Hacia el final de la guerra fría, en 1984, durante una cena a la que asistían Miterrand y otros dirigentes occidentales, con Chernenko como presidente de la URSS, éste quiso saber de su ministro de Agricultura, allí presente, a la sazón un ‘jovenzuelo’ de 54 años, qué tal iba la producción agrícola de la URSS.
– «Mal», le dijo éste.
– «¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo va mal la Agricultura?», indagó el todopoderoso secretario general del PCUS y presidente del Politburó.
– «Desde 1917», le respondió.
Un año más tarde, en 1985, aquel jovenzuelo, de nombre Mijail Gorbachov, ocupaba el sillón presidencial y a partir de ahí ya nada sería igual. La política de glásnost (transparencia) terminó derrumbando la farsa comunista con forma de Imperio. El comunismo sumaba así otro fracaso, esta vez en su propia cuna, de esa ideología siniestra que no es capaz de presentar un sólo caso en el que sus ciudadanos hayan logrado mejorar su expectativa en ningún orden de la vida.
China y alguna otra experiencia asiática continúan por esa senda de la barbarie, aunque para subsistir hayan tenido que introducir un expansionismo global y variadas fórmulas de capitalismo extremo aplicadas con una disciplina dictatorial esclavista, con un partido único de 90 millones de afiliados al PCCh haciendo uso de métodos de control de la población que ridiculizarían al imperio persa y a la tiranía incaica.
Hasta aquí, esto, además de guerras sin cuartel, exterminios masivos nunca antes vistos y sometimiento brutal es lo que lleva protagonizado el comunismo en menos de 150 años de Historia. No debe resultar extraño, por tanto, que muchos de los países de la UE, especialmente aquellos que vivieron en primera persona una experiencia de ese tipo, tengan bajo sospecha a un gobierno como el de Sánchez, sostenido con el apoyo de todas las excrecencias parlamentarias de cualquier signo y que además incluye a varios ministros y vicepresidentes que se definen a sí mismos como comunistas y que recitan los mantras clásicos de dicha «religión».
Pese a ello, la UE como tal parece haber adoptado catálogos enteros de medidas que nos aproximan por otras vías a parecidos conceptos de un colectivismo exacerbado que olvida a los individuos y cuyas decisiones se toman en una superestructura por un grupo de «aparatchiks» cada vez más alejados formalmente de la voluntad de los votantes.
El peligro es recio y persistente, porque a todo ello se une una población amedrentada, confundida y ciega que ahora desconfía de las incertidumbres que se otean en el futuro y que a menudo parece dispuesta a entregar buena parte de sus libertades a cambio de unas promesas de seguridad que se antojan irreales porque conducen a otro modo de gulag equiparable a los tan conocidos desde antaño.
Será difícil, no obstante, que con estos mimbres los países reticentes terminen por entregar a Sánchez los dineros y la ayuda acordada si no media antes la convocatoria de una elecciones generales en España, porque los criterios de reparto han saltado por los aires y todos los compromisos adquiridos por Sánchez con sus socios de gobierno antes de retirarse al dolce far «miente» (sic) de sus vacaciones incumplen los criterios de reequilibrio que exigen las instituciones europeas.
He dicho.





