«Nunca en tan poco tiempo se hizo tanto daño a tantos». Y sí, desde el año 2004 a hoy los españoles hemos perdido el alma. El triunfo (¿definitivo?) de la corrección política, la ideología de género, el discurso obligatorio y el relativismo del pensamiento débil dan cuenta de ello. Una catástrofe, un desastre cultural en su acepción más amplia.
Me he referido muchas veces en estas mismas tablillas a cómo el uso y el significado de las palabras conforman la mentalidad de los pueblos o de toda una centuria, se piensa como se habla, pero a su vez los cambios en el imaginario colectivo influyen sobre el uso y el desuso de los vocablos que van siendo recogidos en el diccionario. Por lo general tales variaciones en el expresarse común suelen ser obra de profesores, escritores, periodistas y artistas de cualquier clase que para bien o para mal mantienen o cambian el significado de las palabras y en consecuencia el alma de las naciones. Sin embargo, cuando ese cambio o esos cambios son el reflejo de un desastre espiritual, y es el caso de España, cabe todavía la esperanza, pues entre los escombros del derrumbe que no cesa puede percibirse el emerger de una lengua futura. Pero he dicho que no deseo repetirme, así que me ceñiré a un solo ejemplo, a un solo vocablo, a una sola palabra, a un solo concepto, la voz «burguesía» o «burgués» pronunciada como insulto; «la burguesía explotadora», «el malvado burgués», malvado por definición.
El término «burgués» apareció en la Alta Edad Media con un significado meramente descriptivo; burgués era quien vivía en el burgo, en la ciudad. Fueron Carlos Marx, Lenin, Stalin, las internacionales comunistas, los fascismos, la escuela de Francfort quienes lo convirtieron en un generalizado insulto a lo largo de los siglos XIX y XX. Mas he aquí que hoy, salvo el comunismo arqueológico o la autoproclamada vanguardia artística, nadie considera un agravio ser tildado de burgués, demostrándose así el rotundo fracaso del marxismo, que nos parecía eterno.
Junto a ese cambio nominativo comienzan a extenderse en el habla intelectual nuevos conceptos cargados de significación: «anarca», «metapolítica», «emboscadura»… regresando asimismo palabras olvidadas o prohibidas (espíritu, moral, élite, jerarquía…Dios). Incluso se expanden expresiones tomadas de la antigüedad latina como «auctoritas» o «virtus». De modo que la desaparición del insultante grito de ¡burgués! ha ido acompañada de la aparición de otros adjetivos despectivos: «progre», «progresía», «progrerío». No es un cambio menor.





