Los monjes del año mil se levantaban de madrugada para rezar y pedir a Dios que hiciera salir el sol. A lo mejor no andaban tan descaminados. Eso es lo que pueden pensar los lectores de la última novela de Don DeLillo: ‘El silencio’ (Seix Barral, 2020). Otra novela de ideas que acaba de llegar a las librerías.
De hecho, el libro no va de monjes ni de Alta Edad Media y tiene un argumento bien sencillo de contar que el autor cuenta de una manera exquisita. Una tarde del año 2022 el Sistema que sostiene la actividad del mundo se viene abajo: en un instante desaparece la energía eléctrica; ya no hay luces ni en las casas ni en las ciudades, todo se para, móviles y ordenadores no funcionan, las comunicaciones son imposibles, las estrellas del cielo desaparecen. Nadie sabe qué pasa pues en todas las naciones de la tierra pasa lo mismo. La Ciencia calla desconcertada: es imposible lo que está ocurriendo. No hay respuesta. Uno de los personajes de la novela se ha preguntado: ¿Volverá mañana a salir el sol?
La Ciencia con todo su maravilloso progreso no tiene respuesta para todo, quizás ha dejado de lado «la fascinante configuración de aquella parte invisible de nuestro mundo» (Roberto Calasso: ‘El cazador celeste’, Anagrama, 2020); un cientificismo y racionalismo que niega esa realidad sólo alcanzable por la experiencia religiosa o la reflexión filosófica.
Me preocupa que hechos inesperados e imprevisibles como el Covid-19 nos hagan perder la confianza en el trabajo científico, porque si desconocemos, y lo desconoceremos siempre, el último fundamento de las cosas el cosmos puede ser una gota de agua que se evapora en un segundo. No es a Dawkins a quien necesitamos, sino a Gould.





