Un rodaje publicitario junto a la Avenida de la Constitución, a dos pasos del Archivo de Indias y la Catedral, apenas permite palpitar a una Sevilla decaída económicamente, sustentada sobre palustres de ERTE y beneficios fiscales que acabarán siendo la pescadilla que se muerda la cola, con las arcas públicas más agotadas que los propios bolsillos de los que ya han dejado de ser contribuyentes, porque no tienen nada con lo que contribuir. La secuencia de un anuncio se hace hueco precisamente entre los dos edificios de Hacienda, la autonómica y la gubernamental, toda una paradoja. Es una mínima luz necesaria y optimista en un tiempo oscuro. Se rueda, en plena calle, aunque sea sin el preceptivo y clásico silencio de lo cinematográfico. Lo importante es no perder de vista que hubo una vida.
Las cámaras, los focos, el parasol, el camión con los vestuarios de las modelos, la parafernalia propia del rodaje de un anuncio, se convierte en el único asombro de estos días de pandemia que dan fatiga con su argot, el que arribó de golpe en un siglo que nunca hubiera previsto conocerlo: mascarillas, contagios, picos y curvas de la pandemia, restricciones, estado de alarma, toque de queda, limitación de aforo, cierres perimetrales, vacunas, distancias de seguridad, geles, mamparas… agota el repertorio de un tiempo incierto, como si enfilara un callejón sin salida, una encrucijada perversa tramada por no se sabe quién.
Mientras tanto, la ciudad y salvo detalles aislados como este, ha vuelto a su ser provinciano de hace años, cuando aún se manejaba con los de andar por casa, proyectando una Expo como la del 92, generando ilusiones de alcance internacional, para finalmente convertirse en una de las capitales más importantes del mundo turísticamente hablando y, desde luego, la más visitada de España.
La pandemia y -no nos engañemos- las medidas veletas de los políticos, alobados con los datos sanitarios, han sumido a la ciudad en un profundo y gravísimo declive económico, con dos Semanas Santas y Ferias sin celebrarse, un cuantioso escape de millones.
Turistas apenas hay. Ni los va a haber más allá de las fantasías de unos dirigentes que planean estrategias de viajes en la imposible cuadratura del círculo. Sevilla se ha quedado para los sevillanos lo mismo que tantos lugares para sus oriundos. Los mejores hoteles están cerrados. Y también los de menos estrellas. Por eso se agradecen al menos esas luces potentes de los focos de un rodaje, la tímida evocación de un tiempo memorable y desaparecido en el que Sevilla fue la gran protagonista. ¡Lo que va a costar que vuelva a pisar la escena más universal!
Fotografías de Beatriz Galiano







