hombro junto a su oído. Así pues, en una situación tal sólo cabría el nihilismo.
Pero el deber, no el deber del hombre en abstracto, no el deber como especie humana, sino el deber de CADA cual está ahí. Y es justamente la capacidad de reconocerlo y la disposición a seguirlo sin trampas ni autoengaños lo que certifica el alto rango de una personalidad.





