«El romano puñetero imperialista…», cantaba Elsa Baeza en 1977. Y sin embargo no conozco a nadie que reniegue de la colonización romana de España (a no ser algún extinto andalucista de tendencia arabizante gustoso de que Andalucía fuese hoy el «Magreb Norte»). Por eso resulta paradójico que en el lenguaje común del progresismo el vocablo «colonialismo» se haya convertido en una palabra nefanda; colonialismo que explicaría todos los males del África negra del siglo XXI, incluidos los asaltos a las vallas de Ceuta y Melilla.
En 1927 André Gide publicaba su libro «Viaje al Congo» donde denunciaba las injusticias y «sevicias» del que eran víctimas los indígenas a manos de colonos y militares. El libro se convirtió así en uno de los hitos de la «imperofobia» militante.
Estos días leo el cuarto tomo de los «Diarios, 1936-1950» completos del Gide, publicados por primera vez en español. Una obra admirable que no tiene desperdicio y en la que para mi sorpresa descubro en las anotaciones de 1938 que, después de nuevos y atentos viajes por el África francesa, Gide reconoce haber exagerado sobre los males del colonialismo ya que Francia representa la civilización en el continente africano. Así lo escribe.
La colonización romana de España duró quinientos años. En 1885, en el Congreso de Berlín los países de Europa se repartieron el continente africano. Ochenta años después ya no quedaba un solo colonizador en aquellas tierras. Quizás los europeos se marcharon de África demasiado pronto.





