Vaya por delante que una servidora, desde estas líneas, más que una crítica exhaustiva de Serás Farruquito: El Musical, el cual tuvo lugar en la tarde de ayer en el imperioso Teatro Maestranza, lo que pretende es dar un enfoque distinto desde la perspectiva teórico-musical —que es el campo que a mí me compete por formación—, desde un ámbito comunicativo —porque sí, el arte también comunica, pobre de él si no lo hiciera— y con una visión empática, dada mi crianza en familia gitana, gastoreña y de gran calado en la historia de la guitarra flamenca. O sea, consumidora del ARTE GITANO 5J.
Dicho esto, creo que a estas alturas hay poco que no se haya dicho o leído ya en cualquier escrito de grandes flamencólogos, flamencólicos y entendidos en la materia. De ahí que me quiera salir del tiesto y aportar otra perspectiva que, a ojos y oídos de una gran parte de la audiencia, pueda pasar desapercibida, pero que sin duda alguna merece la pena poner en bandeja.
La experiencia Farruquito en la XXIV Bienal comienza en el mismo Parking del Paseo de Colón, a pocos metros del teatro. Casualidades de la vida, me llevan a aparcar el vehículo en el mismo lugar que su hermano Farru, acompañado de otros familiares, entre ellos su niña Soleá —diamante en bruto, ya os aviso… esperen dos añitos más—. En el camino hacia El Maestranza tuvo el artista el “pequeño detalle” de cruzar el paso de peatones con un remate por bulerías. No he visto cruzar un metro de calle con más age en mi vida. En fin, ahí queda la pequeña anécdota.
Pero vamos al lío… como se suele decir.
La noche ya apuntaba maneras: aforo completo, entradas vendidas desde los primeros días de venta y un tótem o cartel de cabecera en la parte alta del escenario que decía “Esta Bienal, Farruquito se deja ver”.
Y efectivamente, así fue.
Farruquito, en su espectáculo, se abría en canal para mostrar su sentir más puro y transparente: su vida, su niñez, su crecimiento personal y artístico, su conciencia, que apuesto a que, por muchos años que cumpla, siempre será la voz de su abuelo. Lógico, ahí me identifico con él tanto… Y ojo, sin omisión alguna, que como ya es sabido no todo han sido triunfos y halagos hacia su baile y su arte.
Y digo yo… que por mucho que se vuele con los pies, hay que tener los pies muy en el suelo para ser capaz de desnudarse de esa manera ante una sociedad, ante un público y aunarlos en un olé.
Cinco capítulos: La Sangre, El Aprendizaje, El Mundo, La Sombra y El Legado. Cinco secuencias y una hora y media le bastó para resumir sus 44 años sin perder el aliento ni dos segundos. Fenómeno.
Una música que también cuenta
No menos arriesgada es la puesta en escena, con un elenco de 16 personas, entre ellos su hijo Juan El Moreno —echaito por la nariz a él, como decimos nosotros— y seis mujeres: Cristina Soler, Cristina Aguilera, María Carrasco, Lucía La Bronce, Gloria del Rosario y Marta Cañizares.
Detrás, en segundo plano visual, que no en lo musical, una instrumentación moderna y evolutiva, pero sin perder el norte, o el sur como me gusta a mí decir. Un acompañamiento musical exquisito que nos hacía cabalgar en el paso de los años y su madurez con total naturalidad y con un ambiente totalmente integrador.
¡Qué difícil es eso!
Aquí la música no se limita a acompañar al baile. La música también cuenta la historia. Teclados, batería, percusión, armónica y flauta, guitarra y cante construyen una paleta tímbrica mucho más amplia de la que tradicionalmente asociamos al acompañamiento flamenco más desnudo. Y, sin embargo, no se pierde la raíz.
A la guitarra, Ramón Amador; al cante, Ismael de la Rosa “Bola”, Ezequiel Montoya y Estrella Fernández; la percusión de Paco Vega; el batería Sergio Fargas; los aerófonos de Fran Roca y el teclado de Robert Chacón.
Y fue todo ello, junto a una escenografía sencilla pero cargada de simbolismo, lo que ayudó a conseguir esa narrativa teatral y biográfica de gran formato que desde un primer momento el artista pretendía.
Hay algo especialmente interesante desde el punto de vista musical: la instrumentación parece crecer con el propio personaje. No escuchamos únicamente una sucesión de cantes, sino una evolución en las texturas, en las capas sonoras y en las posibilidades tímbricas. La guitarra mantiene el vínculo con la raíz, mientras que batería, percusión, teclado y aerófonos permiten ampliar el espacio sonoro y acompañar ese proceso de apertura hacia el mundo.
Es decir, la música también envejece, crece y viaja con Farruquito. Y esto, a mi juicio, es lo que hace que el acompañamiento no resulte un simple fondo sonoro. Tiene función narrativa.
Una escenografía que sube, baja y evoluciona
La escenografía, cargada de significado, permanece en continuo movimiento por las bailaoras del cuadro. Pero es que ¡así es la evolución y el desarrollo de un artista! Hoy estás aquí y mañana allí. Y no me refiero a un emplazamiento, sino a los altibajos y constantes reajustes personales que vive el profesional del arte. Porque el artista, aparte de ser artista, que no se nos olvide, es persona y “sus cosas” lo remueven, como a cualquier ser humano.
Tarimas enfundadas con paño blanco, a modo de “pódiums”, peldaños que se van escalando… poquito a poco, paso a paso —nunca mejor dicho—. ¿Quién nace a la altura de las estrellas sin trabajar duro previamente?
Y es curioso porque esa misma idea de evolución que plantea la escenografía aparece también en la música. Todo está en movimiento. Nada parece definitivamente colocado. Las posiciones cambian, las capas sonoras aparecen y desaparecen, el cuerpo ocupa distintos planos y la música modifica su densidad. Crecer también es eso: recolocarse constantemente.
El Mundo, el viaje: cuando el compás sale de casa
De las cinco secuencias que conformaban el espectáculo, son dignas de mencionar El Viaje y El Mundo, donde el bailaor supo poner de manifiesto a la perfección cómo las experiencias vividas en lo internacional lo engrandecieron musicalmente con la influencia de otras músicas de tribu —como a mí me gusta llamarlas— como el jazz, los sones cubanos…
Como muestra de ello, pudimos escuchar un fandango a pulso de negra. Sin marcar la parte fuerte del compás de ¾ —la parte de abajo—, sino marcando las tres partes, a modo de cantes casi africanos.
Y aquí hay un detalle técnico que merece la pena señalar: cuando cambia la percepción del acento dentro de un compás ternario, cambia también la manera en la que el cuerpo lo recibe. No es únicamente una cuestión de dónde cae el golpe; es una cuestión de cómo sentimos que camina el tiempo.
Y por si esto fuera poco, más adelante se incluye bajo sostenuto rítmico y melódico en teclado, dando esa sensación de solidez, de consagración rítmica, de base aseguradora para después jugar majestuosamente en los compases de 6/8 y 3/ 4 con cambio en la pulsación.
Compases primos hermanos que combinan a la perfección…¡Anda! Como el jazz, el blues y el flamenco. Es precisamente ahí donde se aprecia esa apertura musical que trae consigo el viaje.
La Sombra: cuando el silencio también habla
Personalmente, me arrancó el alma la seguiriya, en esa etapa de sombras. Por dos motivos.
“Madre” fue la primera palabra que pudo escucharse de la propia voz de Farruquito, una voz en off, casi a modo de un rezo. Si importante fue su abuelo, el patriarca… más lo es una madre. Una madre pa los restos de la vía.
Y el otro motivo, esa lucha interna de un corazón artista, más humano que nunca, con sus miedos y su mente. Ese querer y no poder. Fatigas grandes.
Y cierto es que fue también uno de los pocos momentos del espectáculo en los que el silencio tuvo verdadero protagonismo, siendo tan importante como lo es el silencio dentro del flamenco. El silencio no es ausencia, es parte del discurso. Y aquí se percibió especialmente. La música deja entonces de funcionar como mero acompañamiento para convertirse en espacio psicológico. La atención se concentra en la voz, en la respiración, en el cuerpo y en aquello que ocurre entre los sonidos.
Por eso me parece tan significativo que precisamente en una escena de sombra aparezca ese vacío sonoro. Porque cuando el artista se enfrenta a sí mismo, quizá no necesita más música, sino menos. Y ahí el silencio adquiere prácticamente la misma importancia que el sonido. No hace falta llenar todos los huecos. Hay heridas que necesitan espacio.
El Legado
Pero llega El Legado y llega la boda y ahí es donde reconocemos al genio figura. Hasta con unas sevillanas sorprende al respetable. Después de bulerías, cantiñas, fandangos, tangos, seguiriyas… ¿qué más podía faltar?
La fiesta.
Y es que después de todo lo anterior, el legado no podía quedarse únicamente en la solemnidad. También tenía que ser celebración. Y ahí aparece una cuestión fundamental: el legado no consiste en repetir, sino en continuar.
Farruquito recibe una tradición, una manera de entender el baile, la música, el compás y la vida, pero la atraviesa con su propia experiencia. La transforma porque la ha vivido. Y ahora está su hijo, Juan El Moreno, que no es solo parecido físico lo que tiene con su padre, es también una imagen preciosa de la continuidad de una estirpe artística. El arte, se hereda, sí. Pero también se transforma.
Y así, entre compases, silencios, sudor y memoria, Farruquito no solo se dejó ver. Se dejó el alma en las tablas, como mandan los viejos. Alma vieja”
Sin duda alguna, Farruquito se dejó escuchar, ver y lo más importante, se dejó sentir.
Fotos: laura León
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