La Navidad fue Navidad, por más que las circunstancias sanitarias y sus consecuentes restricciones, incidiendo en los aforos de las iglesias, modificara las formas más tradicionales de la Misa del Gallo.
En decenas de templos sevillanos se ofició como siempre la liturgia del Nacimiento de Jesús.
Muchos de ellos, la mayoría, celebraron las misas del Gallo durante la tarde, como el Convento de Santa Inés, que iniciaba su ceremonia a las 19,30 horas, con su capilla “repleta” de fieles que respetaban el aforo y las distancias de seguridad, además de contar en su entrada con gel alcohólico. Las monjas de Santa Inés (el convento al que Bécquer mitificó en su Leyenda de Maese Pérez el organista), entonaron sus cantos, participando de la Eucaristía tras la celosía de su clausura. Al término de la Misa del Gallo se siguió la costumbre de la adoración al Niño Dios por parte de los asistentes. El sacerdote lo tomó entre sus manos desde el portal levantado en el altar mayor, y lo ofreció a todos los que iban llegando en fila hasta el presbiterio, sin besos sobre la sagrada imagen, pero inclinando la cabeza, en un acto reverencial (como ha venido sucediendo en los besamanos sevillanos, como el de La Macarena), recordando así la adoración de los pastores.
Algunos de los templos de Sevilla rememoraron el Nacimiento de Jesús de la manera más tradicional, a las doce de la noche, ya que esta posibilidad la permitía el toque de queda a partir de la 1:30 horas. Una de las misas más íntimas fue la que tuvo lugar en la Capilla del Rosario de los Humeros (en la fotografía), un bellísimo cofre barroco que había abierto de par en par sus puertas hacia la plaza donde el templo se ubica. En una noche tibia de Sevilla, sin fríos helados propios de estas fechas y a esa hora, el interior de los Humeros unido al exterior ofrecía la visión de una hermosa estampa navideña, propia de una felicitación, un grabado antiguo y tomado del color más entrañable de una Sevilla auténtica.
A pesar de tantos pesares de este difícil y recortado año 2020, la Navidad fue entera. A decir verdad, la venida de Jesús, hace más de veinte siglos, no ha dejado de significar nunca una Luz para la Humanidad, siempre entre sus pesares, de una forma u otra, mayores o menores pesares y dolores por todo tipo de travesías históricas.





